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Un recuerdo

De lo que era el Camino portugués apenas queda nada; un peregrino cada cierto tiempo, un cruceiro ante el que se paraban los peregrinos y la Ermita que aquí lleva desde que la conozco en mi niñez. Me fui de aquí porque solo podíamos coleccionar miseria y un tiempo anodino que hacía peligrar la niñez. Mis padres me quisieron salvar, entonces, cuando yo apenas tenía 10 años y marchamos a Madrid. Estudio, carrera, proyectos todos que me conducían, eso parecía, a alejarme de mi tierra, de mi casuca y mi camino con sus caminantes peregrinos a Santiago. Y hoy regreso aquí porque me han traído mis hijos, que saben que me queda poco tiempo, ya son 88 años. Y aquí os encuentro a vosotros, peregrinos a Santiago, que traéis el mensaje de aquellos que antes lo fueron, portadores de noticias del mundo, seres que al niño de entonces le producían admiración y hoy, a mí, ya anciano me hacéis volver al tiempo que se paró aquí hace 70 años.
Sucedió en el Camino, poco después de pasar Porriño, y allí en ese instante supimos que el Camino, para nosotros, logró su sentido. Un sentido que nunca antes podíamos haber imaginado, pero es que también aprendimos que el Camino es senda pero sobre todo es gente, calor y afecto y una cadena interminable de recuerdos.
Al fin y al cabo todo lo que produce emoción es lo que verdaderamente merece ser vivido.