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Un día en el camino

Un día en el camino de Santiago
Apenas fijaba la mirada en nada porque prefería perder la vista en la inmensidad del horizonte. Sabía plenamente que, dentro de unos minutos, el lugar que acababa de pasar dejaría de ser mío, por mucho que lo hubiese disfrutado, y formaría parte de otros peregrinos más rezagados. Estaba de paso, sumergido en una corriente invisible que fluía lentamente y me hacía sentir libre. Me gustaba llevar el peso de la mochila, una carga totalmente necesaria, el precio que tenía que pagar para ser independiente. Me sorprendía al pensar en la cantidad de cosas que se consideran necesarias y no lo son. Allí estaba con tan pocas pertenencias y con las alas desplegadas para poder volar.
Atrás quedaban las prisas de la vida diaria. El monótono ajetreo del quehacer laboral se disolvía entre los diferentes verdes del paisaje, los minutos del reloj dejaban de tener sentido y empezaba a sentir otra dimensión donde había mucho espacio y mucho, mucho tiempo. Me estaba desenganchando de ese estrés asesino que distorsiona la realidad y no deja sentir los pequeños detalles de la vida.
El paso que mantenía era adecuado a mi propio ritmo interior y degustaba con los ojos los espacios abiertos donde el camino se deslizaba sin prisa, en los bosques me acogían los caminos sombríos, en los campos de cultivo el sol rozaba mi cuerpo y expandía mi ánimo gracias al mágico fluir del Camino que permitía reír, opinar o experimentar la soledad para reflexionar o llorar sin necesidad de lágrimas.
Mi boca perfilaba una gran sonrisa de satisfacción al recordar las experiencias vividas en poco tiempo. Descubrí al niño que llevaba dentro y que permanecía oculto detrás de una fachada de responsabilidades. En esos días me despertaba curioso e ilusionado ante el reto de una nueva etapa y todo sucedía a un ritmo vertiginoso que contrastaba con mi vida personal donde lo inesperado pocas veces sucedía.
En los recodos del Camino experimentaba encuentros o reencuentros según las circunstancias que se iban originando. Otros pasos me acompañaban y me confesaban diferentes sueños y perspectivas de ver la vida, en ocasiones nos despedíamos en lugares tranquilos donde descansar o comer algo
En los pueblos saludaba a las gentes que encontraba a mi paso. Eran rincones escondidos y constituidos por puñados de casas, remansos de paz donde el tiempo transcurría de otra forma, quizás con mayor lentitud, y las tradiciones seguían vigentes e inalterables, en algunos sitios me hubiese quedado unos días para descansar.
Al llegar al albergue los hospitaleros acogían mi cuerpo maltrecho de espalda mojada y pies doloridos, su silenciosa labor pasa casi inadvertida y son el corazón para que la peregrinación siga viva.
Gracias a ellos y a vosotros, compañeros peregrinos que hacéis que la misma senda sea diferente con vuestro transitar.