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Un Camino de salida

Al comienzo del camino estaban Kerouac y Lope de Vega gritando que todos a una, pero me separé de la multitud en el primer recodo. Yo no disponía de tiempo para gastar de modo que, acompañado de mi fiel escudero (que no me acompañó en este postrer viaje), decidí seguir viajando hasta el fin de la noche, evitando la conjura de los necios que me pedían compartir jornadas durante lo que consideré cien años de soledad.

Había un conde (decía proceder de Montecristo), un principito, una chica -que respondía al nombre de Ana- escribiendo un diario y hasta un lobo que llegó de la meseta; Un señor que no se separaba de sus anillos y hasta un muchacho que tocaba un tambor de hojalata.

Tal mezcolanza de personajes me empujó a esconderme en el bosque que bordeaba mi camino. Pero incluso allí, agazapado entre el centeno, había un guardián esperando a Godot que me obligó (definitivamente) a evitar la insoportable levedad del ser a sangre fría.

A solas con mi soledad al final del camino. De ese modo me enfrenté al fin de la tierra en lo que se puede considerar la crónica de una muerte anunciada. Y allí, a través del espejo, conocí a Gregorio Samsa mientras un cuervo, negro y altivo, abandonaba el retrato que conformaba la estampa final del viaje.