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Supervivientes

Cada CAMINO es una historia diferente, como lo son las sendas de la vida…
Yo, después de un mes de gran esfuerzo, ánimo, sudor y empeño, me quedo con las gentes de los pueblos, con los personajes que voy dejando en la misma posición que los encontré y que cuando recorro la misma andadura al cabo de un año, los vuelvo a encontrar.
Aquél hombre taciturno, reservado, en Nnavarra, que arrastraba un saco de pan duro para echarlo a los caballos que en un paraje bellísimo corrían en semi libertad. Si me quitan esto -decía- me quitan la vida.
Aquella familia , que con una sonrisa, ofrecía sus mejores patatas a la riojana a todos los peregrinos para que catáramos y saboreáramos lo mejor que tenían.
Aquellas monjitas en la provincia de Burgos, que separaban a los peregrinos por sexos, por matrimonios o por ser ciclistas…
Y también en Burgos, aquel pueblo de solo quince habitantes donde una abuela cuidaba de su nieta y reivindicaba un ordenador para que pudiera trabajar en las mismas condiciones que sus compañeros de escuela…
Y aquel viejo, viejo, entrañable y muy afectuoso que ya en la provincia de León había comprado un terreno hacía muchos años con el dinero que le pagaron como operario por hacer la escuela y que ahora es un albergue que regentan sus hijos. ¡Que no cesen de pasar los peregrinos!, decía… Y a su lado su mejor amigo ciego señalando con la mano en alto que todos los terrenos que yo veía eran de su propiedad…
Y ya en Galicia aquella mujer en su pensión, muy enfurruñada porque los grupos grandes hacían reservas en varios alojamientos y luego no cumplían sus compromisos..
Y aquel hombre que no me cobró un café porque le llevé noticias de un amigo…
Y aquél ya jubilado, que con su tractor, arrastraba un gran tronco que había caído encima de una fuente que él mismo había construido en sus años mozos. Que no se entere mi mujer, que no me deja hacer trabajos duros, decía.
Y aquel pastor que atendía un alumbramiento, rodeado de todo el rebaño de ovejas y que decía que su madre y él, eran los únicos habitantes de la aldea. El día que muera mi madre, ¿qué haré?, comentaba.
Y no en pocas ocasiones cuando vuelvo al año siguiente, he visto y he conversado con las mismas personas que había conocido el año anterior. Y si no les veo, voy reflexionando dentro de mí: ¿Qué habrá sido de él?
Y ya en la catedral, con el órgano tronando, me caen las lágrimas rememorando…