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Somos quienes somos

Soy de ese tipo de personas que vive continuamente enamorada. Me enamoro de los colores, de los amaneceres, de los ocasos, de la brisa veraniega, de la niebla de la mañana, de la simpleza de la gente, de una risa pegadiza, de la humildad de las personas, de los paisajes. Me enamoro de las cosas que vienen solas, sin edulcorantes, sin conservantes.

Del Camino, que me hizo caer rendida ante la majestuosidad, poco promulgada, de las cosas simples.

En el Camino de Santiago somos quienes somos y podemos ser. Sin aditivos. Somos nuestra forma más humana y desnuda. Somos simples personas con una mochila casi vacía, que no necesitan nada, excepto tener una razón para caminar. No necesitamos ni más ni menos kilómetros, sino una razón para caminarlos con perseverancia y paciencia. Una razón para disfrutar de todo lo que hemos perdido al ir creciendo, al dejar de ser niños: de lo que nos sorprendía la altura de los árboles, los colores vívidos, el poder hablar con un desconocido por el simple hecho de querer hacerlo, el deshacernos de los prejuicios, la buena fe inherente a las personas.

De repente, todo a lo que vivimos sujetos, no tiene sentido allí dentro de los vastos caminos de tierra. A nadie le importa quién vaya consigo, siempre que vaya a su lado, compartiendo la misma experiencia. A nadie le preocupa la nación de la que provenga la persona de atrás porque la sonrisa y ese “buen Camino” son idiomas internacionales. Tampoco la edad, la raza o su pasado.

Es la muestra más pura y primitiva de la bondad del hombre, de nuestra parte buena, de la parte que más deberíamos alimentar. Es un viaje que no acaba en el kilómetro 0, que sigue contigo cuando vuelves a casa y que siempre seguirá. Al menos, conmigo lo hizo.