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Santiago

Llegó el gran día. La llegada a Santiago, el final del Camino. Un acontecimiento que me había imaginado muchas veces: ¿Cómo será esa llegada?
Supongo que cada llegada es distinta y especial; En este caso mi llegada fue con la persona que el destino me tenía preparada y de la forma que tenía que ser: Cati y yo afrontamos los últimos kilómetros hacia Santiago llenos de emoción.
Y es que mi llegada con Cati ya estaba predestinada; Esta fue la “señal” definitiva: en el albergue de Samos cuando sacamos nuestras credenciales yo dije: ?mirad que sellos más bonitos que tengo; ¿a qué no lo tiene nadie? Y enseñé un sello que, muy cutre, ponía: ?Alimentación Piedad?, de Grañón. Cati esbozó una amplia sonrisa, me enseñó su credencial y dijo: ?Yo lo tengo?. Miré incrédulo y, tras confirmarlo, dije: ?Siempre había pensado cual sería el motivo para que yo tuviera este sello; ahora lo entiendo: estábamos predestinados.
Así que todo se había confabulado para que mi llegada fuera esta: tranquila, introspectiva y en la compañía que el destino me tenía reservada.
Pronto entramos en la ciudad y a cada calle, nos emocionábamos más y creíamos ver la plaza del Obradoiro. Poco antes de entrar en ella vimos una iglesia y decidimos entrar: nos sentamos unos minutos en silencio. Cerré los ojos y, en total calma y paz, volví a revivir los momentos de mi camino y las personas con las que lo había compartido. En aquel momento bien podría estar conmigo Lu, Jesús, Patri, Marina ?aunque de alguna forma estaban-. Me emocioné. Di gracias por todo lo que me había sucedido, por lo que había aprendido y sentido, por las maravillosas personas que había conocido.
Salimos de la iglesia y llegamos a la plaza del Obradoiro, frente a la catedral gótica; no hubo gritos, ni risas; lo que sí hubo fue un abrazo con Cati símbolo del abrazo que me hubiera gustado dar a todas las personas que en algún momento me han acompañado en este mi primer Camino de Santiago y, también, en el Camino de la vida. Emoción, alegría y tristeza.
Y la satisfacción de haberlo logrado. Vino a mi memoria una frase que leí y que puede venir muy bien como S.A.: ?El Camino más largo comienza siempre con un primer paso?. Todo se puede lograr cuando uno se lo propone: se trata de dar el primer paso, y después el siguiente y así, cuando menos te los esperas, has llegado muy lejos.
Desde allí nos fuimos a recoger la Compostelana. Ya había cola y, entre las personas que esperaban, comencé a ver a viejos conocidos. Emoción por el reconocimiento y alegría por llegar a la meta. Caras de ilusión, risas y llantos. Me dieron mi documento acreditativo a nombre de Dnum Caesarem. Datum compostellae die 26 mensis Augusti anno Dni 2005. Toma ya.

Y por allí aparecieron, en un regalo maravilloso, Jesús y Patricia. Abrazos sentidos y mucha emoción contenida. Patricia se marchaba ya mismo al aeropuerto para tomar su avión. Así que otro desgarrón más.
Les acompaño al albergue ?yo no me iba a quedar esa noche- en el que veo a otros amigos peregrinos. En el trayecto me topo con Ricarda: un gran abrazo y el deseo cumplido: hemos llegado juntos a Santiago. Por las calles nos vamos encontrando todos los que hemos compartido esos días el Camino: alegría, tristeza, abrazos, emoción. Es un día muy especial, donde todos los sentimientos están a flor de piel.
Nos vamos a la misa del peregrino. La catedral está abarrotada. Cumplimos todos los rituales alborozados. En un momento me giro y me encuentro con otra gran sorpresa: Esther, mi mujer, está allí. La veo por detrás y me quedo atónito. Me acerco y nos fundimos en un gran abrazo. Ha venido a buscarme.
Tras la misa y los rituales a comer la MARISCADA soñada y vislumbrada en los momentos malos. Uno de los rituales más placenteros. Una comida bonita y llena de cariño.
Y por la tarde, paseando por las calles de Santiago, la emoción del sitio y del encuentro con más peregrinos. Creo que me encuentro con todos. Solo echo en falta a Rosita y a Nicola. Hasta a los Estopa me los encuentro en un bar mientras cenamos. Menuda juega y cachondeo. Y, ya anocheciendo, cuando nos íbamos a despedir para irme a la pensión, otra sorpresa sorprendente y maravillosa: veo pasar a dos peregrinas y, sin saber por qué, me sale decir, ?ele esas peregrinas?, se vuelven y dicen: Césarrrr. Miro asombrado y, al verlas, grito: Rociooo guapa. Son Rocío y Silvia, las chicas malagueñas que, en un supremo esfuerzo, han llegado también ese día a Santiago. Las saludo cariñoso porque, a pesar del poco tiempo compartido, las tengo un cariño especial. Son muy buenas personas.
Y, era inevitable, llegó la despedida final: el abrazo sentido de peregrinos-los que han hecho el Camino me entenderán- a Jesús y a Cati y el esfuerzo para que la emoción que se te pone en el estómago no salga a borbotones por los ojos en forma de lágrimas. Friend Forever.
¿Y qué más puedo decir?. Solo esto que encontré en algún albergue escrito:
?Y no olvides que el Camino, este Camino, empieza cuando termina, porque es tanto lo que encierra que necesita vivirse; es tanto lo que imagina que necesita soñarse.?
Pues eso.

THE END

El Camino de SantiagoGuía práctica