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No sin mi mochila

Todo comenzó aquella tarde de agosto de 2006, contentos y nerviosos llenando nuestras mochilas de todo lo que sustituiría nuestro hogar durante una semana. Mi marido mis hijos y yo comenzamos nuestra aventura desde Sarria a Santiago con nuestras credenciales, nuestra concha colgadita como parte de nuestra insignia santiaguera por esos caminos gallegos. “Aquí vamos los andagrinos” (andaluces peregrinos). Mi hijo con doce añitos y mi hija con dieciséis años, su primera aventura de andar tantos kilómetros ¿lo aguantarán? Cargados de sus pequeños tesoros y medio armario en la espalda, pues sí señor, aguantaron hasta la última etapa, disfrutando de las vistas, de las comidas y de su gente. Fueron etapas bonitas y duras, sobre todo para ellos que eran mas pequeños. Pasaron calor, se mojaron con la lluvia e incluso llevaron heridas en los pies. A lo largo del camino vimos que algunos peregrinos enviaban la mochila en taxi hasta el final de etapa y llegué a plantearme enviar las mías por el esfuerzo que hacían mis hijos, pero la respuesta de ambos fue: “Mamá, sin dolor no hay sacrificio”. Es una frase famosa en el camino y fue una inyección de moral para coronar el Monte do Gozo desde donde divisamos las torres de la catedral y fue como si el mismísimo Santiago nos dijera: “Tranquilos, estáis en casa”. Aquel fue nuestro primer camino, después vino el Portugués y este año le tocó al Camino Francés. Esperamos seguir llenando de bonitas experiencias nuestra gran mochila.