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No rendirse nunca

Este viaje ha sido una continuación lógica de mi vida, la que había llegado a un punto de inflexión: me sentía desesperadamente perdida, confundida, sin saber hacia dónde avanzar, ni cómo actuar. Estando en un cruce delante de mil caminos diferentes, no sabía cuál finalmente era el mío. Durante estos largos momentos de reflexión fue cuando decidí emprender este viaje con la esperanza de encontrar una respuesta.

En la mochila puse justo lo necesario para las próximas tres semanas. Durante su preparación no entendía cómo podía tener tantísimas cosas inútiles en casa que solo cumplían una única función de atarme y acumular el polvo. Nunca me había sentido tan libre como ahora. Era como desprenderme de todo lo que me molestaba a vivir, a respirar, a sentir.

Al comenzar el camino me había preparado para luchar y sufrir ya que comprendía que ningún camino podía ser fácil. Solo esforzándose se puede llegar a ser una persona más fuerte, más valiente que antes. En el camino empecé a sentir este sufrimiento silencioso de la naturaleza y cómo yo sufría junto a ella. Me fusioné con ella, me sentí viva. Entonces comprendí que el sufrimiento formaba parte de la vida.

Avanzaba con pasos pequeños, sin prisa, admirando la belleza que me rodeaba: la gente, los bosques, los animales, las plantas, el cielo. ¿Cómo no lo veía antes? Todo me parecía diferente. Pero todas las cosas bellas se hacen valer. Hubo momentos cuando mi cuerpo gritaba ¡Para!, no pudiendo soportar la dureza del camino. Entonces era cuando mi espíritu, no estando dispuesto a rendirse, entraba en la lucha interna con la mente. De repente empecé a sentir esta fuerza interior inagotable que vivía dentro de mí a la que nunca había conocido antes. Yo supe que podía ser fuerte y seguir adelante en cualquier momento. Ahora sí que estaba segura. Tuve que hacer este camino para asegurarme.

No podía detenerme. Cuando lo hacia, los músculos se enfriaban y ya no podía seguir adelante. Tenía que ir poco a poco, con pasos pequeños pero en ningún caso detenerme. Tenia que llegar a la meta que me he marcado incluso cuando todo indicaba a que no podía hacerlo. ¿Cuántas veces en la vida me había rendido sin razón cediendo paso a una debilidad engañosa? ¿Cuántos sueños me había perdido por su culpa? Pero esta vez tenia que superarme y demostrar a mi misma a lo que soy capaz de hacer. No podía rendirme otra vez. No ahora.

En el momento cuando se acerca uno a la meta, todas las palabras sobran. Ya no importa el dolor que se tuvo que soportar para llegar a esta meta, todo el dolor se vuelve insignificante. Cuando se alcanza una meta, este sentimiento no se puede comparar con nada. Solo hay que experimentarlo y solo después, de repente todo se aclara y se vuelve comprensible.