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Las lluvias del camino: 31,5 kms de Villar de Mazarife a Astorga 

Hay lluvias que parecen maldiciones, de las cuales nos libramos por tener el pie dolorido y no salir del albergue; pero también hay esas lluvias amables que parecen milagros, que te dan la bienvenida luego de haber realizado un enorme esfuerzo, el domingo 13 de octubre de 2013 viví una de estas al arribar a Astorga. Antes de esto el camino me enseñó que la vida nos depara experiencias que pueden ser consideradas tempestades pero también tras que nos refrescan y alivian cuando estamos agotados.

Una de estas últimas la disfruté al transitar por el lugar donde nació una de las leyendas que se guardan en el Camino de Santiago: un puente largo ubicado en la localidad de Hospital de Órbigo. Se cuenta que allí un caballero se asentó para retar a todo el que quisiera a una competencia de lanzas para demostrarle a su amada que nunca podrían vencerlo. Invité a un compañero del camino de nombre Crístofer a rememorar esa leyenda, luchando con nuestros bastones de peregrinos: volver a jugar como niños soñando con gestas de caballeros es una imagen refrescante de mi trayecto que atesoro con una sonrisa en la memoria.

De todas las jornadas que llevaba en el camino, la de este día era la que debía caminar más kilómetros. Para poder cumplir con mis plazos con miras a llegar a Santiago tuve que dejar a mi amigo Crístofer en un albergue de la población de Hospital de Obrigo. Nuevamente caminaba solo.

Una de las razones por las que hice el camino fue para alejarme de las personas por un tiempo. No es que sea antisocial sino que a veces me siento saturado por la cantidad de situaciones intrascendentes que nuestra sociedad nos obliga a sufrir para encajar en el sistema.

Fue una sorpresa agradable encontrarme a un ermitaño moderno que vive en una casa improvisada en la colina antes de Astorga. Abandonó el mundo normal para habitar uno más cálido: apoyar a los peregrinos con comida, resguardo y lo más importante con su escucha atenta.

Estaba realmente agotado cuando llegué a Astorga. Apenas arribé sucedió lo que consideré un milagro: las campanas de una iglesia sonaron y al mismo tiempo se desató una suave llovizna empapó mi rostro como una caricia. Me sentí como el héroe de una película que es alentado por fuerzan mágicas para que siga adelante.

Pero las enseñanzas no son solo dulces, las hay también amargas. Aprendí que cuando se llega a una ciudad medianamente grande hay que recorrer aún varios kilómetros dentro de ella hasta llegar al albergue. La alegría de haber cumplido la meta se convierte en una tortura al caminar los últimos metros totalmente agotado.

Finalmente y con la lengua afuera llegué al recinto para peregrinos y cumplí con el ritual: baño, siesta y salir a comer. En un restaurante me senté en una mesa con dos peregrinas provenientes de EEUU. Es curioso que en un camino de España es donde más he practicado mi inglés: la mayoría de los peregrinos no hablan español.

En la noche volvió a caer un palo de agua. Estaba convencido de que alguien ?Dios, Virgen, Ángel de la Guarda- me ha cuidado a lo largo del recorrido por el Camino de Santiago  administrando la lluvia. En mi caso se cumplió el adagio de que el cielo aminora el viento para el cordero trasquilado: al final del día aprendí que es válido tener miedo pero hay que confiar y seguir caminando. El clima cambia y hay que saber cuándo resguardarse y cuando poner la cara para que la lluvia te la lave.