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La flecha amarilla

 

Tras dar cumplida cuenta del desayuno que había dejado preparado Iñaki en la cocina del albergue, una extraña emoción me hizo dirigir un sincero “Buen Camino” a los somnolientos peregrinos que allí quedaban. Salí a la tibia madrugada de una Pamplona que, a esas horas, olía aún a vino y a fiesta nocturna. No había dado apenas unos pasos cuando me llegaron, como un eco retardado, aquellas dos palabras de boca de uno de esos personajes que uno piensa tan solo existen en las novelas. Se llamaba Joseba y, tras estrechar mi mano, se ofreció a acompañarme durante los casi dos kilómetros que la Vía Jacobea recorre por la capital navarra. A sus dotes de buen orador (que hicieron de ese momento algo sabroso e inolvidable) estaban unidas una perspicacia y una humanidad que no tardaron en conquistar mi confianza. Ante la inevitable pregunta sobre mis motivos para peregrinar, captando inmediatamente lo difícil que era para mí dar una respuesta, él mismo ofreció una: “La búsqueda de la felicidad, amigo, eso que todos hacemos o intentamos hacer durante la vida”. Y para que la cosa no quedase tan solo en una frase lapidaria, argumentó: “Y el secreto de la felicidad no es más que ser útil a los demás. Y esto lo aprendí de mis padres; fíjate, su forma de sentirse útiles fue, sencillamente, hacer lo que sabían y lo que querían: educarme con cariño”.

A la salida de Pamplona, tras haberme despedido efusivamente de tan grata compañía, una flecha amarilla pintada en el árbol de un parque indicaba la dirección a seguir: ser de alguna forma útil a los demás, haciendo, sencillamente, lo que uno sabe y puede hacer. De momento, seguir caminando, recolectando al paso instantes preciosos de vida para luego regalarlos, tal y como ahora hago contigo, querido lector.