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Iluminación y llanto

Iluminación y llanto.

Al día siguiente, después de dormir como un tronco, me desperté muy pronto (a las cinco) y con una lucidez poco normal.

 

Después, con una claridad meridiana, decidí que tenía que cambiar mi Camino: tenía que aprovechar que mis compañeros terminaban hoy su recorrido para dar un nuevo impulso a un camino que amenazaba con encasquillarse en situaciones conocidas. Así que iba a hacer una doble etapa, pasar Los Arcos y continuar hasta Viana, cuarenta y dos kilómetros. ¿Una locura? ¿Hacer esa etapa después de mi peor día? Algo me impulsaba a hacerlo.

Lo sentí con tanta fuerza  que me levanté decidido. No quería alargar la despedida.

Así que me vestí, preparé la mochila, y los busqué. Al verlos me fui hacia ellos y les dije que había decidido hacer la etapa más larga y que para poder hacerla era necesario que saliera muy pronto; así que me marchaba ya. Se quedaron sorprendidos.

Nos abrazamos y sentí su cariño y una gran emoción. Intentando disimular la humedad en mis ojos, tiré para adelante sin volver la vista atrás. Atrás quedaban  Lourdes, Edurne, Javi, Maite, Isabel, Pedro y Juan. Habían sido mis primeros amigos del Camino, me habían ayudado, hecho reír, me habían acompañado y me sentía muy a gusto con ellos.

 

S.A.: En ocasiones es necesario dejar las situaciones cómodas y buscar nuevos rutas.

 

Fue como comenzar de nuevo: era noche oscura, caminaba solo, me equivoqué en un cruce y me perdí. Pero ya nada era igual. Había aprendido mucho en esos días y me llevaba un montón de experiencias y un buen ramillete de amigos.

Supongo que el tener que agudizar mis sentidos para no perderme hizo que no me pusiera demasiado triste y melancólico.

Al poco rato apareció un nuevo Ángel: en este caso se trataba de un chico que caminaba solo y que tenía una linterna con la que iluminaba las flechas amarillas. Me acerqué, le comenté que no tenía linterna y me dijo que fuera con él. Se llamaba Salvador. Al decirme su nombre sonreí de nuevo: ¿Salvador? ¿Otra casualidad?

 

S.A.: No temas arriesgarte en nuevas situaciones o nuevas relaciones; si no lo haces nunca sabrás lo que te estás perdiendo.

 

 Pronto nos sentimos muy cómodos los dos. Hablamos mucho y nos hicimos amigos. Compartimos la comida, compartimos el agua, compartimos el camino?

 

Recuerdo  el gran abrazo que me dio Salva y la emoción que sentí al despedirme: en unos pocos kilómetros  le había cogido mucho cariño. Pero, como es costumbre entre los ángeles, desapareció de mi vida y no le volví a ver más. Había cumplido su misión.

Comencé a caminar solo. Es uno de los pocos tramos que he realizado en autentica y absoluta soledad. Lo necesitaba.

 El terreno era agreste, el paisaje muy abierto y claro. Era mediodía y hacía mucho calor. Estaba muy cansado. No tuve más remedio que encontrarme conmigo mismo.

 

Al principio me dio por cantar; Imitando a los trovadores medievales, comencé a inventar una serie de letras referentes al Camino de Santiago y a todo lo que me había sucedido. No llevara grabadora y no ha quedado registro de semejante crónica. La música también era mía.

Después me quedé en silencio.

Fue entonces cuando mi mente  comenzó a funcionar sola. Sin hacer ningún esfuerzo comencé a ver situaciones de mi vida con absoluta claridad. Como eso que cuentan cuando te vas a morir y ves toda tu vida en unos pocos segundos. Una amiga me dijo cuando se lo conté, que había tenido un episodio de iluminación.

Empezaron a desfilar por mi cabeza distintas personas. Curiosamente no apareció ninguna relación negativa; Solo personas que me provocaban afectividad y cariño. A algunas  no las había valorado en su justa medida.

La relación con mi hija adolescente, que en la vida diaria es toda una lucha, se me representó de forma diferente: sentí unas ganas inmensas de tenerla delante y abrazarla. Desde ese momento la relación con mi hija cambió (de hecho, ahora estoy mucho más relajado y afectivo con ella).

Esther, mi mujer, se me presentó como la mujer de mi vida. Sentí un gran amor hacia ella.

Otras personas, familiares y amigos, fueron tomando presencia en mi interior y experimenté una inmensa alegría al comprobar la suerte que tenía al poder contar con ellas.

Y de pronto (a mi me cuesta mucho llorar) me puse a llorar como hacía tiempo que no lloraba. Era un llanto de emoción, una catarsis personal que me sorprendió a mi mismo.

Después de un buen rato de llantina, me calmé,  me limpié las lágrimas, di un suspiro profundo de satisfacción, esbocé una sonrisa y me sentí ligero, como si me hubiera librado de un gran peso.

En Torres del Rio leí emocionado:

NUNCA TE ENTREGUES NI TE APARTES
JUNTO AL CAMINO, NUNCA DIGAS
NO PUEDO MÁS Y AQUÍ ME QUEDO.

SITUACIÓN DE APRENDIZAJE: Cada uno tiene que hacer su propio Camino.