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Escribienda… de leyenda en el camino

Al llegar a Arcos, con la sana intención de pasar la noche en alguno de sus albergues, nos encontramos que ninguno de ellos tenía lugar para hospedarnos, todos estaban completos y no admitían más peregrinos, pero en uno y ¡sin ningún problema! (sólo pagando 3? cada uno) nos permitieron ducharnos, además y gratis nos informaron y aconsejaron que podríamos dormir arriba, en la loma más alta del Pueblo, donde están los depósitos del agua (nos dijeron), hay una explanada muy grande, plana y con un “césped” muy bien cuidado, vamos, ¡cojonuda!
Y nosotros, (mi dama Marta y yo, “adultos” más cerca de los 60 años que de los 55) duchados y peinados, nos dirigimos a la loma más alta del pueblo, donde están los depósitos del agua… vimos una explanada muy grande y encontramos un grupo grande de jóvenes peregrinos italianos que estaban acampados y agrupados de forma extraña en un extremo de la explanada, donde su guía espiritual les decía unas palabras, entre ellas entendimos les pedía se levantaran a las cinco menos cuarto de la mañana.
Nosotros sin dilación, escogimos un lugar junto a un árbol donde extendimos las esterillas y colocamos los sacos, y dejando las mochilas encima, nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo y con la intención de cenar.
Volvimos por la noche, encontrándonos con la oscuridad del lugar pero sorprendiéndonos un cielo estrellado como hacía mucho tiempo que no disfrutaba, así que nos fuimos metiendo en los sacos con intención de dormir “boca-arriba”, para disfrutar de la visión de las estrellas hasta que el sueño nos privara del magnífico espectáculo de esa noche.
Dormíamos verdaderamente felices y relajados cuando, de pronto noté que caía agua y Marta gritaba ¡que llueve! ¡que llueve!… de forma precipitada, sorprendidos y asustados nos levantamos tratando de recoger las cosas y cubrirnos lo más rápido posible pero… nos dimos cuenta de que no llovía, eran las cinco de la mañana y a esa hora se dispararon los aspersores.
En ese momento, y viendo a los italianos en un extremo de la explanada, todos levantados y sonrientes, entendimos el porque les pedían la tarde anterior que se levantaran a las cinco menos cuarto. Y les acompañamos en las sonrisas, y… en la risas también.