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Llegada a Monte de Gozo

El último tramo siempre hay que hacerlo solo: como aquella importante audición musical para la cual nos preparamos por mucho tiempo o aquella entrevista de trabajo que tanto requerimos aprobar; la vida nos coloca solos en el último tramo para que nos demos cuenta de nuestra propia fortaleza.

Tuve que dejar atrás a dos buenos amigos peregrinos que compartieron importantes jornadas en mi recorrido por el camino: el bombero de Madrid, que por estar lastimado en una pierna no podía seguir un ritmo más rápido; y la peregrina brasileña que auxilié días atrás regalándole mi bastón y que luego me ayudaría con un medicamento a sortear una gripe tenaz que hacía peligrar mi peregrinaje.

Pero antes de coronar la meta tuve que sortear algunas pruebas. Hay momentos de camino donde la batalla contra el mal no puede rehuirse. Nosotros debemos identificar los sucesos que debemos enfrentar y cuales dejar pasar: la intuición nos da la clave.

Cuando llegué a Palas de Rei no rehuí al mal. Algo me decía que debía aprender una lección ligada a la deshumanización de las ciudades grandes. En la hora de la cena me acerqué a un restaurante atendido por empleados latinos. Les pregunté si podía pagar con tarjeta de crédito puesto que no podía gastar el efectivo y me dijeron que no había problema. Luego de comer me dijeron que no aceptaban tarjetas: me habían mentido. Les formé un escándalo delante de los demás clientes. Creo que nunca más engañarán a nadie. Cumplí con mi misión.

¿Cómo es posible que ciudades tan próximas como Melide y Palas de Rei difieran tanto en la energía que se siente en ellas? ¿Qué es lo que genera esta diferencia: geografía, el alma de sus habitantes, el tamaño del poblado? Aún no estoy seguro.

Pensaba en esto cuando pasé junto al aeropuerto de Lavacolla y viví una experiencia alucinante. Noté que los peregrinos acostumbraban a colocar pequeñas cruces en las cercas de metal que bordeaba ese lugar. Era atemorizante y me hizo recordar que hacer el Camino de Santiago no es sólo una caminata revitalizadora sino que en todo momento te enfrenta con tu mayor miedo: la muerte.

Estaba distraído mirando las cruces cuando sin preverlo un avión de pasajeros grande pasó por encima de mí muy cerca. Fue emocionante y estimulante saberme tan cerca de una máquina voladora creada por el ingenio humano que venció sus temores y logró que los humanos volaran. Esta idea compensó la tristeza de las cruces. Eso tiene el Camino de Santiago, te muestra los extremos de la vida para que salgas de él más equilibrado.

Antes de llegar al albergue de Monte de Gozo - lugar desde donde se ve por primera vez en el camino a la catedral de Santiago-, me detuve a tomar un café en un local y al apoyar mi bastón en la barra este se cayó llevándose consigo la concha que me había acompañado desde el inicio de mi peregrinación.

La vida me ha enseñado en creer en el poder de los símbolos. Que se hubiera roto mi vieira un día antes de llegar a Santiago sólo podía significar una cosa: un aviso de las dificultades que debía sortear al regresar a mi vida cotidiana. Todo está atado y bien atado, hasta las situaciones que nos parecen malas ocurren por un bien mayor. Luego lo entendería. La caída y rompimiento de la concha la interpreté como una protección: un mal en mi contra se había evitado. Efectivamente 2014 sería especialmente sangriento para los venezolanos enfrentados en protestas con el régimen oprobioso que lo mantiene pasando calamidades. Pude atravesar esos momentos ilesos y siempre pensé que mi querida concha recibió un ataque que estaba en mi destino.

La última noche en el Camino de Santiago la pasé en el albergue municipal de Monte de Gozo, un poco frío para agotamiento acumulado que llevaba tras veinte días de caminata desde Burgos. Pero no importó, el camino me enseñó que los que llevamos encendida la llama de la esperanza somos precisamente los peregrinos por lo que no hay que buscarla fuera de nosotros mismos. Esa noche lloré de felicidad estaba apenas a 4 kilómetros y medio de mi objetivo: La Catedral de Santiago. Lo había logrado.

 

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