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Como la vida misma

Ahora que llego al ocaso de mi existencia acaricio las estrías de mi alma y miró para atrás entre recuerdos grabados a fuego en mi retina. He concluido el camino y mi piel antes nívea y lisa se me antoja ahora morena y arrugada. Parece ayer cuando el destino me diera a luz en Saint Jean Pied de Port. Los llantos de peregrino recién nacido expresaban los miedos que me embargaban al enfrentarme a este reto llamado vivir que se fue transformando en caminar. Parece ayer, decía, y me encuentro ya en el Obradoiro extendiendo mis brazos a Santiago para darnos el definitivo abrazo. Sé que allí por donde mis huellas continuaron horadando el firme que otros tantos ya hubieron pisado, seguirán crujiendo pasos. Porque la vida es caminar, caminar de principio a fin.

Comencé titubeante y gateando con destino a Roncesvalles. Mis piernas aún endebles no aguantaban bien el peso y el rumbo era un tanto caprichoso según se tambalease mi recién estrenado cuerpo. Eso hacía que me cayese varias veces al suelo, como toda persona. No sabía muy bien si iba por la Ruta de Valcarlos o por la de Napoleón, pero el instinto me llevaba de la mano y me hacía continuar. Como la vida misma. Y así llegué a la Colegiata con la alegría del bebé que descubre que el andar lo hace libre. Correteaba disfrutando el sentimiento de libertad y eché los dientes entre Zubiri, Pamplona y Puente la Reina. Recuerdo con afecto aquellas etapas. Eran tiempos preciosos de mi infancia como caminante. 

Cuando ya iba dominando el camino y teniendo conocimiento del mismo surgieron las primeras amistades. A algunos los conocí en la salida de Estella tomando un vino en Irache, a otros en Torres del Río y a otros tantos entrando en Logroño. Como buenos compañeros de colegio hicimos varias etapas juntos y ninguno intuíamos que no todos terminaríamos el camino, de hecho algunos se fueron dispersando antes siquiera de llegar a Burgos. Pensábamos que seríamos amigos para siempre y de aquellas jornadas quedaron los que la vida dice que se pueden contar con los dedos de una mano. Con ellos seguí mi periplo y pasamos preciosos momentos por Nájera, Santo Domingo de la Calzada y Belorado. Pura adolescencia caminera.

Caminando y creciendo llegué a Castilla en el auge de mi juventud. Derrochaba fuerza y coraje. Recuerdo salir de Agés y no tener mella alguna de cansancio tras haber subido los Montes de Oca. Un breve suspiro en San Juan de Ortega fue todo lo necesario para coger resuello. La vitalidad brotaba por todos los poros de mi piel. Contemplaba el camino por Castilla y me daban ganas de galoparlo a pleno pulmón. Caminaba por aquellos tiempos en los que el joven quiere ser viejo y el viejo añora sus tiempos de joven. Burgos, Hornillos del Camino, Castrojeriz y Frómista fueron testigos de aquellos pasos rápidos y livianos que coparon mi tránsito por el páramo. Caminando entre Carrión de los Condes y Terradillos de los Templarios me salió la primera ampolla de la vida. Esa a la que no le das importancia pero te hace empezar a recapacitar en rectas eternas como la de aquel día en que no llegaba nunca a Calzadilla de la Cueza.

¡Qué tiempos aquellos en los que parecía no pasar el tiempo! Pero el tiempo pasa y amanecía una nueva jornada en el albergue de Bercianos del Real Camino. Allí continué mi caminar por la vida. Al sellar la credencial en Sahagún fui consciente de que ya había transcurrido la mitad de mi aventura. Me ajusté la mochila y caminé hacia Mansilla de las Mulas reparando en lo lejos que quedaban ya aquellos primeros gateos cerca de la Virgen de Biakorri. Paso a paso llegué hasta el corazón de León y ya caminaba de otra manera tanto física como mentalmente. Muchos peregrinos se habían ido quedando atrás. La planicie de Castilla me enseñó que no por ser el camino liso era fácil de recorrer. Derramé muchas lágrimas por la marcha repentina de peregrinos muy allegados, pero el camino seguía y yo con él. Otros peregrinos fueron llegando. Como la vida misma, os digo.

Me despedí de la Pulchra Leonina dirección a San Martín del Camino y buscando ya Astorga en el horizonte. Qué etapas más duras aquellas entre la Maragatería y el Bierzo. Ya no subía las cuestas hacia Rabanal, Foncebadón y la Cruz de Ferro con la agilidad que ascendí hacia el Alto del Perdón durante mi infancia. Y el descenso hasta Molinaseca se me hizo muy duro. Ponferrada fue punto de inflexión. Ya había caminado mucho y creo que allí comenzó el principio del fin. La mochila me pesaba como nunca pues estaba repleta de experiencias y sabiduría. Y con ella como fiel compañera pasé por Villafranca del Bierzo y encaré la última etapa dura que me quedaba por sortear sin yo saberlo: la subida al Cebreiro. Lo logré y coroné el llamado antaño Monte de la Malafaba. Desde su cumbre casi podía adivinar mi destino. Mis piernas que se mostraban curtidas y torneadas por el camino avanzaron sin detención por Triacastela y Samos hasta detenerse ya prácticamente agotadas en Sarria.

Con todos los kilómetros que llevaba acumulados, los últimos cien eran un mero trámite. Me había convertido en verdadero peregrino y había subido, bajado y llaneado según me iba deparando el destino del camino que yo iba descubriendo día a día. Como la vida misma. Portomarín, Palas de Rei, Arzúa y Pedrouzo fueron mis últimas etapas antes de llegar al Obradoiro de mi existencia terrenal y detenerme por última vez. Las piernas temblorosas apenas se sustentaban en mis desgastadas botas que habían dado sus últimos pasos. 

Toda una vida. Todo un camino. Miré la Catedral y supe que el Camino no termina en Santiago sino que allí empieza. Ha terminado solamente una etapa más. Extendí mis brazos hacia el Santo y nos fundimos en un sentido y definitivo abrazo. Termina una vida. Empieza un Camino.

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