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La anciana centenaria

Hoy hace justo dos semanas que comencé esta aventura personal. Son muchos los motivos que mueven a las personas a realizar el Camino. El mío es, sin dudas, el de la huida. Me siento cansada y necesito sentirme viva. No sé si haciendo esto lo conseguiré. Esperaba que la soledad del bosque, el sonido del río o la brisa del prado me ayudasen a buscar en mi interior y encontrarme a mí misma. Por ahora no lo estoy consiguiendo. Estoy pensando en dejarlo. Al principio me atraía la soledad tanto como una pieza de piano de Chopin, pero ya empieza a agotarme. Además los pies comienzan a enviarme señales de que se encuentran abatidos. Ya estamos a mitad de camino. No podemos, ni ellos ni yo, desfallecer ahora. Creo que será buena idea hacer una parada de un día en Sahagún, allá donde estoy llegando, y así descansar y tomar fuerzas para la segunda parte.

Cerca del arco de San Benito una anciana de riguroso luto y pelo blanco toma el sol del mediodía sentada en la puerta de su casa. Paso cerca con especial sigilo para no despertarla del sueño que parece estar disfrutando, pero al oírme abre sus ojos claros mirándome fijamente:

- ¿De dónde vienes, joven?

- Perdón si la desperté señora. No fue mi intención. Vengo de Carrión. Estoy buscando el albergue del pueblo. Me han dicho que está cerca de aquí.

- Mira mi niña, a las horas que son, el albergue estará lleno, y tú llevas más de treinta kilómetros andados, así que voy a proponerte un trato: por el dinero que pagarías en el albergue por cenar y dormir, te puedes quedar en mi casa.

- Muchas gracias señora, pero no quiero ser un estorbo. Además tengo pensado mañana descansar y reanudar la caminata al día siguiente.

- De estorbo nada. Hoy tengo la casa llena de familia, celebramos mi cumpleaños, así que serás mi invitada. Después para dormir sólo se quedarán parte de ellos. El resto volverán a sus hogares, así que tenemos camas de sobra. Y por mañana no te preocupes, invita la casa.

- Su oferta es irrechazable, le dije tendiéndole la mano.

- ¿Cuándo se ha visto que una anciana centenaria dé la mano? Anda niña, dame dos besos y felicítame mi cumpleaños. ¡Ah por cierto!, mi nombre es María de la O.

- Por supuesto. ¡Muchas felicidades María! Mi nombre es Cristina, dije a la vez que me agachaba para darle dos besos. Su piel era suave y blanca, sin apenas manchas ni arrugas.

Acompañé a la anciana al interior del hogar, quién poco a poco me fue presentando a todos sus invitados. Hijos, nietos, bisnietos y algún que otro tataranieto, amén de sus respectivas parejas se arremolinaban alrededor de una gran mesa de madera en el patio interior, donde los niños intentaban hallar su espacio para jugar. Pude contar más de cincuenta personas que se mostraban muy cariñosos con ella. María estaba feliz. No es para menos, pensé, llegar a cien años y poder reunir a tantas personas debía ser una satisfacción enorme. Me resulta difícil verme algún día en una situación parecida. Me cuesta horrores mantener una relación con una persona, muchos menos crear una familia.

Tras dejar mi mochila en una pequeña habitación abuhardillada en el ático de la casa y darme una ducha reconfortante, me puse la única camisa que llevaba reservada para mi llegada a Santiago ya que el momento lo requería y unos vaqueros medio limpios. Me dejé el pelo suelto, cansada ya de llevar el pelo recogido en una coleta, me maquillé con lo poco que llevaba y bajé a la fiesta. ¡Qué cantidad de manjares para mí sola!, pensaba mientras devoraba un trozo de empanada de carne. En ningún momento me sentí extraña entre tantos extraños. Cada cierto tiempo se turnaban los invitados para que no me sintiera sola. Él único problema es que siempre debía contar una y otra vez mi pequeña y aburrida historia vital.

Por fin le tocó el turno al chico alto y moreno que tenía enfrente y que durante un buen rato no me quitaba los ojos de encima. Debe de tener mi edad, con los ojos negros y grandes. Los brazos fuertes y morenos asomaban disimuladamente debajo de una camisa blanca de lino. Es muy atractivo y me puse muy nerviosa cuando lo observé emprender el camino que nos separaba. Estuvimos horas hablando de cosas intrascendentes. Era realmente lo que me apetecía. No quería charlas políticamente correctas. Deseaba reírme de lo humano y de lo divino. ¡Y vaya si lo hicimos! Estuvimos bebiendo y bailando hasta que prácticamente nos quedamos solos. Le invité a subir a mi habitación. Aceptó la invitación y a todo lo que después ocurrió. Su nombre era Álex, no se me olvidará jamás.

A la mañana siguiente no encontré ni rastro de Álex en la habitación, solo permanecía su olor. Bajé con una sonrisa a desayunar y me encontré a la anciana en la cocina preparando un cocido para el mediodía. Me ofreció un tazón de café con leche y un trozo de bizcocho. Mientras lo pellizcaba, le pregunté por su parentesco con Álex, aun a sabiendas que me iba a ruborizar. Ella me miró desconcertada mientras se acercaba para acariciarme el pelo. Muchacha ? me dijo ? en mi familia no existe ese nombre. Me quedé aturdida. Debía ser un olvido típico de una persona de esa edad, pensé; aunque minutos más tarde me lo corroboró una de sus hijas. No me lo podía creer. Ninguna de las dos recordaban haberme visto la noche anterior bailar ni dialogar con nadie en particular.

No creo en fantasmas, pero éste me ha dejado huella. Éste era de carne y hueso. Quizás no lo vuelva a ver. Mañana regreso al camino de la búsqueda de mi persona. No tengo tiempo de buscar el espíritu de Álex, al menos no ahora. Lo buscaré cuando acabe de encontrarme.

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