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Retrospectiva

El tiempo nos acompañaba, ni una brizna de aire, una temperatura fuera de lo normal, y tan solo unas pequeñas nubes en el horizonte que ésta vez, no presagiaban tormenta. Cogimos nuestras mochilas, caminando hacia lo que sería nuestro comienzo, el inicio de esa gran aventura que es el camino, y el cual, recordaríamos por el resto de nuestras vidas. Ahí estaba, escondido como si encontrarlo de otro reto se tratara, entre agradables terrazas llenas de gente ajena y distante a lo que iba a suceder en nuestras vidas. El monolito indicaba el kilómetro cero. Llenos de alegría, de ilusión, de ganas de afrontar el reto y su extensión, así empezamos el camino. Las vieiras nos guiaban, nos marcaban el sendero que poco a poco nos iban alejando cada vez más de Ferrol. Atrás quedaba nuestra televisión, nuestros ordenadores, nuestro coche, nuestra cocina o nuestros teléfonos móviles, ya nada de eso importaba, nada de eso se necesitaba, el sonido del viento y el canto de los pájaros eran ahora nuestra necesidad, nuestra preferencia y nuestra compañía. Corto se hizo el camino hasta Neda, muchos peregrinos se alojaron en el albergue en donde nosotros, tan solo hicimos un pequeño descanso para proseguir, era demasiado pronto para parar, demasiada ilusión por continuar. Tras unas horas, un dolor empezó a surgir en mí, empecé a cojear, de mi frente cayó una gota de sudor que se estrelló en la tierra. La tendinitis hizo su aparición y cojeaba como nunca lo había hecho, abandonar no era una opción, debía continuar pese a las adversidades y el dolor. Los bellos montes y senderos por los que recorríamos esa segunda parte de la etapa y la compañía de mi novia que de ánimos me llenaba, hicieron que apenas pensara en el dolor, y tras horas caminando lo vislumbramos, ahí estaba, a lo lejos, el mágico pueblo de Pontedeume surgía tras un puente que separaba el cansancio de la relajación, esa satisfacción de haber logrado lo que hasta ese momento parecía tan lejano. Nos abrazamos y dispusimos a ir a nuestro merecido descanso.

Con una sonrisa amanecimos al siguiente día, soleado, nada de frío y esperándonos para afrontar una etapa, que más tarde comprobaríamos lo bella y especial que era, extensiones de bosques que parecieran esconder mitos y leyendas por doquier, puentes de madera y piedra pasarían bajo nuestros cansados pies. Etapa menos dura pero de algún modo pareciera que las mochilas pesaran unos cuantos quilos más. Continuamos caminando, de tarde en tarde nos encontrábamos con algún que otro peregrino, que al igual que nosotros, iban escribiendo su propia historia para el recuerdo. Todo se apreciaba mucho más en el camino, una fuente en donde llenar nuestra cantimplora, un bocadillo o un refresco tenían más valor que cualquier otro recurso. Escudriñando las calles de Betanzos llegábamos a su gran plaza, terrazas en soportales, restaurantes escondidos en diminutos callejones que rezumaban historia, y que ahora podrían hablar de la nuestra, formábamos parte ya de esas calles, de esos pueblos y de esos caminos. Dormimos de nuevo como auténticos niños, felices pero ajenos a que al día siguiente nos aguardaba la etapa más dura, una etapa que pondría a prueba nuestras fuerzas. Bruma? Precioso nombre para un pueblo, pero como si haciendo honor a ese nombre se ocultara y disolviera ante nuestros ojos, ¿sería el cansancio? ¿Las cuestas? ¿Los kilómetros? Chorros de sudor caían por nuestras frentes, cual fuentes, ausentes por cierto, como si el camino quisiera añadirnos más retos. Amables campesinos llenaban nuestra cantimplora, un bar en medio de la nada, como si de un oasis se tratara. Paso a paso los kilómetros se iban quedando atrás. Tantos retos pone el camino como medios para superarlos, la verde hierba en la cual se asentaba el albergue de Bruma y en la que, tras lanzar las mochilas nos tumbamos, era el mayor placer que podríamos tener en ese instante.

Por si el camino no nos hubiera sorprendido ya, pasamos ante la criatura menos esperada tras iniciar nuestra ruta al día siguiente, un Remolosaurio se alzaba ante nosotros, cuál sorpresa nos llevamos, vigoroso, alzándose ante tractores y verdes praderas, la extrañeza de ese animal prehistórico nos sumergió más aún en la magia del camino.

Solo hubo algo aquel día que acompañaba al canto de los pájaros, nuestras risas hicieron más llevadero el día, felices como todos ellos, pero especial, cada jornada dejábamos sudor que marcaba el camino, pero aquel día también sangre, nada serio, tan solo mi mano despellejada tras ayudarme de un perfecto palo para caminar, o la herida de Laura intentando marcar un desvío confuso con hojas y ramas, detalles y momentos que hicieron de aquel día algo especial. Sigüeiro nos esperaba, el día terminaba.

Una espesa niebla nos dio los buenos días aquella mañana, partimos hacia Santiago más temprano de lo normal, aún era de noche y hacía más frío, tras un buen desayuno nos embarcamos en lo que sería nuestra última etapa, la más corta pero igual de bonita y especial. Nos despertamos sabiendo que todo terminaba, atrás quedaban momentos especiales, cansancio, dolor, esfuerzo, bellos lugares, pueblos y gente, amarga etapa en ese sentido. Cuando contemplamos las torres de la catedral en el horizonte supimos que todo estaba hecho, tantos kilómetros nos habían dejado instantes que recordaríamos el resto de nuestras vidas. Entramos en la plaza del Obradoiro alzando los brazos, yo cojeando por supuesto, pero apenas me acordaba del dolor, ahora estaba la catedral ante nosotros, el triunfo que esperábamos.

Algo mágico envuelve cada paso, cada momento, como salido de un cuento, cada árbol, pájaro, casa o piedra forman parte de ti desde ese instante, viajas con las pocas pertenencias que quepan en la mochila, valoras todo de una forma excepcional, las cosas más banales del día a día se ansían y aprecian como si jamás las hubieras tenido, nosotros nos reímos y sorprendimos como hacía tiempo. Y así es la magia de ésta trayectoria, y ésta, es nuestra historia.

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