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El Embrujo del Camino

EL EMBRUJO DEL CAMINO

 

Agotada, es la palabra para designar mi sentir después de las primeras jornadas. Pero he de incluir las de fascinada, embrujada y vital para continuar el recorrido ¡Por algo estoy en el reino de las meigas!

Y haberlas haylas. Porque de brujillas es querer continuar cuando te encuentras con las botas embarradas, los pies amoratados y destrozados de ampollas, e incluso alguna uña mermada por el Camino. La espalda dolorida por el peso de la mochila, todos los músculos diciendo alarmados que no pueden más y se agarrotan empecinados en que pare a darles un descanso. Pero el descanso es medianejo cuando compartes dormitorio con un montón de personas que se empeñan en dar un concierto hasta la madrugada pareciendo que hacen concurso de Yo ronco más fuerte que tú? Y madrugón al día siguiente para aprovechar el fresquito mañanero evitando que el sol abrasador y justiciero te coma la sesera.

Y no es mejor cuando te atrapa una lluvia que comienza diciendo:

¡Si solo quiero refrescarte un poquito del calor de la jornada anterior! Pero acaba siendo un aguacero que ni la capa de lluvia, el gorro, el paraguas, las botas (esas maravillosas ?Gore Tex? que te han asegurado sirven hasta para vadear los riachuelos que te encuentres) evitan que acabes calado hasta le médula. Cansada de luchar con el paraguas y el viento, acabas recogiendo sus empapadas telas y colgándolo de un lateral de la mochila. Total ¡qué más da mojarse un poco más! Igual en el siguiente refugio no hay duchas, o no funcionan o están tan saturadas que se acabó el agua caliente. Así llevo esa tarea adelantada. Casi estoy por poner la ropa sucia tendida sobre la mochila y voy haciendo la colada durante el recorrido. ¡Eso es aprovechar el tiempo! Y el agua, que escasea este verano.

Pero algo tiene. El Camino que te atrapa y no permite la retirada por muchos inconvenientes que surjan. Se realice por el motivo que sea: religioso, deportivo, cultural, turismo, promesa, aventura, reto. Mil más puedo señalar pero todos coincidimos, al término del mismo, con el sentimiento de bienestar, gozo, plenitud, unión y armonía.

El día a día te va enseñando que pocas cosas son necesarias para vivir con alegría y paz. Deleitándonos de la naturaleza que nos rodea y en estas tierras gallegas son de una belleza increíble.

Si bonito es conocer lugares pintorescos de nuestra vasta geografía, nunca olvidaré el peregrinar por pueblos, montes, cañadas y carreteras para realizar el Camino de Santiago. Dos han sido las etapas que he realizado: de Roncesvalles a Logroño y de Santiago a Finisterre.

La segunda realizada justo antes del desastre ecológico que desencadenó el petrolero Prestige. Me impactó escuchar la noticia, pues pude admirar pocos meses antes la belleza espectacular de toda esa costa y su entorno. ¡Qué rabia, indignación, impotencia! Viendo cómo se extendía aquella marea negra, anegando toda la Costa da Morte de chapapote y los esfuerzos sobrehumanos para restablecer su armonía y encanto. Fue admirable la solidaridad para combatir aquella plaga, logrando al paso de los años su restablecimiento. Y ¡Ojalá! se lleve a cabo el lema que entonces tanto se repetía: ¡NUNCA MÁS!

Ese año, inicio mi periplo en Santiago donde me asombra la multitud congregada en la Plaza del Obradoiro, corazón de la ciudad.

Con el macuto al hombro me sitúo en el centro de la Plaza, kilómetro cero del Camino de Santiago.

Con ilusión, coraje y buena compañía (Vamos un grupo de 5 madres y nueve chavales de edades comprendidas entre nueve y doce años) tomamos rumbo a Finisterre (Final de la Tierra) donde la magia se fusiona con ritos ancestrales.

 Recuerdo una subida empinada y desde la cima volver la vista atrás quedando admirados al contemplar la esplendorosa silueta de la Catedral.

Si anteriormente describí un sentir lastimoso, no es justo dejar de plasmar todo el encanto de este viaje en el que se mezclan vivencias muy dispares.

Recorrer parajes increíbles llenos de contrastes. Donde la naturaleza se desborda dejándonos admirar maravillosos valles para subir luego abruptas montañas desde las que se divisan pequeñas aldeas casi perdidas. Sus habitantes, enclaustrados en tiempos pasados, son auténticos asesores del peregrino ofreciendo su desinteresada ayuda.

Descubrir en muchos recovecos un fragmento de arte en forma de calzada, monasterio, ermita, puente o palacio es un deleite que no tiene parangón.

Convivir cada jornada con personas de tan diverso origen, cultura, costumbres, idioma, gastronomía, entraña una riqueza imposible de lograr en el día a día cotidiano donde la rutina, la agenda, la tecnología y mil cosas más, apenas permite conocer nuestro entorno. Aquí, la mente se libera de ataduras y disfrutas a tope de las pequeñas cosas que llevas en la mochila (todo cuanto hace falta para subsistir) y de las grandes que te aporta la madre naturaleza que son impresionantes.

Negreira, Olveiroa, Hospital son algunos pueblos recorridos. Decidimos dejar Muxía (donde existen numerosas leyendas de apariciones y piedras mágicas) para el regreso y tomamos camino hacia Fisterra.

 Sudores olvidados al vislumbrar desde un alto el Cabo de Finisterre bañado por el Atlántico. Parece cercano pero es más accidentado de lo que pensamos. Bajamos la pedregosa y empinada cuesta hacia Cee. Pasamos Corcubión, Sardiñeiro y Estorde llegando a la larga playa de Langosteira permitiéndonos un descanso con chapuzón que reconforta.

¡Por fin Fisterra! Desde el faro vemos la magnífica puesta de sol. Donde el Océano engulle sin miramientos la enorme bola solar. ¡Es precioso!

 En El Campo de las Estrellas algunos peregrinos siguen la tradición de ritos ancestrales: Purificación, muerte y resurrección. 1-Bañarse en la playa Langosteira (para purificar el cuerpo) 2-Quemar la ropa (señal de dejar todo y comenzar de nuevo). 3-Ver la puesta de sol (Muerte del sol en el mar y resurrección al día siguiente)

Realizar el Camino es dejarse llevar por la magia de sus rutas, desconectar de todo y obedecer a ese interno gusanillo que nos lleva a decir con alegría ¡Buen Camino!

 

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