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La ferrea cadena familiar se fragua paso a paso

Con el paso de los años, el tiempo va distanciando a las familias, no de una manera física, sino a nivel emocional, esto ocurre cuando uno forma la suya propia  y se vuelca en cuerpo y alma en sacar adelante a los componentes de la misma. Para romper con esa distancia emocional, propuse a mis hermanas y hermanos  junto con sus respectivos cónyuges y descendientes, un reto realizable: hacer el Camino de Santiago en familia, no sin una complejidad logística importante, pues aunar criterios en temas Jacobeos, con una familia tan numerosa, se tornó en una tarea algo complicada, de los 24 componentes, logramos juntarnos para el evento 13 y aún así me parecían demasiados, pues aunque la mayoría provenían de la misma rama genealógica, también estaban cuñados y cuñadas, cada vínculo familiar con su peculiaridades, manías y demás particularidades. 

Todo comenzó en la cena de Navidad del año anterior, yo lancé el guante y este fue recogido sin dilación por mis familiares fruto del efecto de algún brebaje navideño. Los crudos meses de invierno, pasaron con impaciencia hasta que el verano llegó, y con ello los preparativos del viaje, equipajes, mochilas, neceseres? no sin antes realizar algunas etapas de entrenamiento y acondicionamiento físico obligatorias para que el reto se convirtiera en una realidad. Una semana antes del viaje, realizamos un cena motivacional, con productos típicos gallegos, pues no todo iba a ser andar y andar, al final de la misma una queimada realizada por un servidor (que para aquella ocasión ex proceso había aprendido en gallego) a modo de conjuro y pacto indisoluble entre los allí presentes. El recorrido en sí era bastante asequible, adaptado a todas las edades pues estas iban desde los 15 años hasta los 55, sin contar con mi madre de 80 que se incorporaría al final del camino para llegar todos juntos a la Plaza del Obradoiro. Me aventuré a esta propuesta, no desde la ignorancia, pues ya había realizado el Camino de Santiago en alguna de sus opciones tanto a pie como en bicicleta y sabía donde me metía, o al menos eso creía yo. Entre tantos componentes, imaginaos había un poco de todo, los urbanitas, los perezosos, los de la edad del pavo (la mayoría de mis sobrinos), los que se adaptan al medio, los que no, un crisol multicultural que puestos en el mismo recipiente se tornaba bomba de relojería. El Camino duró 10 días para realizar los últimos 100 kms. desde Sarria a Santiago, fácil, fácil, para este estuviese al alcance de todos, aún así lo que en principio parecía algo sencillo, al final por aquello de la falta de costumbre, las ampollas y las lesiones, se tornó en algunos casos duro y no tan fácil. Las primeras etapas fueron como un experimento televisivo, juntar a 13 personas durante 24 horas a lo largo de 10 días con todo lo que ello conlleva, aunar criterios era complicado: reparto de habitaciones, hora de las comidas, el menú, hora de acostarse, hora de levantarse, que llevar en la mochila, uso de móviles y demás artilugios*... yo me volvía loco, sobre todos con los más jóvenes, acostumbrados a vacaciones playeras, aquello parecía una excursión de domingueros al campo. Pero cual fue mi sorpresa pues poco a poco, paso a paso, etapa a etapa, la unión fue in crescendo casi por arte de magia, los objetivos iniciales del viaje comenzaban a dar sus frutos: la re-unión familiar, la cohesión grupal, la convivencia.

 De repente todos caminábamos al mismo paso, con alegría,  canciones, chistes, confidencias... de pronto la distancia emocional con mis hermanos se estrechó y de nuevo volvimos a ser aquellos pequeños que jugueteaban unos con otros años atrás en la casa del pueblo. 

Pasados los días todo y todos funcionamos como un reloj suizo bien engranado, la pereza cambio por la viveza, el cansancio por la fortaleza... la incertidumbre se convirtió en nuestro mejor aliado, pues no saber lo que nos esperaba más adelante en nuestro camino, incrementaban las ganas de seguir caminando en búsqueda de nuevas aventuras, estábamos saliendo poco a poco de la rutina emocional y de la programación vital para dar paso a usar uno de los sentidos que más se atrofian con el paso de los años: el sentido común, directamente ligado al instinto, que no deja de ser nuestra brújula personal que nos guía por el buen camino ayudándonos a elegir el sendero correcto ante la encrucijada. Todo ello conformaban un estado anímico indescriptible, pues tan solo realizando El Camino de Santiago tienes esa sensación, al fin y al cabo este nos ayuda a decaparnos cual cebolla, para llegar a la plaza del Obradoiro, libres de prejuicios con los cuales vamos cargando nuestra mochila personal a lo largo de nuestra existencia, la cual ejerce de lastre para enfrentarnos a los retos diarios.

Fue una vuelta al pasado junto con mis hermanos y un encuentro muy gratificante con el futuro: mis sobrinos que sin duda alguna perpetuarán la tradición Jacobea, ya que la impronta que esta experiencia dejó en cada uno de nosotros se convirtió en un poso de satisfacción que a buen seguro nuestras retinas y nuestros corazones no olvidarán jamás. Al fin y al cabo descargamos las mochilas de prejuicios y las llenamos de experiencias vitales.

Ultreia et Suseia

*Artilugios: dícese de todos aquellos aparatos electrónicos con o sin cobertura Wi-Fi, que sirven para alienar al individuo del resto del grupo y que no son nada recomendables para este tipo de viajes, pues alteran la cohesión grupal y la comunicación tradicional. 

 

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