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Λ

Un francés en el camino portugués

UN FRANCÉS EN EL CAMINO PORTUGUÉS

- ¡Pere!... ¡Pere!

- ¿Pérez se llama?

- ¡Peregrina! ¡Se llama Peregrina!

- (Evidente, pensé, ¿cómo si no?). Perdone? Le entendí mal? Es gata, supongo.

- ¡Si fuera gato se llamaría Peregrino!, pero? ¿ha llegado usted hasta aquí por sus propios medios o ha necesitado a alguien que le interprete los mapas?

- (¡Tierra trágame!)?

Pretendo aprovechar este momento de paz, sol y sosiego, sobre el césped del jardín del albergue de Pontevedra, dejando respirar mis pies después de tan larga jornada, pero es imposible... Me distrae el encargado con su gata, esos extranjeros que se enseñan sus ampollas como si fueran trofeos y se ríen unos de otros,? me distraigo con todo.

Pero, sobre todo, me distrae el recuerdo de ?el francés?.

Rosa y yo, Kiko, llegamos a Tui hace 4 días. Fuimos derechos a la catedral a recoger nuestra credencial. Un hombre con la mirada extraviada (un ojo dulce y cálido que apuntaba al vacío, otro agrietado y seco que escuchaba el griterío de los turistas en al altar) nos las entregó y, felices, fuimos al albergue a dejar nuestras mochilas y asegurarnos un lugar para dormir esa noche.

Allí vimos por primera vez al francés. Llevaba un batín de señorito-bien, estampado de polígonos irregulares de colores fuertes, de diferentes tamaños, como un cuadro de Mondrian, cruzado y sujeto con un cinturón de la misma tela, algo ancho, muy bien colocado.

Salimos a dar un paseo por el pueblo, visitar sus monumentos y hacer las primeras fotos. Por aquí pasaron los íberos, los romanos, los visigodos, los musulmanes y, por último, los cristianos tras su reconquista. Su catedral, fortificada, sufrió innumerables ataques de las tropas portuguesas. Vimos el convento de las ?encerradas?, sus calles mojadas, sus casas de granito, su gente.

Pero fue el francés, os decía, quien más me impresionó.

De vuelta al albergue conocimos a los italianos, Marianela y Berto. Estaban muy emocionados, contando a la siñora alberguista todo lo que habían visto y sentido en Tui. Nada que ver con sus experiencias, días atrás, por tierras portuguesas. El cambio, para ellos, había sido espectacular. Ni la dejaban hablar. Todo era ?bello, bello,...?, decían arrastrando las eles. Y, no sé porqué, pero me pareció que también a ellos les cambió el semblante cuando vieron al francés.

 El francés nos sonrió y saludó. Devolvimos amablemente el saludo -bonsuar, bonsuar- y hablamos, ?que si de donde vienes,? que si andando o en bici,?  Nos enseñó sus sellos? Había recorrido toda Francia, casi toda España y Portugal, desde Fátima hasta aquí.

-       Rosa, corta que este tío acabará pidiéndonos dinero. ¡Se le notan las intenciones!

-       ¡Calla, por favor!... Te puede entender.

-       Además, ¡mira que ojos tan? ¡gatunos!

-       ¿Quieres dejar de decir tonterías?

A las 10 se apagan las luces. Con toda la sala a oscuras, estuvo deambulando hasta bastante tarde. No pegué ojo en toda la noche. Por eso pude verle recoger sus cosas y salir sigilosamente a las cinco de la mañana. Se acostó el último y se fue el primero.

Nosotros salimos hacia las siete, con nuestros 8 Kg de mochila, con intención de llegar a Redondella, 28 kilómetros más allá. Estábamos eufóricos y con muchas ganas, lo que nos hacía pensar que éramos capaces de cualquier cosa?

A la salida del pueblo, todavía de noche, tomamos las primeras fotos. Impresionantes vistas y lugares: un lavadero precioso junto al río, el convento-iglesia de San Bartolomé, el de Santo Domingo, ambos del siglo XI, un cruceiro, como no, y una sorpresa en la piedra de lavar de otro lavadero? ¡el francés! Metido en su saco de dormir? ¡se hacía el dormido! Lo sé porque dos luceros verdes asomaban por la boca del saco: ¡sus ojos!

-       Se acuesta tarde?, se levanta temprano?, no tendrá linterna y no se ha atrevido a seguir, dijo Rosa.

-       ¿Has visto los ojos? ¡Como los gatos! ¡Se encienden en la oscuridad!

-       ¡Tú eres tonto! ¡Deja de fantasear!

No dejé de darle vueltas.

El paisaje y los parajes me hicieron olvidar enseguida al francés. Apareció ante nosotros un hermoso puente romano. Seguimos el camino embriagados por las sensaciones de paz y belleza.

A la altura de Paredes nos internamos en un bosque y, enseguida, nos encontramos sobre el humilde ?Ponte des Febres?, donde enfermó San Telmo, que no pudo llegar a Santiago. ¡Pobre?!

Nuevas aldeas, cruceiros, y otro hermoso puente romano hacían bailar mis pensamientos. Y llegó lo peor: el polígono industrial de Porriño? sofocante, calor, tráfico, suciedad? Un infierno.

En el albergue nos pusieron el primer sello del camino, ¡qué emoción!. Llevábamos 16 kilómetros, pero nos pesaba el ?paseo industrial? y no fuimos capaces de pasar de Santa Eulalia de Mos, 4 kilómetros más allá.

La encargada del albergue nos dio la llave porque no esperaba que llegara nadie más. ?Se me disparó cierto deseo... Pero, de repente,? ¡aparecen dos ciclistas portugueses!... ?Se jodió la jodienda?, pensé. Eso sí, no dieron ni un ruido.

Al día siguiente salimos muy temprano, hacia las seis. Tres perrazos nos cortaron el paso ladrando y babeando. Gritamos más que ladraban, y, con mucho miedo, pasamos por delante de ellos? ¡aterrorizados!.

En la capilla de Santiaguillo de Antas, en un espeso bosque, apareció de nuevo.

-       ¡Mira, el francés! -dije-, ¡?nos ha visto!, ¡Vamos!, ?¡Buen camino! ?le grité-, ¡apresúrate, que viene!...

Se acercó. Nos saludó en español,? ?¡Abrazos al santo!?, dijo. Yo contesté con guasa: ?¡de tu parte!?, y continuamos.

Bosques y villas hasta el Convento de Vilavella, que da entrada a Redondella. Desayunamos bien y continuamos.

De un tirón nos presentamos en Ponte Sampaio, final de la ría de Vigo y nos internamos en el impresionante camino de Canicouba. Tras varios cruceiros y poblaciones que aparecen espontáneamente a nuestro paso, llegamos a Pontevedra.

Nuestro ?amigo?, también había dejado huella de su paso por aquí. ?¡Si los gatos hablaran!....

-       Pere, gatita, ven aquí,? ¡cuéntame!,?

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