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Λ

Niebla del Monte Irago

Salí miedoso de Astorga. Siempre había hecho el Camino acompañado y esta vez me dispuse a hacerlo sólo. Lo necesitaba. Y no tenía miedo por ir en solitario, tenía miedo de mí mismo, de mi mente, de mi interior dolorido por un amargo varapalo que la vida nos había propinado a mi mujer y a mí. Habíamos perdido el bebé que esperábamos de la más dolorosa de las maneras y tenía muy agarrado el desazón internamente. Me sentía impotente y preso de una injusticia en la que no cabe apelación. Y por más que maldijese y derramase amargas lágrimas, el sol continuaría saliendo día tras día para perderse cada anochecer tras las aguas que se contemplan desde Fisterra. La vida sigue su curso incólume. Una etapa dura no puede empañar la belleza de toda una ruta. Como peregrino consagrado sabía que el Camino me curaría esas heridas internas como otras veces lo había hecho con lesiones de pasadas batallas mentales. Me haría llorar, desfogar, sacar fuera lo malo y ver que la vida ha de seguir siempre hacia adelante. Sabía que así sería y por eso tenía miedo. En algún momento tendría que enfrentarme a ese trago que había ido esquivando. Y por otras experiencias intuía que no elegiría yo el momento. Sería el propio sendero que refleja nuestro paso por la vida quien lo hiciese. Era consciente de que así iba a ser y por eso me puse en marcha en mi bien conocido y querido Camino de Santiago. Tenía miedo pero era necesario. Cuando recibimos tan dolorosa noticia me centré en mimar a Claudia, mi esposa, desatendiéndome a mí mismo en favor de ella. Una vez que logré volver a verla sonreír tocaba curarme y dedicarme un tiempo. Iba a ello con mochila, bordón y botas. En apariencia estaba el asunto olvidado, pero por dentro quedaba mucho por cicatrizar. Fui abandonando Astorga convencido de que la única forma de sanar ese desgarrón del alma era reabrirlo y que el Camino lo suturase por siempre. Lo hube aprendido en otros caminos y siempre resultó. Me enfrentaba a la prueba consciente del dolor que pasaría pero sabiendo que era la mejor medicina. ¡Vamos Gonzalo!, me dije. Y dejando atrás el albergue y apretando los dientes busqué la primera flecha amarilla.

Iba caminando atento a la llamada interior que la ruta me haría y por eso mismo no llegaba. El que espera desespera y el que viene nunca llega, dice el refrán. Y bien cierto es. Sabía que tenía que llegar y me empeñaba en adivinar el momento. Craso error. Atrapado en mi laberinto de recuerdos del pasado y deseos del futuro estaba desaprovechando el presente. Había ido dejando atrás sin pena ni gloria Murias, Santa Catalina y El Ganso y sólo el destino sabría cuando habría de pasar de nuevo por ellos. Iba tan obcecado con sanarme por dentro que no prestaba atención a nada, hasta que poco antes de llegar a Rabanal la inmensa sombra del Roble del Peregrino me invitó a descansar. Me detuve a relajarme e inconscientemente dejé de estar alerta. Y fue poco después de reanudar la marcha cuando ocurrió.

Atravesé el pequeño pueblo forjando la ilusión de enfrentarme a la dura subida hacia Foncebadón, cercano a coronar la Cruz de Ferro, techo del Camino Francés. El día se iba enrareciendo y el cielo adquiría un aspecto grisáceo amenazador. Avanzaba observando que una densa niebla se iba apoderando del Monte Irago conforme iba ganando metros de altitud. Tenía miedo a perderme y el terreno era muy abrupto con piedras sueltas. "¡Venga, papá! ¡Que podemos!", escuché como le decía un chaval joven a un hombre de unos cincuenta años. Me aparté del estrecho sendero por el que transitábamos en ese momento para abrirles paso y que continuasen la ascensión sin traba, pues ya estaba bastante cansado y mi ritmo era mucho más lento que el suyo. Ambos peregrinos me desearon buen camino y siguieron jaleándose cariñosamente el uno al otro mientras seguían subiendo. Al escuchar la arenga mutua mi mente se desbordó de recuerdos con ilusiones rotas. Dos lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas al ver avanzar a la par las dos siluetas. ¡Un padre y un hijo! Un sueño truncado para mí unos meses antes. Rompí a llorar amargamente, tanto que hube de detenerme, quitarme la mochila y sentarme a la vera del camino. Así estaba en aquella fría mañana de Noviembre. Sólo en la montaña, con mi interior, con la amargura que producen las heridas del alma y que nadie puede curar sino uno mismo y el tiempo. Grité desgarradamente mirando al cielo y pataleé contra el suelo hasta incluso hacerme daño. Atrapado en mi desolación la niebla me ocultaba y todavía quedaba un duro ascenso hasta concluir la etapa. Mis ojos vidriados por las lágrimas transmitían un dolor que no deseo que nadie conozca. Mi mente bullía atormentada. ¿Por qué tuvo que ocurrir? Allí pasé un rato enfrentándome a mí mismo hasta que desfogué. Me enjugué los ojos por enésima vez con la manga derecha del forro polar y cuando los lacrimales hubieron manado lo que fue necesario volví a caminar. Había empezado mi mejoría pero el rato que allí pasé solo lo sabemos la niebla del Monte Irago y yo.

Llegué exhausto al albergue la Posada del Druida. Y casualidades en las que no creo hicieron que el padre y el hijo estuviesen acomodados en la habitación donde me ubicó el hospitalero. Sonreí. Comimos juntos y me quedé charlando con el padre un buen rato. Se llamaba José Carlos. No lo olvidaré. Le prometí que algún día volvería al Camino con mi hijo por compañero, igual que él estaba haciendo.

Han pasado más de treinta años. Esta es la historia de tu nombre, José Carlos. A mamá no le gusta demasiado pero para mí significa mucho. Hoy haremos juntos la etapa de Astorga a Foncebadón. Si lloro no te preocupes, hijo mío. La niebla me ocultará y el Camino volverá a sanarme.

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