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Ayer terminé el Camino

... Ayer terminé El  Camino... y hoy paseo por Santiago.

Cuando piso sin prisa las calles ya están llegando peregrinos a la plaza del Obradoiro. Les miro con la hasta ahora habitual cara de compañerismo y complicidad, incluso les saludo con el hasta ayer habitual ¡Buen camino!... pero ya no es lo mismo. Ya no me devuelven esa misma mirada.

Hoy ya no soy un peregrino en activo (recalco lo de en activo, que peregrino se es toda la vida). Ahora no soy más que un turista cualquiera; aunque peor vestido que la media.

Por primera vez soy consciente de que se ha acabado mi peregrinación. Y me duele.

Han sido más de ochocientos kilómetros y he disfrutado y sufrido cada uno de ellos. He pasado las tres grandes barreras montañosas del  Camino y he cumplido mi ilusión de terminar el Camino desde tierras galas.

Los lugares sobre los que tanto había leído y tanto había imaginado ya están grabados a fuego en mi retina: La majestuosidad de los Pirineos, donde el Cielo se toca con los dedos desde el altar natural en el que la Virgen de Biakorri protege a los peregrinos; la llegada a Erro, el alto al que se accede bajando; la visión sin límites desde el Alto del Perdón; las tumbas reales de Nájera, las gallinas de Santo Domingo; que cacarean al divisar a un buen peregrino; el estallido de luz de la Catedral de León; el Bierzo visto desde los montes, el terrible tramo de La Faba en la subida al Cebreiro, el contraste de la Catedral y el Palacio de Gaudí en Astorga, el hermoso anochecer en el Monte Cebreiro, la fantasmal aparición en la distancia de Foncebadón, la sencilla y potente magia de la Cruz de Hierro, el impresionante puente de Portomarín y su Iglesia-fortaleza, las estrechas corredoiras gallegas, profundas y húmedas; el botafumeiro que ¡por fin! he podido ver bailando en la Catedral...

Y ahora conozco todo esto a fondo. Al recorrerlo a pie se me ha grabado a fuego y ahora lo siento y lo percibo como algo propio. Puedo contar como es cada kilómetro del terreno porque al pisarlo metro a metro lo he asimilado. Conozco la textura de los caminos riojanos entre viñedos, de los inmensos trigales de Palencia, las duras tierras del páramo leonés, la feracidad de las tierras del Bierzo, la dureza con la que O Cebreiro guarda la entrada a Galicia, como un centinela que solo deja paso libre a quien demuestra que lo merece; conozco los señoriales pueblos Navarros, los sobrios pueblos castellanos y los desperdigados pueblos gallegos.

Conozco un centenar de Iglesias y Catedrales; románicas, góticas o contemporáneas. Desde pequeñas iglesias rurales de enorme belleza hasta alguno de los más grandiosos templos de la cristiandad.

Y lo he conocido todo a un ritmo que permite asimilarlo. A ritmo de hombre y no de máquina; a ritmo de viajero que no sobrevuela el terreno sin apreciarlo sino que lo absorbe, lo vive y lo asimila en días que transcurren fuera del tiempo normal, en los que las horas se dilatan y dan cabida a una variedad casi infinita de vivencias, percepciones, experiencias e impresiones.

Puede parecer al profano que todos los días en el Camino son iguales, pero cada uno de ellos es una aventura completa en la que nunca sabes lo que va a suceder, con quien vas a estar y que dificultades vas a encontrar.

En un solo día puedes experimentar una variedad de sensaciones y cambios de estado de ánimo tremendos, puedes contemplar parajes hermosísimos y tener momentos muy duros; puedes sentir dolor y aprender a soportarlo; disfrutar del sencillo placer de un poco de agua fría y un poco de fruta a tiempo y padecer la interminable agonía de los últimos kilómetros hasta el pueblo que parece estar allí mismo, al alcance de la mano, pero al que no llegas nunca...

Son días interminables, sin reloj, que paladeas hora a hora. Te da tiempo a todo porque las obligaciones del Camino son sencillas y básicas. Te dejan todo el tiempo que quieras para pensar, reflexionar o simplemente dejar vagar la mente.

Y es que el tiempo y el espacio en el Camino se vuelven distintos y más relajados  y la percepción de los tiempos y las distancias es distinta. Recuerdo un día en que, una hora antes de llegar a Santo Domingo de la Calzada, pasé por un campo de golf. Mi pensamiento inmediato fue que quien podía ser tan tonto como para poner un campo de golf a una hora del único pueblo cercano. Tardé un rato en caer en la cuenta de que el campo estaba tan solo a cinco kilómetros de Santo Domingo, y por tanto no se tardaban más de cinco minutos en llegar en coche. Pero en ese momento mi percepción del tiempo y el espacio eran las de un caminante, y no las de un motorizado urbanita.

Y finalmente en el Camino las relaciones con los demás son distintas. Más abiertas y relajadas. Más sencillas ya que no tienen las dependencias y esquemas de poder de las relaciones en la vida normal. En el Camino todos tenemos los mismos objetivos e intereses. Hacemos todos lo mismo y, en cierto modo, pertenecemos al mismo club.Y eso hace muy fácil la relación. Siempre hay un tema común del que hablar con cualquiera y el saber que la relación es temporal y pasajera hace más fácil conversar sin muchos de los condicionantes sociales que limitan habitualmente la comunicación.

Pero al final, aunque vayas acompañado, aunque hables con gente de cien nacionalidades distintas y compartas con ellos pan, vino, ampollas y miserias; el Camino lo haces solo. Y es bueno que así sea. A la gente te la vas encontrando aquí y allá, pero el Camino lo haces solo. Cada cual tiene que vivir su propio Camino, y todos son distintos.

Ayer terminé El Camino... y ya estoy pensando en volver.

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