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Lágrimas

La fachada de la gran catedral aparece difuminada hoy por la fina lluvia que me empapa, mezclándose con las lágrimas que brotan de mis ojos a borbotones. La plaza, gigantesca, me atrapa como si fuese un inmenso imán; Allí, hipnotizado, reparo absorto en las inmensas torres que se elevan hasta el infinito, arponeando las nubes que cubren hoy este cielo de color gris.

Miles de flechas amarillas me han guiado hasta aquí. Decenas de amigos, millones de pasos, infinitas experiencias que se acumulan dentro de esta pesada mochila que atesoro y de la que soy incapaz de desprenderme. Una vida entera condensada en un puñado de días; en un puñado de etapas que son como fragmentos de una vida entera. Al final todos aquellos recuerdos que creía ya olvidados se liberan en este lugar mágico, donde los sentimientos, y los recuerdos, como mis lagrimas, se desbordan también a borbotones.

Bajo esta lluvia inmisericorde distingo siluetas de peregrinos que, ocultos bajo enormes chubasqueros y abrazados, ríen, cantan, lloran, gritan. Caras familiares todas impresas ya en mi mente a fuerza de caminos, de albergues, de pueblos, de paisajes infinitos. Cada rostro me evoca un lugar de ensueño. Cada voz me retrotrae a un momento del camino, a una experiencia inolvidable. Sé que cada uno de aquellos rostros desaparecerá mañana, tal vez para siempre, cuando el tren nos devuelva a cada uno al lugar del que partimos una día.

Quiero vivir este momento en soledad. Pienso que detrás de aquellas torres se extiende el camino infinito que comenzó una vez alguien distinto a mí. Cientos de kilómetros después soy el resultado de todo aquello. Las experiencias han acabado por moldearme, por cambiar mi vida para siempre.

Y así, mientras alzo la vista, trato de encontrarme algo más allá, derrotado en Villafranca, al pie de las montañas de Cebreiro, cuando pensaba que todo aquel sueño estaba tocando a su fin. Contemplando el puente sobre el río Burbia, las montañas gallegas al fondo parecían una puerta infranqueable. Mi pie inflamado oculto en el interior de mis botas apenas me permitía dar un paso más. No era aquel un mal final, me consolé después enjugándome las lágrimas, en un lugar tan hermoso. No pensé entonces en todo el esfuerzo que llevaba acumulado a mis espaldas. No tuve en cuenta las veces que soñé con llegar a este lugar mágico, a la plaza en la que ahora me encuentro, como una quimera que siempre se me antojó inalcanzable. Y en aquel momento, a no demasiados kilómetros de este lugar, todo el sueño se desvanecía.

La noche de las despedidas estuvo llena de estrellas. La risa, algo forzada, de una amistad gestada durante tantos días ocultaba la tristeza de un adiós inminente, sabedores todos que nuestros caminos estaban a punto de bifurcarse. No quise pensar en todo lo que estaba a punto de dejar atrás, en mi propia transformación truncada que no se completaría nunca; Olvidé el dolor que arrastraban mis pies. Mi cuerpo maltrecho tras tan tantos días de caminata apenas me impidió disfrutar de aquel momento. Y tras decirles adiós, dormí, resignado a mi destino, que no era otro que renunciar a mi anhelo con el que soñé tantas noches.

Desperté después, ya amanecido un día de sol radiante. Ya no había prisa por llegar a ningún lugar. Estaba prácticamente solo en el albergue del que ya, despuntada la mañana, casi todos los peregrinos habían marchado. Observé mi pie, algo mejor; Di algunos pasos por la estancia, tratando de convencerme a mí mismo que continuar sería una idea absurda. Tal vez, pensé calzándome las botas. Solo tal vez merecería la pena intentarlo.

Evocó mi mente las palabras de un anciano que días atrás, y mochila pesada a cuestas, recorría despacio los polvorientos caminos palentinos. Sus palabras quedaron en mi grabadas a fuego: Rendirse dejó de ser para él, y hoy también para mi, una alternativa. Y recordando aquellas palabras que marcaron el devenir de los días siguientes, volví a tomar el bastón; y así, al poco, me sorprendía a mi mismo con la mochila nuevamente a mis espaldas, con el andar renqueante, convencido de que tal vez todo aquello concluiría pocos kilómetros después. A cada paso que daba surgía una duda. A cada metro resurgía la angustia de tener que renunciar a todo. Y mientras andaba, el dolor que tanto me había angustiado días atrás parecía anestesiado. Sorprendido avanzaba despacio, paso a paso, metro a metro. El cielo gallego estaba cada vez más cerca.

Anochecía nuevamente. Las primeras pallozas me anunciaban, por fin,  la presencia de O Cebreiro. Mi cuerpo, vacío de energía; mi rostro, desencajado por el esfuerzo; mi alma, por el contrario, volvía a llenarse de esperanza. Galicia, por fin, bajo mis pies, y la catedral que ahora contemplo al alcance de mis pasos.  

No tuve el descanso merecido al tener que dormitar sobre el jergón, como tantas otras noches, pero me sentía tan exultante que apenas reparé en ello. Dormí con una sonrisa en mi rostro; Y al día siguiente, antes del amanecer, todavía con el paso renqueante, volví a ponerme en camino.

Y así, pocos días después mis pasos por fin me llevaron a este lugar que ahora absorto contemplo con la mirada nublada por las lágrimas. Una vida dentro de otra vida que ahora languidece. Una nueva que comienza en este momento. Otra que dejé atrás muchos días antes. Experiencias que concluyen, pero que forman ya parte de lo que soy, y de lo que seré durante el resto de mis días.

 

Quien sabe cuántos caminos tendré que recorrer a partir de ahora. Todos ellos, tal vez sin yo saberlo, volverán a ser, sin duda, este mismo que ahora concluye.

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