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Λ

EL Perro del Demonio

El Camino de Santiago es una senda de reflexión, de comunicación, de entretenimiento y también de introspección personal y trascendente. Cada cual busca y encuentra lo que puede, lo que se merece o incluso lo que quiere, pero a veces las pruebas y los obstáculos que nos encontramos hacen que valoremos más el hecho tan simple de andar y caminar por una senda segura.

Las trampas y los demonios existen, como el que viví en la etapa de camino entre Palas de Rei y Ribadiso, antes de llegar a Castañeda.

Caminaba sólo, no veía a ningún peregrino ni por delante ni por detrás, pero avanzaba con determinación.

Inicié una bajada por un camino muy sombrío y llegué a un cruce  junto a un caserío muy grande. Mal asunto, pues en el cruce no había ninguna señal identificativa; ni flecha amarilla, ni concha, ni vieira peregrina que me marcase el Camino.

Había que volverse, pero antes pegué una voz en la valla que lo antecedía para que algún vecino me ayudase a encontrar la senda correcta. ¡Craso error! del que me arrepentí, pues de la puerta entreabierta de la valla no asomó ningún vecino, ni labriego ni vaquero, sino un bicharraco con forma de perro, con unas malas pulgas más que notorias y con ganas de desayunarse de un bocadito a un peregrino malagueño la mar de lustroso.

El animalito en cuestión se trataba de una mezcla de pastor alemán con mastín o similar, era un perraco fuerte, de pelaje oscuro, con la orejas de punta, grande y alto y con unos colmillos que parecían cuchillos. El perro asomó de su guarida y salió a defender su espacio ante la invasión de un peregrino torpe como yo. Y salió hecho una fiera: ¡sin correa, sin collar y sin bozal, claro! Efectivamente, sus profundos ladridos, alternados con rugidos intimidatorios, así como esa postura de abrir sus patas delanteras mientras agachaba su cabeza simulando un inminente ataque, provocó en mí un efecto sedante.

Me quedé paralizado, mientras el monstruo ladraba y rugía a un escaso metro de distancia. Me entró un temblor en las piernas y unas inmensas ganas de evaporarme. Me resultaba imposible salir corriendo, pues me exponía a un más que probable mordisco en el culo como mínimo; no, no iba a darle la espalda, evidentemente, y bajo ningún concepto pretendía desafiar ni atacar a esa bestia salida del mismísimo infierno. Pero tampoco iba a permitir ser engullido y merendado por este animalito.

El chucho empezó a babear mientras avanzaba despacio, rugiendo y agachado. ¡Dios, que miedo! ¡Reacciona Santiago! 

Y empecé a reaccionar. Sin perder la compostura y sin hacer movimientos bruscos y con más miedo que vergüenza, comencé a dar templados pasos hacia atrás. Tenía que salir cuanto antes del territorio del perro. Miré a derecha e izquierda por si alguna persona de bien acudía en mi ayuda o si el dueño del animalito llamaba cariñosamente a su mascota: nada, ni nadie. Estos pasos no gustaron al perro, que empezó a avanzar hacia mí mientras ladraba enseñándome toda su dentadura.

Afortunadamente tenía mi bordón; mi preciado bordón de madera de cerezo y rematado con punta metálica debía entrar en acción y en un acto reflejo y rápido le planté el vértice del bordón junto al hocico del chucho; el ímpetu del animal hizo que se diese de bruces con la punta metálica.

Esto enfureció aún más al endemoniado animal, que empezó a acecharme y a rondarme de derecha a izquierda mientras ladraba y rugía con mayor virulencia. Yo no le perdía la cara mientras el bordón lo mantenía cogido con mis dos manos como si fuese una lanza y con los brazos extendidos hacia abajo.

La situación se había tornado muy, pero que muy complicada, pues el perro no se amilanaba ni se daba por vencido; contraatacó de una manera que pensé que ya me mordía cuando junto a mi bordón, apareció otro con el que, ahora sí, conseguimos intimidar al animal y que se retirase medio metro.

No, no podía ser, junto a mí se encontraba un joven, pelirrojo, delgado, muy alto que me dijo en un inglés perfectamente perceptible: Help, mientras mantenía elevado su bordón junto al mío. Thank you, thank you, le dije con la voz entrecortada y en inglés manifiestamente mejorable.

Avanzamos juntos con el bordón enhiesto mientras conseguimos alejar al perro a su casita y recuperamos el acceso al camino de retorno. Objetivo cumplido, la vía de retirada estaba libre. Con prudencia y sigilosamente, abandonamos la escena.

Emergencia, ahora tengo una emergencia y después de la experiencia vivida, tengo unas ganas de orinar incontrolables. Ya hemos perdido de vista al perrito y le digo a mi amigo pelirrojo algo así como one moment please... que me hago un pis. El susodicho se me queda mirando como un pasmarote mientras le doy la espalda y me libero junto a un roble.

Otra sorpresa, al volver, él ya no está. Lo llamo a voces con palabras como ¡Friend!, ¡James! O incluso ¡Teo! ¡Teo! (como el niño pelirrojo del cuento) Nada, se ha esfumado.

Retomo el Camino con una mezcla de desasosiego y ansiedad. Lo sigo llamando a voces: nada. Las pulsaciones las noto aceleradísimas. Mi compañero peregrino, vikingo de Castañeda, aparición, sombra amiga o lo que sea, ha desaparecido.

Increíble, pero cierto; la persona que apenas dos minutos antes se había puesto hombro con hombro junto mí mientras nos enfrentábamos a esa fiera canina que a punto estuvo de devorarnos, se había esfumado por arte de magia, de meiga o vaya usted a saber de qué. Yo seguí caminando por la senda correcta y aún recuerdo aquel día en que un perro del demonio me mostró a mi ángel de la guarda? en el Camino de Santiago.

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