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Un Camino de Lecciones

Es una hermosa mañana de otoño del 2009. Los árboles muestran un verdor resistiéndose a la estación. Respiro profundamente y en una bocanada caben los más de 7 mil kilómetros que me separan de mi hogar. El Camino de Santiago inicio para mí cuando tenía 16 años y 14 años después, finalmente saboreaba su inconfundible espíritu.

Un pequeño estallido en mi rodilla sacudió mis pensamientos y me trajo a la realidad. La meta de ese día era O Cebreiro pero algo no estaba bien. Un dolor agudo como un punzón se clavaba en mi articulación derecha cada vez que intentaba flexionarla. No estaba sola, mi hermana de sangre Andreina y mi hermana de vida Paula me acompañaban pero poco a poco las fui perdiendo de vista. Me estaba quedando atrás y fui incapaz de decir algo.

El dolor no ha sido parte de mi vida o al menos no he querido admitirlo. He sido testaruda en lo que se trata de cumplir mis metas sin admitir ayudas más allá de las estrictamente necesarias. Ese día estaba a punto de vivir una de las lecciones de amor y humildad más importantes de mi vida.

Me detuve. Las lágrimas de dolor y de impotencia inundaron mi rostro. Me senté a la orilla de la carretera, justo en una curva y empecé a tocarme la pierna como quien intenta encontrar un botón mágico para hacer que las cosas marchasen correctamente. No hubo ningún botón pero sí, varios peregrinos avanzando. La mayoría ignoraban mi presencia pero una mujer de apariencia corpulenta y cándida sonrisa me preguntó si yo estaba bien. Antes de responderle llegó Andreina a ver qué me pasaba. La señora se marchó preocupada pero no sin antes preguntar unas diez veces si necesitábamos ayuda. ¡Bendita mujer! Más adelante conoceríamos su propia historia de dolor y aun así estaba dispuesta a ayudar a otros.

Andreina reaccionó de inmediato, tomó mi mochila y sacó parte de su peso. Me calmó con sus palabras y me dio una energía inesperada. Me puse de pie y empecé a caminar sin flexionar la rodilla. A pocos metros dejamos la carretera atrás e ingresamos a la subida de La Faba. Mi hermana sacó más pertenencias de su mochila, las dejo a un lado del camino y comenzó a guardar mi ropa en ella.  Andreina renunciaba a su comodidad, a un nuevo cambio de ropa, a sus pantalones viejos pero amados solo para ayudarme. Me quede observándola y mientras ella y Paula acomodaban sus cosas yo empecé a caminar.

Fue instintivo. El dolor permanecía pero, si mostraba mi pesar sabía que mi hermana sería capaz de cargarme en su espalda hasta O Cebreiro. En ese trayecto de subida escarpada, de encontrar la manera menos dolorosa de dar mis pasos, muchos pensamientos rondaron mi cabeza. Tantas sensaciones embargaban mi cuerpo. Miraba hacia atrás para cerciorarme que Andre no estuviera cerca. No podía permitir que ella hiciera más por mí, no podía permitirme detenerme. Finalmente llegue a la cima y unos minutos más tarde mis dos hermanas de camino. Comimos y cada bocado sabía a gloria. Es increíble la conciencia que uno adquiere del cuerpo físico, del cuerpo emocional y del espiritual en el Camino de Santiago. La comida es gasolina, la compañía es aliento y el silencio es meditación.

Continuamos nuestro ascenso entre risas y suspiros de cansancio. El dolor no cedía pero había encontrado un peculiar ritmo de andar que causaba risa a quien me observaba. El camino se abrió para mostrar el hermoso poblado de O Cebreiro. Mi hermana y yo lloramos de cansancio y de alegría. En el pueblo otros peregrinos preguntaban por nosotros. Se había corrido la voz de mi lesión. Un peregrino quien se hacia llamar España se me acerco y me dijo ?No deberías continuar, puede ser grave lo que tienes?. Sus palabras fueron como un trueno en mi cabeza. Estábamos en la entrada de la Iglesia de Santa María La Real, me aparté sin decir palabra y entre al recinto. Como quien hace un pacto con un aliado, le hablé a Dios y le dije que si podía rezar arrodillada unas oraciones entonces podría terminar el Camino. Así lo hice, me levante e inmediatamente me topé con Paula y le dije llorando como una chiquilla ?Paula, no he viajado tantos kilómetros para tomar un coche en medio del Camino? Pau me tranquilizó como siempre, me dijo que no haríamos nada que yo no quisiera. Pasamos esa noche tranquilas, entre ronquidos y los típicos olores del albergue municipal.

A la mañana siguiente España, Paula, Andreina y yo iniciamos la caminata. En la medida que pasaba el día mi dolor fue desapareciendo. Estoy segura de que Dios obró un milagro en mi pierna. No encuentro otra explicación. Meses después supe que esa iglesia ha sido testigo de milagros y esa tarde yo fui protagonista del mío. Pero la lección más importante estaba por venir. Ese mismo día en que mis piernas se libraban de uno de los dolores más terribles que he sentido en mi vida, mi amada hermana Andreina sucumbía. Sus pies estaban extremadamente hinchados y sin dudarlo tomamos un taxi para ir a un hospital de peregrinos. Allí en el taxi, entendí mi soberbia. Un día antes era incapaz de aceptar mi minusvalía y tomar un coche para buscar ayuda, pero horas después no dudaba en hacerlo por otro. Un día antes mi hermana renunciaba a su propio bienestar por mí, y al amanecer ella estaba sufriendo las consecuencias del sobrepeso.

Hay muchas lecciones en este capítulo de mi vida. Unas obvias otras no tanto. Quizás para el que lea estas líneas encuentre su propia moraleja. Cuatro años después Andreina y yo repetimos el Camino. Yo, intentando dejar mi soberbia a un lado, ella con su noble corazón aun dispuesta a ayudarme.

Hoy diciembre de 2015 El Camino sigue dándome lecciones que me acompañaran el resto de mi vida.

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