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Λ

Un trocito de melón

El día amanecía con un cielo abierto y despejado que anunciaba que el calor sería compañero en la jornada. No corría ni una ligera brisa al alba y al ritmo de cuatro pasos por cada golpe de bordón que acompaña a los avezados peregrinos, iba avanzando por el puente que cruza las revoltosas aguas del río Najerilla. Me detuve allí contemplando el curso y me asaltaron interrogantes de peregrino: ¿por qué hacía el Camino? Llevaba ya años recorriéndolo y todavía no sabía contestarme. Creo que todo caminante sabe qué motivo lo animó a ponerse en marcha la primera vez, pero creo que ninguno sabría decir cuál fue el motivo que lo llevó a ponerse en marcha la segunda vez. Ni las siguientes. Y es que la ruta que amamos los jacobipetas tiene un veneno potente que engancha como la más adictiva de las drogas. Pienso que es quizás porque magnifica las sensaciones y sentimientos y te enseña a valorar y disfrutar todo aquello que te resbala en el día a día. Un amanecer, una charla con un desconocido, una sonrisa de alguien que no habla tu idioma... Pequeños regalos de la vida misma. Y eso estaba divagando en Nájera cuando el más universal de los saludos entre peregrinos me sacó de mi abstracción. ¡Buen Camino!

Estaba feliz porque ese día llegaría a Santo Domingo de la Calzada y la vieira que lucía en mi atuendo caminero me la regaló mi madre precisamente en aquel pueblo, pero fue años antes que yo siquiera me hubiera planteado hacer el Camino por vez primera. ¡Qué cosas tiene la vida! ¡Qué cosas tiene el Camino! Esos pequeños detalles son la esencia de la más pura belleza de lo simple y se engrandecen en la ruta jacobea. Iba con el rostro del alma sonriente mientras atravesaba las solitarias calles de una Nájera que comenzaba a desperezarse y a servir los primeros cafés del día. Me percaté del largo tramo urbano que estaba atravesando y pensé que quizás debiera haberme adentrado algo más en el pueblo en la jornada anterior, pero el calor sofocante de aquel tórrido mes de agosto me hizo buscar descanso en el primer albergue que encontré. Y hoy sería parecido. Calculaba que llegaría a mi destino en torno al mediodía y a esa hora el astro rey abrasaría de lo lindo. En fin, a ver qué me deparaba el Camino. Hice un par de fotografías, ajusté las correas de la mochila y agarré de nuevo el bordón.

A buen paso para aprovechar el único respiro algo más fresco del día me fui acercando a Azofra, donde me detuve a tomar un café y juguetear con un gatito que se escondía traviesamente entre las mochilas de los peregrinos. Me miró con ojos transparentes mientras se relamía tras zamparse rápidamente un pequeño trozo de jamón que le regalé por su simpatía y emitió un alegre maullido cuando lo acaricié. Vivía felizmente con lo que la vida le entregaba. Lecciones que enseña el Camino: aceptar lo que se nos ofrece. Muchas veces desdeñamos algo que realmente nos haría felices si supiéramos apreciarlo. ¡Cuántas veces nos habrán puesto en bandeja momentos, detalles, tratos que hemos despreciado por no saber o no querer valorar! Me despedí del resto de peregrinos, hice otra caricia al animal y retomé la caminata.

Me gusta caminar largos tramos en soledad porque aprovecho para dedicarme a mí mismo el tiempo que me niego en otras ocasiones. La soledad y el silencio invitan a uno mismo a entrar  en su interior y, si rechazas la invitación, se convierte en obligación. El Camino conlleva introspección, forma parte de su magia. Y en esa etapa, recién salía de Cirueña, llegó la invitación, quizás buscada por mí mismo tras reflexionar  sobre la felicidad mostrada por el gato con tan poco recibido: dos caricias y una pequeña dádiva. La acepté y me embauqué conmigo mismo al ritmo de mis pasos. Interioricé en mí sin borrar de mi mente esa mirada felina que no olvidaré. Fui tomando conciencia de que la vida te ofrece miles de regalos en momentos precisos y no les damos importancia la mayoría de las veces. Egoístamente estamos acostumbrados a pedir lo que queremos y no lo que necesitamos?

Sudoroso y sediento avanzaba mientras vislumbraba al fondo del camino, cual faro en la lejanía de un árido mar de tono marrón que acentuaba aún más el sofocante calor, la torre de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada. No me quedaba agua y el sol castigaba con dureza avisando lo que sería discurrir por el páramo y la estepa castellana en etapas venideras. Llegué al fin al Albergue de la Cofradía del Santo con las botas totalmente polvorientas, la boca seca y asfixiado de calor. Quería agua, mucha agua, pero tenía que esperar mi turno ante la fila de peregrinos que estaban siendo recibidos. Atiné a ver un botijo en una pequeña mesa y mis ojos se clavaron en él. La fila avanzaba muy lenta y eso me impacientaba sobremanera. Una hospitalera voluntaria me ofreció en un plato unos trozos de fruta. En comparación con el botijo no eran muy apetecibles a la vista. Para mis adentros pensé: "¿Fruta? ¡Tira! ¡Quiero agua! ¡Agua!" Iba a rechazarla de mala manera. Estaba sediento y rabioso. Recapacité al instante. Menos mal. ¡La vida me daba un regalo e iba a repudiarlo! Cambié mi rostro por dentro y por fuera y sonreí a la hospitalera asintiendo agradecido mientras cogía un trocito de melón. Al morder la fruta un estallido de jugo impregnó mi boca de dulzor, calmó mi sed y aplacó mis nervios. El Camino volvía a entregarme no lo que quería sino lo que necesitaba. Descubrí que jamás habría habido mejor presente en aquel momento de necesidad. Seguramente mis ojos brillaron felices como los de aquel gato de Azofra.

Todavía cuando me pregunto por qué hago el Camino de Santiago no sé contestar, pero es por cosas tan simples, pero valiosas, como aquel trocito de melón.

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