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Tres etapas, tres amigos, tres sueños...

Villafranca del Bierzo-O Cebreiro. Hasta la base de la montaña que separa Galicia de los montes de León ha sido fácil. Falsos llanos con un clima agradable y arropado de tres peregrinos que paso a paso, y sin quererlo, van siendo parte imprescindible de mi viaje. A partir de Las Herrerías, castaños y nogales engullen al peregrino a pie en un bosque frondoso y sombrío, embrujándote y haciéndote oír casi por momentos el latido de un Camino todavía castellano, que se despide de ti por dejarte atrás después de tantos kilómetros juntos, dejándote ya a merced de Galicia. Casi en la cúspide, donde crees poder tocar el cielo sin apenas levantar los brazos, el peregrino mira atrás y se emociona al ver el Bierzo. Pero ilusionado se gira, dirige su mirada hacia arriba, olvida sus llagas, el dolor, las horas andando, y corre como un niño a inmortalizar con una fotografía el monumento que te anuncia que por fin estás ya en tierras gallegas. El dolor no cesa pero queda anestesiado por la ilusión de estar a escasos metros ya de la cumbre. Al llegar a O Cebreiro, intuyes la magia concentrada en este rincón jacobeo. La piedra invade la arquitectura del pueblo y un paseo por sus calles te dirige siempre a su iglesia, donde podrás sellar la credencial jacobea con el primer sello que existe del Camino. O eso me contó una aldeana en Ambasmestas. Mañana dejaré atrás el Cebreiro dirección a Triacastela. Las almohadillas de los pies sufren, especialmente del pie izquierdo, pero me da igual. Ya tendré tiempo de quejarme cuando acabe.

O Cebreiro-Triacastela. Al amanecer, cuando el sol se resiste a madrugar y a aparecer tras la montaña del Cebreiro, cuando la luna quiere irse ya a descansar después de una corta guardia de verano, el peregrino se calza sus botas y emprende una bajada desde las nubes hasta la realidad gallega más rural. Antes de iniciar la marcha miras al horizonte y divisas los montes de Lugo. La imagen te enamora al instante. Crees ver el mar y decenas de islas que sobresalen en el horizonte. Es la niebla, me dice un peregrino. Esto es Galicia. Simplemente, te enamoras del paisaje. Te enamoras del momento. Te enamoras de Galicia. Das un primer paso siguiendo la flecha amarilla y te despides de esa estampa, queriendo retenerla para siempre en tu memoria por si no vuelves a verla más. Arranca la marcha por asfalto, descendiendo siempre, a excepción de dos subidas que, si bien son cortas, son intensa y duras: San Roque y el alto do Poio. Pronto entras en un camino de tierra, seco y polvoriento que te va ennegreciendo el cuerpo a cada kilómetro que andas. Bajas, bajas, bajas y de repente te das cuenta que estás en medio de inmensos pastos gallegos, donde el polvo del camino contrasta con el verde de los campos, donde el silencio contrasta con la música de los cencerros de unas vacas pastando. Atraviesas un pueblo, otro y otro... Y en cada uno te cuesta siempre encontrar más de dos casas. Eso sí. La iglesia siempre está presente. Se nota que esto es Galicia, me dice Iván, gallego, con quien mantengo una agradable conversación durante varios kilómetros de la bajada. Finalmente dejas los pastos y unos castaños milenarios te engullen entre sombras hasta dejarte en las puertas de Triacastela, la meta de hoy. Un breve paseo por sus calles me llevan involuntariamente a su iglesia, de conmemoración a Santiago Apóstol, donde un anciano me comenta que el nombre del pueblo no se debe a la existencia de tres castillos, sino de tres puentes, tres ríos y tres castros, de los cuales ya sólo quedan sus cimientos. En el albergue, un golpe de carambola me lleva a compartir habitación con Iván, Bea y Ángela. ¡Genial! Los pies duelen. Y mucho. El izquierdo me mata... pero da igual.

Triacastela-Sarria. Despiertas al amanecer, miras tras la ventana y ves un cielo blanquecino teñido de manchas grises. ¡Pero si hoy anunciaban un cielo raso! Así es Galicia. Te llueve y en un ratín se abre el cielo y sale el sol - me comenta Iván. Aún sin perder de vista Triacastela, las flechas te adentran en un túnel de castaños que apenas deja entrar la claridad. Y de repente, la primera gota. Mirad, un refugio. Paremos a ponernos los chubasqueros. En segundos, Bea, novia de Iván, coruñesa, nos anuncia que está cayendo un buen chaparrón. La ruta continúa bajo la lluvia. Bea anda callada, concentrada en el Camino. Iván refunfuña. Odia andar bajo la lluvia. No como Ángela, a quien la lluvia le ha levantado el ánimo y le ha hecho olvidar por momentos el dolor de rodilla que arrastra desde la etapa anterior. Su felicidad se contagia y, mojados, oigo una música tradicional gallega. Me giro, la miro y veo que es su móvil. Ángela, pon Pimpinela, dice Iván. "Un canto a Galicia", le pido yo. ¡Y la de Rianxeira! El rato resulta agradable, aunque los paisajes no se dejan apenas ver. Hoy no hay pueblos, no hay fuentes, no hay monumentos... pero hablamos. Solo hay una senda, castaños y vacas. muchas vacas. A ratos huele a verde, a tierra mojada; a ratos huele a vaca... ¡Cuidado, Miguel, no pises el mojón! Qué más dará ya, si ya llevaré pisadas treinta moñigas en cada bota... A medio camino entramos a almorzar. Pido un café con leche y empanada, suficiente energía para llegar los cuatro hasta Sarria sin volver a descansar. Entras en la ciudad más cabizbajo que dolorido. Es una meta diferente a las anteriores. Hoy tienes que apartarte del Camino. Hoy tienes que despedirte de tus compañeros. Ellos también abandonan porque la rodilla de Ángela no aguanta más. Ya lo acabaremos, dicen. Admiras su unión. En la estación, me acompañan hasta que subo a mi autocar. Si vuelves a Galicia, llámanos, me dicen los tres. La Costa Brava también os gustaría, les respondo yo. Gracias, chicos. Suerte en la vida. Volveremos a vernos. ¡Y Buen Camino!

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