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Λ

Un ángel en mi Camino

Un Ángel en mi Camino.

 

 (COMIENZO MI CAMINO EN  RONCESVALLES)

Sonó una música  gregoriana y se encendieron las luces.

Miré el reloj: eran las 5 de la mañana. Salté de la cama y contemplé, atónito, que la gente se movía en silencio, como hormigas después de la tormenta.

Me fui al baño, me vestí, organicé la mochila y, sin pensármelo mucho, me lancé a la calle: ¡madre mía! (en realidad la expresión fue: ¡jodeeeeer!): la noche era cerrada, había niebla y llovía. Volví al albergue y saqué el chubasquero.

¿Se podrá salir así o tendré que esperar? ?me pregunté perplejo.

Todo el mundo salía, así que me dije:

?César, aprieta el culo y para adelante.?

Salí en medio de la noche y busqué las famosas flechas amarillas. No veía nada: inevitablemente me perdí.

?¿Era esto por lo que había estado ilusionado tanto tiempo??- me pregunté desconcertado.

 

S.A.: (Situación de Aprendizaje): Muchas veces en la vida te encontrarás perdido, a oscuras y encima lloviendo. Te darán ganas de tirar la toalla; Hay que seguir adelante, siempre.

 

Entre los árboles vislumbré una figura humana: con alegría contenida me fui hacia ella. Seguramente me podría ayudar.

Era un chico joven que parecía muy preparado; llevaba una guía en la mano, así que pensé que sabría indicarme. Le expliqué lo que me pasaba y su respuesta fue una cara de incredulidad. ¡No me entendía! Soltó algo que yo, evidentemente tampoco entendí. Era extranjero.

 

S.A.(Situación de Aprendizaje, je, je): En las situaciones difíciles de la vida no siempre encuentras a la persona adecuada que te pueda ayudar. Es necesario que te entiendan.

 

De nuevo solo y desesperado (seguía lloviendo, aunque ya empezaba a clarear), intenté tranquilizarme y pensar un poco. Analicé la situación y busqué soluciones. Escuché el ruido de un coche y, ese ruido, me dio la idea: ir a la carretera y seguirla hasta el pueblo más cercano; según mi plano allí volvería a encontrar las flechas. Así lo hice y, efectivamente, encontré las flechas amarillas.

 

S.A.: En muchas ocasiones la solución está en uno mismo y es cuestión de analizar, pensar y actuar con sentido común.

 

Cuando de nuevo encontré las flechas en Burguete sentí una gran alegría. ¡Qué sensación tan reconfortante! Tenía que haberme perdido para experimentar la alegría que se siente al  encontrar, de nuevo, el camino correcto.

 

S.A.: a lo largo del camino descubrí la importancia de los contrarios: perderte para encontrarte; cansarse para descansar; tener hambre para sentir la bendición de la comida? Sin una no tiene sentido la otra. Todo lo que nos ocurre es por alguna razón.

 

Eufórico comencé de nuevo a caminar.

Después de varios kilómetros de subidas y bajadas me empecé a sentir mal: la cabeza se me iba, los pies me dolían, estaba desfallecido.

Tras subir una pendiente muy pronunciada me topé con una tumba. Según leí, allí había muerto, de infarto, un peregrino japonés. Miré la tumba y me dieron ganas de dejarme caer sobre ella. Tan mal estaba que pensé que también yo iba a morir allí mismo. Me quede contemplando los recuerdos y las flores y conchas que los peregrinos dejaban sobre aquel montón de tierra. Por un momento me ilusionó pensar que también a mi me dejarían conchas al pasar y me dedicarían mensajes entrañables. ¿Pero quien me  iba a dejar nada si no había conocido a nadie? Seria el primer caso de peregrino solitario. Ante tan desoladora perspectiva decidí  no morirme aun y seguir caminando.

Caminé desanimado mientras pensaba que mi aventura en el Camino se había terminado. ?En cuanto encuentre un pueblo me marcho? pensé. Cuando peor estaba física y psíquicamente, desfallecido, sin encontrarme con nadie, por detrás mío apareció una peregrina.

Yo, ofuscado, pensé que me pasaría y no me diría nada. Pero no fue así: se puso a mí lado, me saludó con una sonrisa y me preguntó que qué tal estaba; de pronto me liberé: comencé a hablar, la dije que estaba muy mal, y lo que me había pasado. Me escuchó, nos reímos juntos.

-¿Pero has comido algo?-me preguntó.

Ante mi negativa, sacó un plátano y frutos secos de su mochila y me los tendió. Me costó aceptarlos (aun no entendía el espíritu del Camino) pero ella insistió y los cogí. Seguimos caminando a buen ritmo, me sentía bien en su compañía. Poco a poco, como una pila descargada puesta en el cargador, fui sintiendo que me llenaba de energía. Incluso me empecé a sentir eufórico. Comencé a hablar y a contar cosas de mi miserable vida. Ella me escuchaba con una sonrisa en los labios.

Llegamos a Zubiri y me dijo que en ese pueblo tenía albergue para quedarme y tiendas para comprar comida. Me hubiera gustado que se quedara conmigo un poco más. Pero ella lo tenía claro: me dio un abrazo (mi primer abrazo en el Camino) y siguió adelante. Al poco rato la vi desaparecer entre los árboles.

Después, al pensar en aquella peregrina, he tenido la certeza de que era un Ángel que el Camino me envió para que no me marchara. Porque apareció de repente, me ayudó cuando lo más lo necesitaba, me dio fuerzas, hizo que me abriera y me sintiera bien, me cargó de energía positiva y desapareció sin que la volviera a ver. Y cambió mi vida para siempre.

 

S.A: muchas veces en nuestras vidas aparecen personas que nos ayudan en situaciones desesperadas. Son nuestros ángeles. Nos ayudan un trecho, nos hacen madurar como personas y después, cumplida su misión, desaparecen de nuestras vidas.

 

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