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Una sombra en O Cebreiro

El reloj nos mostraba diez y media de la mañana cuando empecé a subir O Cebreiro... julio de 2006. Me acuerdo que cuando pasé por Las Herrerías, aproveché la fuente de agua para bañarme casi por completo. Temperatura... alrededor de los cuarenta grados. Empiezo la marcha, con subidas protegidas por los árboles. Eso ameniza y refresca el aire. Las subidas van aumentando, pero nada que no nos permita saborear los paisajes maravillosos que aparecen por delante. Los minutos se suceden y llegamos a La Faba. Como todavía faltaba casi la mitad de la subida, paramos para tomar algo y comer una tortilla. Peregrinos llegaban poco a poco, sudados por el esfuerzo que O Cebreiro exigía. Aún en Brasil, siempre había oído sobre O Cebreiro y lo que representaba alcanzar ese lugar emblemático. Lugar de orígenes muy más antiguos que el propio Camino de Santiago. Lugar de celtas... lugar de leyendas... lugar de meigas... lugar de encuentros y desencuentros. Más de media hora nos quedamos en La Faba, pero la verdad es que el sol estaba muy fuerte y cualquier cinco minutos de descanso vale mucho. Mochilas puestas... a seguir la marcha! A medida que nos distanciábamos de La Faba, el camino se iba poniendo más abierto... y los árboles desaparecían del todo. El sol en nuestros cuerpos, castigados por el mediodía español, exigía hidratarse muchísimo y por más que hubiéramos cargado todas las botellas que teníamos en La Faba, ya no teníamos para mucho y hacia delante no se veía ni una punta de O Cebreiro. En una de las cuestas, paro para secarme la frente, tirarme agua en la cabeza y me pongo a mirar de frente ese sol que nos ilumina. Mirarlo con intensidad y a pedirle a Santiago que me haga llegar a O Cebreiro lo más pronto posible y me libre de ese sol que impone un castigo en la piel. Me pongo la gorra y sigo subiendo, a pasos lentos. Pocos minutos más tarde, miro hacia la montaña para ver si falta mucho y veo grandes nubes que salen de O Cebreiro. No eran nubes de lluvia, porque eran demasiado blancas. Daba la impresión de que hubiera un incendio en O Cebreiro, de tantas nubes que pasaban por allí. Me pongo a observar las nubes y veo que ellas empiezan a acomodarse alrededor del sol, cubriéndolo completamente y dejando el camino con la sombra de las nubes. De pronto, se me erizó la piel y a pasos lentos tentaba entender lo que estaba sucediendo. En algunos momentos temblaba... siempre mirando la nube. Poco después, empieza a surgir el muro de piedra que indica la entrada a la ciudad de O Cebreiro. Varios arboles en esa entrada hacen sombra. Debo de haber caminado una media hora con la nube tapando el sol, que surgió a pleno cuando salí del túnel de árboles que hay en la entrada de O Cebreiro... ya cruzando la carretera. De primero, entro a la iglesia para agradecer a Santiago por su ayuda en la subida de imponente lugar. No me quedan dudas que él escuchó lo que estaba necesitando y me lo concedió cuando más lo necesité. Ultreya!...  

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