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Llegamos a Santiago

Un año mas, preparando con ilusión la mochila, los billetes de tren en la mano. Nos quedamos en Ponferrada y faltaba ya muy poco para llegar a Santiago. Miro hacia atrás con nostalgia, tantos kilómetros, paisajes, albergues, gente... Primero sola y desde Frómista con una amiga, lo que hizo mucho más llevaderas las largas soledades de los Campos de Castilla. El campanario en medio del trigal al que nunca llegábamos en Calzadilla de la Cueza, la charla amable con el párroco de Santa M ª la Blanca en Villalcázar de Sirga, el camino tenebroso hacia la Cruz de Ferro, engullido por la niebla, que se tornó en sol radiante apenas la alcanzamos, la breve parada en Manjarín donde nos ofrecieron café y galletas o el inoportuno y único chaparrón del Camino, bajando Riego de Ambrós que nos causo bastantes dificultades en las losetas resbaladizas. Pero este año también había una sombra, el recuerdo de Denis. Difícil imaginar qué pudo pasar cuando todas las mujeres coincidíamos en señalar la seguridad que nos inspiraba el Camino. Tal vez fue este temor el que nos hizo compartir buenos ratos con una joven americana a la que debimos inspirar confianza. No supimos ni su nombre, anunciaba su proximidad con sus cantos alegres, su caminar ligero, saltarín a veces, como en el descenso del Poio cuando nosotras íbamos con todo el cuidado del mundo. No hablaba castellano y mi inglés es muy precario, pero conseguimos hacernos entender y pronto me di cuenta de que, en realidad, nos estaba haciendo saber dónde había comido y dónde pensaba pasar la noche.

Salimos de Ponferrada, mañanas frescas, el camino por el valle cerrado junto al río nos llevó a Trabadelo sin tener una idea muy clara  de dónde dormir esa noche. Una simpática mujer nos recomendó ir donde Reme y fue un buen consejo. Cada vez que pasábamos ante su casa nos entretenía con su charla amable. Se preocupó por nuestras intenciones de subir el Cebreiro, nos contó que hacía poco había muerto un francés. Y sí, las rampas eran duras, pero el haber acortado la etapa nos permitió afrontarlas sin problemas, llegando incluso en el pelotón de cabeza para admiración de gente más joven. Y después, Galicia, con sus ríos, sus bosques, paisajes sorprendentes como el pueblecito de San Cristobo do Real, los rebaños de vacas en Fonfría y sus  monumentos. Elegimos la variante de Samos donde asistimos a una boda que dejará un recuerdo imborrable en mi memoria. La iglesia estaba engalanada como para un gran acontecimiento, llegamos a la misa del Peregrino y nos sorprendieron los acordes de la marcha nupcial. La comitiva estaba formada por los novios, padrinos, fotógrafo y dos invitados. No parecían peregrinos, sino gente de algún país lejano que no tuvieron más compañía que la nuestra, una alegre tropa en chanclas y ropa deportiva.

Los kilómetros fueron cayendo, casi sin darnos cuenta. Desde Sarria el ambiente peregrino se diluyó un poco. Se percibían dos grupos bien diferentes, los curtidos por el sol, botas polvorientas y mochila al hombro y los de punta en blanco, la mayoría de las veces sin mochila o con una pequeña de paseo. Algunos llegados en taxi a casa Carmen en el km 107 y otros en autobús casi hasta el km 100. En ciertos casos por motivos justificados, como aquella señora mayor de Calatayud que pudo cumplir su sueño puesto que nos la volvimos encontrar en la Catedral de Santiago, pero en gente sin problemas físicos no. Muchos daban muestras, incluso, de bastante mala educación, aunque los que aún respondíamos al saludo de "¡Buen Camino!"nos sentimos más unidos.

Por fin llegamos al Monte do Gozo y... ¡Santiago! No es fácil describir la emoción que se siente al recorrer sus calles, poner el último sello y recoger la Compostela, además del diploma por los 858 km recorridos.

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