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Un día en la vida de un peregrino

Un día en la vida de un peregrino

Una tenue luz se cuela por la puerta entreabierta, me desvelo, he descansado bien aunque no he dormido mucho, pienso en la etapa que me espera, decido levantarme, ayudado de mi linterna voy al lavabo, me ducho, me pongo crema  y hago mi aseo personal. Me visto con ropa técnica, calcetines transpirables; zapatillas con buena amortiguación, mochila de unos ocho Kilos, bien ajustada a la espalda, como distintivo una cinta roja de la virgen del Pilar; ajusto los bastones  y salgo a la calle mayor de Europa.

Saludo a peregrinos que desayunan algo o finalizan la recogida de sus cosas para  iniciar la vida nómada a la que nos hemos ido acostumbrando. Miro al cielo, comienza a amanecer, siento el frescor de la mañana, respiro aire limpio y eso me hace sentir bien, entro en un bar para tomar un café calentito y un cruasán; el sol despunta en el cielo y el camino se puebla de peregrinos y de peregrinas. Somos gente de todo tipo y condición, atendemos a la palabra peregrino con la que nos identificamos, no importa la profesión, ahora nuestro oficio es caminar, tampoco importa nuestro origen. 

Camino a buen ritmo pero sin prisa, miro hacia adelante, contemplo el entorno, siento los perfumes que la Naturaleza ofrece, disfruto de los colores del campo, de los árboles y de las flores; del canto de algún pajarillo que alegra la mañana; no me gusta mirar atrás, excepto para coger perspectiva, como en la vida; siento el viento en mi cara y el sol en mi espalda y observo como mi sombra cada vez se va acortando más, camino en soledad, rezo una oración porque me apetece, porque siento el placer de lo natural y quiero dar gracias al Creador.

Buen camino, me saluda un italiano, hablamos del camino, le explico que comencé en Saint Jean Pied de Port y que cuando me dieron la credencial  y me pusieron el primer sello, me emocioné. Él me dice que comenzó en Somport, me enseña la foto de su gran amigo, con el que pensaba hacer el camino, pero murió y ahora le acompaña su recuerdo. Llegamos a un pueblo, tomamos una cerveza  y una tapa de tortilla española, llenamos las cantimploras de agua y nos ponemos protector solar en la cara, él saluda a otros peregrinos conocidos, se queda con ellos y yo sigo  por el camino del cementerio. Observo mis pies y noto alguna molestia; me paro a descansar, bebo agua, como un plátano y me cambio de calcetines.

Diviso una aldea de la que destaca la torre octogonal de su iglesia, construcción habitual de los caballeros templarios, me acerco, toco las enormes piedras seculares del arco de la puerta de entrada con figuras enigmáticas, saco de mi mochila una piedrecita y una concha de mar y las dejo como regalo. Una peregrina desorientada me pregunta por dónde sigue el camino, localizamos las flechas amarillas y seguimos juntos. Le comento que el camino me está trasformando, que me siento diferente y mejor persona; ella es coreana, de cuerpo menudo, con una mochila desproporcionada que le obliga a caminar lenta, reconoce que tendrá que prescindir de alguna cosa, me cuenta que estudió  en un hospital de urgencias de Seúl y está en el camino para desconectar del sonido de las sirenas de las ambulancias y de los ingenios  del señor Steve Jobs, nos entendemos en nuestro inglés mientras caminamos.

Alguien que viene detrás nos llama, es una joven canadiense con la que hemos coincidido en otras ocasiones y ahora parecemos de la familia. Alegría desbordada, caminamos, hablamos algo en inglés, la quebequense algo en francés y yo, en español, pues las dos están interesadas en su aprendizaje. El lenguaje no verbal y gestual hace el resto. Entramos en una población y nos dirigimos a un albergue, nos recibe un amable hospitalero;  pago cinco euros, sello la credencial y me acomodo en la cama baja de una litera. Dejo la mochila en el suelo, coloco el saco de dormir sobre la cama y pongo mi funda en la almohada. Me ducho, me cambio de ropa y voy a comer  a un restaurante cercano. Pago 10 euros y me voy a descansar, pienso en la etapa, veinticinco Kilómetros, siete horas incluidos los descansos, no me gusta caminar por la tarde. Leo algo sobre la población, escribo, llamo a mi mujer y duermo una siestecilla.

Me levanto, me duele todo el cuerpo  pero cuando comience a pasear se pasará, nunca tomo medicamentos ni alimentos energizantes, prefiero comer, beber líquidos sin alcohol, descansar bien y por la mañana los dolores han desaparecido como por arte de magia. He quedado con SlavKa, la canadiense y con Kim, la coreana; me encuentro con Gianni, el italiano de Trento, se las presento  y salimos juntos, paseamos, hacemos fotos, compramos algo, saludamos a otros peregrinos  y nos sentamos en una terraza de la plaza, reímos y disfrutamos de la tarde y de las tapas, hablamos del camino, de gastronomía, del Creador. Observo como Gianni saca la foto, a escondidas, la mira y la vuelve a meter, en sus labios se dibuja una sonrisa.

Pasamos por un supermercado y compramos agua, fruta y frutos secos, para la etapa de mañana. Cerca del albergue nos sentamos en el interior de una cafetería y tomamos una infusión. Comienza a anochecer y nos dirigimos juntos al albergue, paseamos despacio, los dolores ya se han calmado, en el albergue algunos peregrinos duermen. Ordeno mi mochila para no perder tiempo por la mañana, me estiro en la cama y me tapo con el saco de dormir. Pienso en la etapa de hoy y en la de mañana; sueño con llegar a Compostela, contemplar el pórtico de la gloria, subir la escalinata y abrazar al Santo; sueño que sigo caminando por caminos nuevos, sueño...

Manuel Gómez

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