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Mi amigo Santiago

Mi camino empezó en abril por el Camino Francés, después de tres años que soñaba partir. Fue mi primer viaje solo y fue toda una novedad.

Puse grandes esperanzas en esta aventura porque a los veinte años tuve una fuerte crisis de identidad, porque no podía encontrar mi camino. No tenía trabajo y no podía ver mejorías (como sucede a muchos jóvenes hoy en día). El único pensamiento que tenía era que sólo llegar a Santiago podía ayudarme.

 Estuve siempre muy pegado a mis padres, por eso partir fue muy dificultoso. El impacto fue enorme ya que tuve que aprender todo de golpe, improvisando. Pero en mi corazón sentía que habría encontrado las personas adecuadas, como un chico mejicano con el cual nos hicimos compañía los primeros días.

La noche en Roncesvalles no pude encontrar un lugar donde comer, todo estaba reservado y las máquinas distribuidoras del albergue no funcionaban bien. Pude sólo comer un bocadillo. No habiendo comido nada durante el día no sería estado suficiente.

 En el comedor del albergue un siciliano, viéndome, me dejó mitad de su caldo y me quedé con él a hablar un poco. Nunca olvidaré esa acción.

 Al tercer día conocí a las personas por las que más he agradecido a Santiago. ¡Sin saberlo, allí conocí a mis ?padres del Camino?! Ellos son veteranos y recorrieron muchos caminos y de ellos he aprendido muchísimo. Pero por aquella tarde tenía que contentarme solamente de la promesa que, si hubiera querido, ellos me hubieran acompañado a la meta perfeccionando mi español, dado que no es mi idioma.

Hablando con Santiago, pedí muchas veces de poder verlos otra vez y hacer con ellos el resto del camino.

El día siguiente mi programa preveía la visita a la iglesia de Nuestra Señora de Eunate. Por primera vez caminé solo, bajo una lluvia torrencial, muy tranquilizadora debajo del impermeable y un paisaje que se perdía en las cultivaciones verdes manchadas del rojo de las amapolas. No fue difícil perderme en mis pensamientos, pudiéndome sentir infinitamente feliz de encontrarme allí e intentando preguntarme que podía hacer con esta experiencia una vez regresado a casa.

 Convenciéndome de poder seguir adelante, caminé por kilómetros por la ruta que me habían indicado pero la mente empezaba a nublarse. La confianza disminuía y la desesperación tomaba el control. La idea que no hubiera logrado verla fue mucha, pero los pies se adelantaban solos hasta que a lo lejos se vieron las murallas de piedra.

En aquél lugar magnífico comencé a sentir una energía increíble. Una iglesia muy simple aparentemente pero con una fuerza particular. Por mucho tiempo me quedé a observarla y a dar la vuelta por su estructura octagonal.

 Dos días después, encontré nuevamente a la familia que me había propuesto ir con ellos a Santiago. Como había pedido al Santo, desde aquél día empecé a caminar con ellos hasta la meta.

 En el trayecto encontramos muchas personas de los lugares más increíbles. A veces, de malos peregrinos, juzgábamos a los otros por cómo se comportaban, como por ejemplo: hacerse llevar las mochilas de los mochileros para hacerlo más fácil o no respetando a los demás, haciéndonos levantar a horas tempranas. Pero al final el camino no juzga, ¿por qué tendríamos que juzgar nosotros?

 Una cosa estupenda de esta vía, para quién lo hace, cualquiera sea el motivo, es el hecho de que no existen categorías sociales, edad o nacionalidades y donde se confrontan los ideales sin imponer los suyos. Aquí somos todos iguales, con nuestros dolores en los pies, en las espaldas, nuestros gozos y nuestras infinitas emociones que compartimos cotidianamente, cara a cara y no con un móvil o un ordenador.

 En un albergue de ?Los Amigos del Camino?  los peregrinos  preparábamos la cena para los demás, comiendo, hablando y cantando juntos. ¡Fue una experiencia fuerte! Después, fuimos a ver una extraordinaria puesta de sol, escuchando las ranas y una canción que nos ayudó a meditar y a ordenar ideas y recuerdos de los días pasados. Fue una media hora muy profunda. Increíble el contacto con la naturaleza que vivimos todos los días.

 Se dice que el camino sea un prototipo de la vida real pero según yo, es la verdadera vida. Cierto que sin problemas como impuestos y similares, los problemas aunque si son comer o dónde dormir son los que acompañaron siempre la humanidad, pero es allí que hacemos ver nuestra parte mejor. Como contrapartida en casa estamos sepultados de cosas inútiles y mucha gente hace ver sólo lo peor del ser humano.

Estoy seguro que si todos hiciéramos el Camino de Santiago o un pedazo, haciéndolo conscientemente, el mundo sería mejor.

 Al llegar a Santiago de Compostela, una de las cosas que más me impresionó fue no poder ver la Catedral hasta el último metro, pero la cosa más importante fue encontrarse otra vez con la gente que no veía de días, saludarnos como si nos conociéramos de siempre aunque si nos vimos sólo por un momento.

Obvio que la emoción más grande fue la visita a la Catedral y la Misa del peregrino.

No me sentí nunca así agradecido y al mismo tiempo así indigno de participar a algo similar.

 Haciendo la cola para abrazar a nuestro protector, una onda de sentimientos contrastantes me envolvió y me puse a llorar de gozo hasta el final de la misa mientras mis compañeros intentaban confortarme.

 He encontrado personas que me han hecho de la familia, sin contar todos aquellos que no olvidaré jamás.

 He prometido que, hasta que Santiago quiera, continuaré a ir a verlo y ahora estoy preparando otro camino.

 Será una frase hecha, pero el Camino de Santiago me cambió muchísimo, porque he madurado y sobre todo me ayudó. He sentido Su presencia siempre a mi lado y ahora que estoy en casa, puedo ver que son muchas más las cosas que debo agradecer, sea lo que estoy viviendo ahora o lo que me llevó a partir.

¡Gracias amigo Santiago!

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