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Un Camino, dos palabras

Conozco Santiago desde cuando allí, lo extraordinario y raro era ver a un peregrino y Santiago, entonces, se definía como ciudad de estudiantes que llegado el verano, regresaban a sus casas dejando el colegio Fonseca triste y solo. Santiago también se quedaba solo y los caseros y la hostelería también se quedaban tristes hasta el comienzo de un nuevo curso. Santiago comenzó milagrosamente a ser otro a partir de que apareciese XACOBIN anunciándonos a todos que había un Camino diferente y, a partir de entonces, lo antes extraordinario se volvió gradualmente ordinario.

Era 24 de septiembre de 2013. Mi hermana y mi cuñado me llevaron en coche hasta la Avenida de Asturias de donde acabábamos de llegar hasta Ribadeo cruzando el Puente de los Santos. Dejé atrás las espléndidas vistas de la ría que baña también Figueras y Castropol y enseguida conocí gente. Alguno me adelantaba con prisas porque si se retrasaba perdía el avión ¡Buen Camino, buen Vuelo! Me paré junto a  una fuente a comer y Juan, tranquilo, agradable con su conversación y con ocho Caminos, fue la primera persona que conocí. Los dos teníamos pensado caminar ese día hasta Lorenzana. Fuentes con abundante caudal, los paisajes más verdes y frondosos hasta llegar a Villalba. En algunos trechos subiendo desde Mondoñedo a Abadín no podíamos hablar mucho porque necesitábamos el aire para combatir el esfuerzo. Caminamos por Martiñán y Goiriz. Llegando a Villalba, Andrés, en el medio de un bosque, encontró una herradura y se la dio a su amigo Miguel que acababa de perder su empleo ¡Me alegro mucho de que le haya servido después! También allí encontramos a una señora que había convertido un pequeño cobertizo y, de forma estacional, en su medio de vida vendiendo cafés, refrescos y algún recuerdo del Camino.

 

Efectivamente, allí por donde pasaba el Camino, no había crisis. Observadora de paisajes, con demasiados eucaliptos, y de gente que mañana saludaría a otros que venían detrás de mí, me acordé de las meigas gallegas pensé: ¡peregrinos haberlos, haylos!,...algunos con pocas ganas de conversación y sin que el idioma sea una barrera. Salvo el fin de semana se hacía imposible encontrar una iglesia donde se oficiase misa diaria y solamente si algún vecino portador de las llaves se ofrecía a enseñárnosla, podíamos entrar. Entonces aprovechábamos la oportunidad: unos rezaban, otros observaban la Arquitectura y la ornamentación, otros las dos cosas. En un bar de Bahamonde las moscas nos mordían las piernas sin parar ¡qué pesadas! Visitamos la Casa Museo, sus esculturas en granito y en madera, su capilla. A petición del artista y por respeto a un lugar ya consagrado, accedí a quitarme el sombrero. En la iglesia de Miraz la homilía fue de fácil comprensión para todos pero allí sólo yo iba a Santiago y sobraban asientos.

Días después en la Misa del Peregrino faltaban asientos mientras escuchábamos en la catedral una homilía muy compleja en su comprensión y que definí "de sexto curso de Seminario" ¿La entenderían? Heike y Christina, alemanas, seguramente no. Llegando a Miraz vimos que un helicóptero conseguía apagar un incendio arrojando una y otra vez agua que traía desde una laguna cercana a Sobrado dos Monxes a donde llegaríamos al día siguiente. En Sobrado encontramos la estudiada Desamortización de Mendizábal: una iglesia con sus paredes de granito imponentes, despobladas de su decoración original y con sólo verdín causado por la humedad. Podía pasear sin encontrarme con nadie. Sí, efectivamente estaba en un monasterio cisterciense pero además estaba en uno de los capítulos del libro El Nombre de la Rosa. Al día siguiente caminamos hasta Arzúa de la que sólo conocía su queso y donde sabía que moría este Camino Norte al encontrarnos con el Camino Francés. Estábamos en buena forma y desde el amanecer caminamos hasta Santiago. Por la mañana, fuimos juntos a buscar la Compostela y asistir a la Misa del Peregrino ¡Cuánto iba a disfrutar subiendo a las cubiertas de la catedral y escuchar por la noche a la tuna bajo los soportales del Palacio de Raxoi!

                                                                                                                         

Al entrar en Santiago, un hombre sentado se incorporó para presentarse como Fernando, poeta que daba nombre a las cosas, un inventor de palabras que, aclarándome que quería escribir con nuestras palabras un libro sobre el Camino, me preguntó si podía escribir en él dos que definiesen el mío ¿Sólo dos? ¿Cuántas llevo ya?

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