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Λ

Luz de Plata

Silencio. Oscuridad. Fatiga. Una docena de seres humanos respirando el mismo aire enrarecido. De pronto, las paredes del barracón comienzan a retumbar. Un sonido profundo, molesto, acompasado, que rasga la tibia atmósfera somnolienta como una sierra de mano hendiendo la madera. Disciplinado, marcial, envolvente: un ronquido teutón. Hay un enorme alemán durmiendo a pierna suelta. Católico en tránsito, peregrino aceptable, no pienso cometer un homicidio.

Salgo a la puerta, desvelado. Contemplo la interminable fila de barracones desiertos pendiente abajo. Enciendo un cigarrillo. Son las tres de la madrugada en Monte do Gozo. Cinco kilómetros escasos para Santiago. Fin de trayecto. Me siento en el banco que hay enfrente.

-¡Olalá-lalá-lalá!- exclama Riton con enfado, mesando sus blancos cabellos, agitando su níveo mostacho. No ha tardado ni cinco minutos en aparecer.

Es un francés que he conocido en el Primitivo. Venimos caminando juntos desde hace varias jornadas. Tiene 74 años y partió de Hendaya. Un fenómeno enjuto y fibroso. Por descontado, no entiendo una palabra de lo que dice, ni él nada de lo que digo yo. Es fantástico. Nunca estamos en desacuerdo. Toma asiento a mi lado.

Al cabo de un momento, aparece un tipo bajo el quicio de la puerta. A la luz del farol, vemos un rostro tostado por el sol y una sonrisa amigable enmarcada en una perilla gris. Viste una buena chaqueta y un sombrero de ala ancha color crema. Mientras se acerca a nosotros vemos lo mucho que cojea.

- Muchacho, ¡qué manera de roncal!- dice con notorio acento caribeño.

Se sienta a nuestro lado. Nos cuenta que se llama Raúl. Es cubano, nacido en Miami. Alguien de cierta importancia en el sector del hormigón estampado. Últimamente, superó por dos veces un cáncer. Dios le estuvo echando una mano. Dijeron que en el Camino podría encontrarle. Y aquí estaba mientras su familia andaba de turismo por España. "Por agradeserle que me regalara más tiempo. Pero traigo el pie arrastrando desde Burgos, y aunque podría haberme montado en un carro, me paresió más correcto no haserlo".

-¿Lo encontraste?.

-Cada día.

   Pese a que mayo languidece, hace mucho frío a estas horas y nuestra ropa no es tan buena como la suya. Riton se pone en pie, entra en el barracón, regresa con los sacos de dormir y una petaca de aguardiente de Normandía. Echamos todos unos tragos. Luego, le explico de algún modo el problema del pie de nuestro nuevo amigo. Afirma con la cabeza. Pregunto a Raúl si confía en nosotros. Adelante, dice. Aquí sólo somos peregrinos. Le pido que se descalce. Su pie está enrojecido, a punto de reventar. Parece una enorme ampolla interna nada más. Riton observa el pie con detenimiento. Me pide la navaja y el mechero. Desinfecta con fuego la punta de la navaja y busca el punto metódicamente. Lo encuentra en el intersticio entre dos dedos. Clava la punta mientras yo aprieto. Mana un poco de sangre y luego gran cantidad de líquido. El pie se deshincha como por ensalmo. Deja de doler. También veo a Dios en vosotros, dice Raúl muy aliviado. Otra ronda de aguardiente. Mañana compra un antibiótico, digo. Antes de enfundarme en el saco, traigo la botella de Rioja que compré para una ocasión, y creo que no habrá una mejor que ésta.

Allí seguimos mucho tiempo después. En silencio, porque todo está dicho. Tranquilos y llenos de paz. Esperando a que amanezca, tapados hasta el cuello, bajo el cielo estrellado y la luna creciente, lejos de cualquier preocupación mundana. Personas muy diferentes, llegadas de mundos muy diferentes, unidas de algún modo por el Camino. Un instante como éste, que te ata para siempre a desconocidos. Hemos compartido todo esto que nadie puede explicar a quien nunca ha estado aquí ni lo ha sentido nunca.

Quiero y no quiero llegar a Santiago. Más lo último. Raúl dormita beatíficamente y Riton me mira y sonríe, aunque a  la vez parece un poco triste. Sé que está pensando lo mismo que yo. Añoraré a éste hombre cada día durante el resto de mi vida. Levanto la vista y contemplo la luna, la luz de plata que baña los árboles y cubre los matorrales y las peñas y los barracones y que nos envuelve también a nosotros. Y deseo con toda el alma que esa luz solidifique, detenga el tiempo, nos atrape en este instante impidiendo que termine. Quedarme aquí para siempre, sentado en el banco junto a estos peregrinos, sintiendo lo mismo que siento ahora.

  

  

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