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Mi Camino de Santiago: Caminando por la Vida Misma

Agosto de Dos Mil Quince. Llevaba días sin dormir por la ilusión que albergaba mi corazón. Se acercaba el día y empezaría a hacer el Camino de Santiago, con el cual había venido soñando desde hace varios años atrás. La felicidad no podía ser mayor, lo haría acompañada de una persona especial: Mi mejor amigo.

Era una cálida tarde cuando salí de Málaga a Santiago de Compostela. Mi retina se quedaba con detalles, gestos, miradas y palabras de personas que viajaban conmigo. Aquel viaje fue especial, el ver a personas que como yo eran peregrinos, me hacía sentir más plena.

Esa noche, pese los nervios, un halo de paz se apoderó de mi ser. Me vi en sueños andando con mi mochila a cuestas y una única meta: Dejar que el camino me envuelva.

Empecé a andar una fresca mañana saliendo hacia Tuy con ilusión, y he de reconocer, también un poco de temor.

Siempre pensé que el Camino de Santiago era sinónimo de felicidad. Al día de hoy estoy convencida de que el Camino es como la vida misma. Te muestra lo bueno, lo malo, lo feliz, lo triste, lo más placentero y doloroso. El Camino es una guía que te marca el rumbo a seguir, pero depende de ti seguir avanzando o no.

A veces la vida pone a nuestro lado a Compañeros de Camino "Equivocados" y depende de nosotros dejarnos o no acompañar por ellos. Quizás me tocó vivir un Camino algo triste, sin embargo pensaba: "Santiago Apóstol, estoy aquí porque tú así lo has permitido. Dame las fuerzas suficientes para seguir avanzando, para crecer, para comprender aquellas señales que vayas colocando en mi día a día".

Decidí avanzar con optimismo, haciendo caso omiso a situaciones externas que pudiesen empañar mi felicidad. Disfruté el paisaje, medité, oré, canté mientras contemplaba la naturaleza, coincidí con personas mayores (Quienes además de acompañarme en tramos del camino, me iban contando sus vivencias). Hoy conservo el regalo especial de un señor mayor quien al poner en mi mano un trébol de cuatro hojas me decía: "Para que te acompañe y te de suerte en tu camino por la vida". Son esos pequeños detalles los que te hacen comprender que eres especial.

Llegó mi sexto y último día de Camino. Tenía la ilusión de llegar pronto a Santiago. Tal como comentaba al comenzar mi relato, lo hacía acompañada de mi mejor amigo; quien lamentablemente se aisló, me evitó, apenas me habló y me hizo sentir por momentos sola. Viví momentos de confusión hasta que el Apóstol respondió a mi petición y me hizo ver que la felicidad y la tristeza son decisiones personales. Si arranco de mí aquello que pesa (al igual que el contenido irrelevante de la mochila), podría andar más ligera por la vida, más feliz, sin dolor y con total libertad. Esa mañana, aquella persona a la que consideraba amiga, siguió su rumbo y yo el mío.

Fue así que salí de Padrón hacia Santiago, recordando las palabras de la Hospedera del Albergue que me decía: "No temas, te aseguro que en esta etapa no estarás sola".

Durante días anteriores, pese a coincidir con muchos Peregrinos, la apertura por parte de ambos no había sido total. Era algo que no comprendía; hasta que descubrí que no era libre. La confusión y la tristeza por mis vivencias personales de días anteriores formaban, sin darme cuenta, un escudo que impedía que otras personas se abrieran a mí y yo a ellas. Fue esa mañana que al soltar mis cargas emocionales, hice la última etapa acompañada de personas maravillosas con las que pude hablar, compartir (incluso momentos de silencio), reír, y hablar de nuestras vidas. He experimentado la sensación de poder ayudar a otros Peregrinos; tendiendo mi mano, brindando una sonrisa, un abrazo, ofreciendo agua, curando y compartiendo medicamentos. La tristeza de días anteriores era intrascendente comparada a la de una de mis Compañeras de etapa, quien hacía el camino en memoria de su hermano fallecido, (También Peregrino que había recorrido el Camino Portugués el año anterior). Su sentido del humor y optimismo fueron un ejemplo a seguir hasta llegar a Santiago.

Eran las 5 de la tarde cuando llegamos a la Plaza del Obradoiro. Pese al cansancio, tuve fortaleza. Las emociones que sentí son indescriptibles. Entramos en silencio. Mi primera reacción fue mirar la Catedral, quitarme la mochila, caer de rodillas y no parar de llorar. Luego vinieron los abrazos, las risas, el unirnos a la celebración de otros Peregrinos que llegaban o habían llegado momentos antes. Ese sentimiento que une es tan grande que te hace sentir que formas parte de una gran Familia. Ser Peregrino es un don, es la vida misma.

A las cinco y media coincidí por última vez con mi mejor amigo mientras salía de la oficina donde expiden las credenciales. No sentí dolor, tampoco rencor; únicamente una profunda tristeza. Perder a las personas que quieres porque te fallan no resulta fácil.

Creo en un Dios del amor y el perdón. La mejor manera de seguir avanzando por la vida es hacerlo con un equipaje ligero y sin odios. Si somos capaces de perdonar, nuestro andar será más liviano, feliz y pleno. Esto se consigue de una sola manera: Actuando con amor.

Así fue mi Camino de Santiago, un libro abierto en el que encontré respuestas a cada una de mis preguntas, el que se convirtió en un verdadero compañero que estuvo a mi lado en todo momento, quien fue la voz de la naturaleza misma que me decía constantemente: "Tú puedes, no decaigas".

Así fue mi Peregrinaje. Así fue ese Camino especial que me hizo ver una vez más el valor de la comprensión, el amor, el creer, aprender, compartir y perdonar. En eso consiste avanzar por el Camino de Santiago y el Camino de la Vida. En eso consiste fluir con libertad. En eso consiste vivir.

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