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500 kilómetros a Santiago de Compostela. La historia de un costarricense

Existen muchos Caminos a Santiago de Compostela en España, pero el Camino Francés me había llamado la atención desde hacía muchísimos años. Esta ruta tiene varios siglos de ser recorrida por personas de todas las nacionalidades que buscan no solo expiar pecados caminando entre montaña, zonas agrícolas, aldeas o ciudades, sino que también se hace por motivos de salud, recreación e introspección.

En el año 2012 tuve la oportunidad de escaparme de mi oficina y emprendí, mochila al hombro, mi viaje con ganas de encontrar cosas perdidas, deseadas y necesitadas.

Si bien, la vía recomendada en guías de viaje comienza en un pueblito en Francia, a los pies de los Pirineos llamado Saint Jean de Pied de Port,  yo no contaba con el mes que se tarda en recorrer esos casi 800 kilómetros, así que comencé en Burgos, ciudad que dista 500 km de Santiago de Compostela. Mi preparación física para esa aventura no fue gran cosa, pues acostumbro a caminar por las montañas de Costa Rica desde hace varios años y con ello me consideré listo.

Tenía el temor de no aguantar, pues había sufrido un accidente en moto y me había quebrado la tibia en dos partes, pero a pesar de ello me fui con apenas un año y unos meses de recuperación después de ese evento.

Una frase clásica entre peregrinos es ?buen camino?, que augura a los que nos topamos o que dejamos; que tengan un gran viaje por la vida, lleno de cosas buenas. Uno de los lemas del Camino es que en la ruta no se exige nada a nadie, solo se agradece y así, con ello en mi haber, mi credencial de peregrino en blanco y sediento de sellos que indican el camino recorrido, comencé a inicios de julio del 2012 mi periplo por tierras de moros.

 Se duerme en albergues, donde en algunos incluso no se paga, sino que se dejan donaciones, pero la verdad, durante el recorrido se encuentran, desde camas en hoteles cuatro estrellas hasta los más humildes camarotes en grandes habitaciones, donde como se comprenderá, para estar con los peregrinos y vivir realmente la experiencia hay que acudir a los populares hostales. Compartir baños, duchas y utensilios de cocina, todo es parte del Camino.

La comida es variada y se vende anunciada en los sitios adonde se llega con el nombre de ?menú del peregrino?, que conlleva a escoger entre vino o agua y tres platos que culminan con un postre; el costo ronda los 10 euros, y sin lugar a dudas lo  llenan a uno.

Hay gente de todas las edades, están también los primerizos o los que llevan varios caminos a lo largo de la vida. Me pareció interesantísimo encontrar alguna gente que hace esa ruta para buscar respuestas al matrimonio, crisis de la mediana edad, gente que espera a un ángel que les de su toque, o incluso; quienes aprovechan la vía para buscar trabajo y por ello dejan sus curriculum por las ciudades donde se pasa. Cada persona es un mundo. Pasé por León, y ahí me impresionó la Cruz de Ferro y el pueblito con aire medieval de O Cebrerio, me despedacé las rodillas bajando 17 kilómetros inclinados por un trillo, me bañé en un río casi congelado en Molinaseca, no me gustó que se cobrara a los peregrinos en el castillo de Ponferrada, pues era sitio de refugio en la Edad Media para quienes caminaban a Santiago, comí el pulpo a la gallega en Melide, me embriagué una noche con vino, pero finalmente tengo que decir que encontré la magia de esta ruta al conocer muchísima gente que transita por esos senderos siguiendo las flechas amarillas que son las señales secretas que nos llevan al santuario, donde se supone que descansan los restos del apóstol. La mayor experiencia de vida que me queda es el hecho de haber aprendido a apreciar que en la simplicidad de las cosas se encuentra el todo. Finalmente, cuando llegué a la plaza del Obradoiro lloré frente a la Catedral de Santiago,  en ese instante no había en mi existencia otra necesidad más. ¡Buen camino!

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