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Santiago está de Camino

Lejos, luz, amor y tierra. Lo que el Camino te da,  es donde el Camino te lleva; si callas, Santiago te habla y su eco responde a tu plegaria. Es final, llegada y destino, de un viaje que comienza cuando terminas tu Camino. Andar. Esto es. Ir, avanzar, ver, oír, tocar, oler... cielo y vino. Sentir, almear. De andarín a peregrino, Santiago está de Camino. Camino, peregrino y vino, rima nada casual.Y después, ya nunca parar, y siempre querer seguir, y también, claro, querer siempre volver.

Del ripio a la prosa, de la ilusión al paso, al primer paso, porque eso es la ilusión por caminar, luego vienen rodados, y se anda, se ríe y se llora, se sufre y se goza, se aprende y se enseña. Y se busca: en cada suelo, en cada cielo, en cada piedra del Camino, en todas las gotas de lluvia, que no mojan, sólo limpian, en el barro y en las nubes, en las pisadas de los demás y en las sonrisas o llantos de todos. Buscar. Si existe la felicidad, acaso la felicidad sea buscarla, y por eso los peregrinos no sabemos explicar por qué somos felices y siempre queremos volver.

Senda, pueblos y gentes; es la indumentaria del Camino, y nunca estamos preparados para entenderlo por mil guías que leamos, ¿qué son las guías sino redileros de buena fe que muchas veces sacan al caminante de la abstracción que la peregrinación exige?. Mismidad, soledad, y macuto, no hay más guía ni más necesidad, ni más libertad que no tener otra cosa que hacer, que al principio se hace raro, pero ya luego es ella misma y nos ingresa en la Nación Caminante, en la Asamblea de Peregrinos, y eso no cuenta en la Compostela, apenas un papel, acaso el recuerdo de la parte física, la prueba de que el cuerpo aguantó. Nada se dice del alma, del espíritu, que a algunos lastran y a otros empujan.

Amaneceres imposibles, metas que no lo son, lugares que se pasan, nieve que quiere ser río, río que quiere ser mar, vientos de virtud, de querer ser mejor, de prometerlo incluso, de cumplirlo a veces. Aunque sean pocas, son. El Camino es espejo, te devuelve lo que eres, y a veces no gusta. Preguntas, y preguntas, y preguntas quién eres, y se lo preguntas al Camino y a ti mismo, que es tu propia sombra, siempre por delante rumbo a Occidente, algunos quieren incluso adelantarla y van muy deprisa y olvidan que aquí el tiempo no vale para llegar antes, sino para hacerlo más tarde, por la ruta la larga, con el descanso, la reflexión, el vino compartido y la risa relajada y sincera. Con sufrimiento, algo, pero como ingrediente, no como finalidad, esto no es penitencial ni aunque se intente.

En un punto te encuentras y te das cuenta: sabio como un anciano, ingenuo como un niño, y quieres que no se disipe de tu corazón ese sentimiento aunque sabes que lo olvidarás, y por eso volverás, y lo olvidarás de nuevo, y volverás, y... Y llegan las grandes llanuras, sólo Camino, soledad: embroque que abre los ojos del corazón a la luz del conocimiento, y las ventanas del alma a las brisas de la certidumbre. Es puro buen rollo, hacer las cosas porque sí, sin tener nada que explicar ni racionar los afectos, sin sentir que se da menos de lo que se puede pero dando tanto como se tiene, sin pretender nada, nada de nada de nada de nada.

Vas pasando lugares emblemáticos. Nada queda ya que pueda perturbar el tránsito, el caminar constante a los lugares sagrados del Camino, que son aquellos donde la historia decide que la magia sea anécdota a favor del espíritu. El Arco de San Antón, en las ruinas del monasterio del mismo nombre, llega de repente, soy tan medieval como aquellos que por aquí pasaron hace tantos siglos, y los bloques ordenadamente amontonados que quedan de lo que otrora fue el edificio no hace sino acentuar el sentido verdadero de la perdurabilidad de la peregrinación, porque el tiempo puede hasta con las piedras, pero no con los peregrinos. Lo eterno se compone de fugacidades encadenadas, que son los pasos que por aquí anduvieron dando ánimo a otros que llegaron, y en esa cadena están ahora también nuestros pies con esa misma intención de proporcionar eternidad a sus propietarios.

Nada más necesario que ese ánimo, ni más imprescindible que detenerse bajo el Arco y sentir el torrente jacobeo en cada porción de uno. Tiene que ver todo esto con el telurismo: tierra, Camino, pies y cielo, es un hilo conductor vertical e invisible que mueve las marionetas que somos los peregrinos hacia Santiago de Compostela.

También hay fealdad, asfalto, ruido, arcenes y camiones. Industrias y polígonos, casas al borde de la carretera con neones trémulos, que de anunciar algo puede sólo tratarse de lágrimas que se ahogan en sonrisas forzadas, verticalidades que traen lo animal de los hombres al vertedero de la dignidad; lo feo explica qué es lo bonito, y uno sin lo otro no son nada. Aburrimiento monocromo. Y ya estás en el Bierzo.

Parece que los kilómetros caen de cien en cien y quieres convertir esto en el cuento de las mil y una noches, quieres dejar algo pendiente para el día siguiente y así no terminar jamás. Pero terminas.

Último día y diez kilómetros con doscientos metros. Apenas lo justo para verter las últimas lágrimas antes de llegar, y ya estoy callejeando por Santiago de Compostela, ciudad nacida para callejear por ella, y el cielo se cubre y emploma y comienza a llover, suave, persistente, orbayo compostelano y veo las agujas de la catedral y me siento feliz. Piso el Obradoiro, miro el Pórtico de la Gloria.

Ya.

Ahora lo veo, es así, así debe ser. Santiago está de Camino, y en este momento decido que es un Camino que merece la pena ser empezado. Sea.

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