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Λ

Al pan, pan, y al hiJo, hiGo

Ocurrió en China hace cientos de años... Un hombre montado sobre su caballo pasó junto a otro que le preguntó. “¿A dónde vas?” Y aquel le respondió. “No lo sé. Pregúntale a mi caballo”.

La estación de autobuses estaba sucia, los baños asquerosos y 50 personas dormían sobre el suelo. Aguardamos hasta las seis de la tarde deambulando durante un par de horas por una ciudad también sucia y con más borrachos. Pamplona se desmelena por San Fermín. Pero nosotros estábamos frescos, aunque incómodos. Mi hijo sin hablar desde 26 horas atrás, mi mujer con fingida indiferencia y yo cargado con una mochila de problemas...

Poco dinero, aplazamientos con Hacienda, con proveedores, con amigos (bueno con conocidos porque amigos no tengo)... poco trabajo... y una familia quebrada con otro hijo mayor casi desaparecido.

Un tipo de Almería se sentó a mi lado en el autobús. Viajaba solo con una mochila que pesaba un 5% más de lo recomendado. Mucho equipaje de sobra... Igual que yo...

El tramo de Roncesvalles a Espinal es un túnel de bosque que te sumerge en las tinieblas de tus miedos. Cuando miras al suelo observas que no brota la hierba porque allí no entra el sol. También yo he apagado mis sueños de niñez, las aventuras que proyectaba cuando leí el primer libro gordo que me regalaron: “Simbad el marino”.

Cenamos en el albergue. Aquella noche sólo dormimos 7 personas en la habitación comunal en una litera de hierro tan alta como mi cabeza. José y yo cenamos macarrones, mi mujer solo leche con galletas. Masticábamos en silencio y antes de lavarnos los dientes, José nos recordó. “Qué sepáis que solo vengo por la leche de higo. ¡Como no encuentre ninguna higuera me voy a enfadar mucho!”

Tenía que cumplir mi promesa, la historia de la abuela Flora porque a un hijo no se le engaña.

Me puse tapones en las orejas para no escuchar los ronquidos de los peregrinos. A ellos no los oía, pero sí a mi respiración que sonaba tan fuerte como los engranajes de mi cabeza. Frío, calor..., de costado, boca arriba... los muelles de la cama de abajo gemían... Total 3 horas de sueño ligero.

A las siete de la mañana llovía... El chubasquero largo con capucha devolvió el sonido de mis obsesiones... Poco dinero, José no hablaba, yo sin amigos... ¡Cómo pesaba la maldita mochila!

En el campo, las terneras chupaban las ubres de sus madres, sin pensar..., ajenas a los problemas del mundo. Las vacas comían hierba plácidamente, las crías se arrimaban para dar calor. La vida para ellas es simple: alimentarse, caminar, dormir...

Necesitábamos una bebida isotónica y algo sólido... Otra vez macarrones, pollo, cuajada y mucho pan que “hay hambre”. Llamé a casa de mis padres para avisarles que llegaríamos un día antes. “Hola mamá. Sí, llegamos esta tarde hacia las siete. ¿Cómo...? Bueno... ¿Entonces qué...? Nada, no te preocupes que nos apañamos. Adiós. ¡Mira José una higuera! Los higos están verdes. Trae media docena.”

José sonreía y, aunque estaba cansado después de 20 kilómetros a pie, salió corriendo y fue trayendo higos uno a uno. “Mira aquí en el rabo está la leche. Acércate que te la doy.” Me puso la cara y le fui untando las mejillas, el mentón, el bigote... “El bigote no que ya tengo mucho”. Su cara se iluminó por primera vez en muchos días.

“Por cierto, Iñaki, ¿qué dice tu madre?”, preguntó mi esposa. El teléfono me puso tenso y ella se había percatado. “Que han llegado mis hermanos y no podemos dormir. ¡Mierda! Pamplona está en pleno San Fermín”.

Continuaba lloviendo... Llamé por teléfono a varios albergues, pero todos estaban ocupados o cerrados. Una hora, dos horas, tres horas... ¿Dónde dormir? A lo peor en la estación de autobuses con los borrachines... Salió el sol. Pasamos por un señorío agrícola abandonado, con sus casonas de piedra blasonadas con un escudo de armas.

En los árboles... ¡Precioso! Cantaba un ruiseñor. Los pájaros comen todos los días, duermen todos los días y viven todos los días sin preocuparse por el futuro. Dios cuida de ellos. Dios se ocupará de nosotros y nos dirá dónde dormir. 9 kilómetros para Villaba, 8, 7, 5, 4... Confiaría en la providencia...

Cruzamos un puente gótico, la Trinidad de Arre... con su albergue medieval. Cerrado, pero llamamos a la puerta. Abrió un fraile que nos dejó pasar. Una fotografía de San Marcelino. Mi mujer trabaja en Maristas y mi hijo es marista. “Mire llevo puesta la camiseta”. Estaba todo ocupado, pero nos permitió alojarnos en la Casa del Cura. ¡Gracias, gracias! Una habitación para nosotros, baño, cocina... Solos, tranquilos, extenuados... Pero mi hijo hablaba, mi mujer contenta porque mi hijo hablaba... Llamó el mayor. ¡Por fin! Y visítamos a mis padres para darles un beso...

Al día siguiente José escribió en su diario: “Subimos el puerto del Perdón, un puerto purificante, allí palpitaba Dios. Lo mejor de todo es que todavía nos faltan 680 kilómetros para Santiago”.

Han pasado los meses... He vendido el Mercedes que pagaba a plazos y he comprado al contado un coche pequeño. He saldado la mitad de mis deudas, en 8 meses habré pagado todo. La facturación de mi empresa ha crecido un 16% y tengo nuevas ideas para seguir adelante... A José le salen pelos en la cara. Mi mochila no pesa, mis pensamientos negativos se han ido... Ahora duermo para soñar y me despierto para cumplir mis sueños. Beso a mi mujer... “Hasta mañana”.

“Un viaje de mil millas comienza con el primer paso”. (Lao-Tsé)

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