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Cuatro en Camino

Tumbadas sobre el césped, en el jardín de un albergue de Castro Dozón, intentábamos descansar y relajarnos, al mismo tiempo que estrechábamos lazos de amistad con el resto del grupo. Algo llamó nuestra atención y sembró el desasosiego en nuestro ánimo. Una columna de humo serpenteaba por detrás del monte que había abrazado nuestros pasos, desde Cea, esa misma mañana.

Unos días antes, después de doce horas de autobús, habíamos emprendido la marcha.

El comienzo de esa nueva experiencia y la incertidumbre de saber si seríamos capaces de llevarla a cabo, atenazaban nuestros sentidos.

Solo existía una idea fija: caminar, caminar, y alcanzar una meta.

Poco a poco, nos fue arropando el entorno y dejamos de pensar en nuestros pies, para disfrutar de esa ruta tan especial que caracteriza al Camino Sanabrés.

Ese bosque cercano a Silvaboa, castigado también por un conato de incendio, en medio de la noche, nos hizo sentir. Sí, sentir en el más amplio sentido de la palabra: miedo, emoción, paz? Y el comienzo de un enredo. Un enredo en forma de lazada que trazó alguna pirueta sobre las cuatro amigas que, sin tener la mínima experiencia en caminatas, nos aventuramos a descubrir esas emociones que no llegas a comprender hasta que las sientes en tu piel.

Los campos sembrados de viñedos y hortalizas entre los pueblos de Silleda y Ponte Ulla, regados por las aguas de un reconfortante río, nos alimentaban el espíritu.

Y esas vacas tan inmensas con las que, a veces, compartíamos camino, nos inspiraban un saludo, pero no nos atrevíamos por si acaso tanta confianza las podía incomodar.

Paisajes de una belleza natural, con tramos cuajados de eucaliptos y helechos, forman el Jardín de Compostela. Sus hortensias son un verdadero regalo para la vista.

Formábamos parte de la naturaleza.

Podíamos subsistir con un número reducido de cosas.

Nos embargó una profunda tristeza en Angrois, ese punto dañado por el trágico accidente de tren que, apenas quince días antes, había sobrecogido a miles de personas por las escalofriantes imágenes que habían dado la vuelta al mundo.

Estar sumergidas en medio de esas dispares emociones nos hacía sentir diminutas e insignificantes, y empequeñecían esos quebraderos de cabeza a los que, a menudo, les otorgamos la importancia que no tienen.

Cada una de nosotras iba fraguando sus propias emociones. Yo, particularmente, los últimos cuatro kilómetros ?los presté?. Se los presté a alguien especial que, sin poder caminar, me acompañó durante todo el camino desde la distancia.

Conforme íbamos llegando, una mezcla de emociones nos colapsaba los sentidos. La alegría de estar a punto de conseguir el objetivo, y de haber sido capaces de hacer ese esfuerzo, contrastaba con el gran vacío que nos invadía. Todas las sensaciones que nos acompañaron a lo largo del camino, estaban a punto de diluirse. Pero la convivencia había creado unos lazos que, seguro, permanecerán presentes a lo largo de nuestra vida. Parecía que el final del camino era el final de una aventura. Pero ese especial equipaje quedará para siempre en nuestras mochilas.

Al ver las torres de Santiago a lo lejos, no pudimos contener la emoción y nos fundimos en un abrazo.

Coincidimos las cuatro, con pleno convencimiento, en que, aquella madrugada que atravesamos el bosque, quedamos atrapadas en una lazada por arte de meiga, porque, creas en ellas o no? haberlas, haylas.

La piedra, asfalto, roca,

todavía en penumbra

me adelanto

buscando vieira que me guíe.

El bosque me inquieta

y con calidez me arropa.

Irrumpe el sol

entre las ramas,

marcando puntos de luz

en mi camino.

Camino que despierta mi calma

y me enseña a mostrarme

peregrino

para surcar derroteros

en el alma.

A mi lado danzan sensaciones,

de prestado, mías, del vecino,

me dan fuerza, me alientan

y me dicen

que voy formando parte del camino.

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