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Del primer día con mi familia...

Mi ángel y yo nos habíamos despertado a las 5 am para empezar a caminar nuestra segunda etapa. Carlos se había propuesto acompañarme hasta Pamplona y continuar andando 20 km más. Mis gemelos se sentían bastante aporreados con la caminata del día anterior, y el hecho de ir por la carretera no ayudaba mucho a amortiguar mi dolor, pero el peregrino experto me decía que era mejor tomar ese camino que la ruta tradicional que implicaba más cuestas y descensos de los deseables. Mi ortodoxo espíritu se preguntaba si haría bien en no poner mis pies en la senda tradicional y mas bien seguir las trampillas conocidas por Carlos, pero, como supe después, esa era una de las lecciones que necesitaba aprender en el camino, a desprenderme de la comodidad de seguir a pies juntillas las reglas y lo preestablecido, soltar el control para descubrir nuevas maneras de hacer las cosas, nuevas maneras de vivir la vida.

Llevábamos algo más de 40 minutos caminando cuando vimos a unos peregrinos delante de nosotros poco antes del amanecer. Se trataba de Pui, una graciosa vasca de 30 años, ágil como una ardilla y tozuda como una mula. Iba liderando el grupo que completaban 2 gringos, un señor altísimo de barba blanca y una pelirroja con cara de puño de unos 20 años.

Se volvieron a nosotros para preguntarnos si iban por la ruta correcta y Carlos les contestó que sí. Ante la duda en sus rostros, les contesté, con no poco orgullo, que él sabía de lo que hablaba ya que era la vez número 23 que hacía el peregrinaje. De ahí en adelante tuve que ver muchas veces esas caras de sorpresa y admiración cuando hablaba de mi ángel.

Seguimos caminando en silencio bajo el ritmo de la pequeña Pui que venía desde Larrasoaña con un paso endemoniado, qué envidia me dio su estado atlético y su tenacidad, luego descubrí que estaba motivada por una agenda que debía cumplir para poder terminar el camino en el tiempo que le permitían sus vacaciones, por eso seguiría caminando con Carlos una vez llegaran a Cizur Menor, que era el destino de ese día para los gringos. ¡Qué pedantes me parecieron el par de estadounidenses! Pensaba yo que no se necesita hablar el mismo idioma para sonreír y para hacer sentir a los que tienes alrededor que no te parecen un pedazo de mierda.

Qué equivocada estaba, qué despistada, pues estuve caminando durante 6 horas con los que se convertirían en mi familia por los siguientes 15 días!!

Al llegar a Pamplona, la pequeña Sasha venía destruida física y emocionalmente, Carlos nos había estado haciendo caminar hacia el restaurante ideal para tomar el desayuno, aproximadamente unas 20 o 30 cuadras, y cada vez que estábamos a punto de encontrarlo, nos anunciaba que faltaban un par de cuadras más. En un momento la pelirroja rompió a llorar y yo, en un impulso incontenible, la abracé y sequé sus lágrimas con el dorso de mi mano para consolarla y decirle que no estaba sola, que tenía quien la cuidara y la contuviera. Cosa que hice durante los siguientes 15 días, a pesar de la frialdad de la primera hija que me regaló el camino. Muy pronto descubrí una terrible incapacidad en Sasha para dar y recibir amor, por lo menos en cuanto a las manifestaciones físicas se refiere.

Tenía una determinación férrea. Se levantaba la primera al sonar el despertador y estaba lista y con el morral al hombro en cuestión de 5 minutos. Le gustaba ir liderando el grupo, no importa cuántos fuéramos cada día, y la mayoría de las veces nos sacaba hasta 20 o 30 minutos de ventaja. No tenía una figura especialmente atlética, pero caminaba con una rapidez asombrosa a pesar de que llevaba a la espalda unos 8 o 9 kilos de peso.

A los pocos días Jeff y yo descubrimos que el hecho de ir adelante no era sólo una consecuencia lógica de su juventud y de su andar más ágil, sino que era un propósito que si no se cumplía se le convertía en una verdadera calamidad. Más de una vez, cuando no lo logró, él y yo tuvimos que esperarla en la siguiente parada con brazos a abiertos y palabras de consuelo porque llegaba, unas veces llorando, quejándose de dolor en alguna parte, especialmente en las rodillas o por el terrible sol del día, y otras veces, simplemente furiosa por las mismas razones, caso en el cual, nuestras demostraciones de afecto eran mal recibidas. A mi niña le costaba abrir las manos y el corazón para recibir, a pesar de necesitarlo tanto.

Conociendo ya lo que mantenía su estabilidad, dejábamos que siempre estuviese adelante, y nos burlábamos amorosamente de su juventud, Jeff a sus 60 y yo a mis 40 habíamos entendido lo cómodo que es no ir siempre adelante, lo maravilloso que es andar al propio ritmo, ganándole únicamente a nuestra pereza. Ir en un discreto lugar del medio, permite el gozo del andar, sin la ansiedad que produce el querer ser el primero, ni la angustia que genera ir de último.

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