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Sasha regresa al camino

Nuestra segunda hija nos encontró una mañana saliendo de Ponferrada y nos rescató del camino errado:

Hey, peregrinos!! El camino es por aquí- dijo señalando una flecha amarilla que habíamos ignorado al pasar.

Era un día de mucho dolor para mí a causa de las ampollas, que se reproducían unas sobre otras entre mis dedos y se regaban hacia la planta de mis pies. Necesitaba al menos 30 minutos para ?calentar? la piel y caminar sin esa horrible mueca de dolor que se me había puesto en la cara todas las mañanas durante la última semana. Pero Belén, así se llamaba mi morena hija, llegó para ser un bálsamo para mi alma y mi cuerpo, cuando aún faltaban 200 km para llegar a mi destino. Me confesó con la franqueza y desprevención, que luego supe la caracterizaban, que estaba en el camino para encontrarse con ella misma, para reconocerse en su vida espiritual, ya que sus creencias y las de sus padres chocaban constantemente. A través de sus historias, y la luz de amor que tenía en sus ojos cuando las contaba, descubrí que mi nueva hija tenía una familia unida, de lazos estrechos, que había crecido rodeada de hermanos, de camaradería, de amor, y ¡cómo se le notaba!

Belén, a diferencia de mi Sasha, se parecía a mí en lo físico y en la personalidad, me hacía verla como con una hija de mis entrañas. Llegó a nosotros para llenarnos de historias, de música, de amor, para permitirnos recuperar a la hija que habíamos perdido cuando nuestra pelirroja abandonó en Hontanas y nos rompió el corazón.

La morena hablaba 10 palabras de inglés, las pegaba con babas como podía, y así, y con códigos de mímica que se inventaba, sostenía larguísimas conversaciones con su nuevo padre, que la quiso desde el primer instante. Yo caminaba detrás de ellos, y sonreía y me derretía viéndolos juntos, parecía de lejos que hablaban la misma lengua, y seguro que sí, hablaban el idioma de las almas que se encuentran y se reconocen.

Después de la primera etapa juntos, llegamos a Pereje, un lugar precioso, solitario, pequeñísimo, con no más de 30 casas. Esa noche, para mi sorpresa y alegría, Belén me dejó masajear sus pies y, por primera vez en el camino, alguien también masajeó mis pies y mis piernas, ella, mi murciana; como si la vida, el camino, me presentara de nuevo a Sasha, disfrazada de española, una vez aprendidas las lecciones. Y eso me hizo feliz, me reconfortó, me recordó que en la vida cada uno tiene una velocidad y un tiempo para aprender. Esa noche antes de dormir, masajeé los pies de Jeff y me fui a la cama con mis ampollas cubiertas de amor y mi corazón lleno de esperanza.

Su primera etapa había sido todo un reto, 30km que hizo como si fuera en patines! El cuarto día caminó 25 Km y al llegar a Portomarín nos dice:

- ¿Saben? Me apetece caminar hasta el próximo pueblo. Y os espero mañana allí para seguir juntos.

Jeff y yo nos miramos y no necesitamos decir nada para saber que teníamos miedo de perderla, y tan pronto.

- Claro, anda. Ten cuidado que vas sola, y por favor avísanos que llegaste bien. Si nos necesitas por favor ¡grita!.

Y así lo hizo, cuando llegó al siguiente pueblo nos avisó su llegada, y nos contó también que había conocido a unos chicos con los que iría a las fiestas en Melide.

- Tú haz lo que tengas y quieras hacer ? le dije. Si te apetece seguir con tus amigos, ya habrá ocasión de encontrarnos.

- No mamá, en Melide os espero.

Y yo me quedé en la paz del que no espera nada.

Pero cuando llegamos a comer pulpo en Melide, ahí estaba ella con su morral, con una tristeza que quería contar, con ganas de volver a casa.

Más adelante, después de algunos kilómetros de andar, supe lo que había pasado:

- No sabes las ganas que tenía de volver a estar con ustedes.

- ¿te pasó algo, mi niña? Pensé que te la estabas pasando bien.

- Sí, si me la pasé bien. Sólo que llegó un punto en que sentí que estaba haciendo lo mismo que hago en casa, y yo no vine aquí para eso. Ya te dije por qué quise hacer el camino.

Yo hice cara de no entender.

- Aura, yo no vine aquí para tontear con chicos, eso ya lo hago en Murcia. Eso no es lo que estoy buscando.

Simplemente descubrí que yo los necesito a ustedes para terminar el camino. Ustedes me dan la estabilidad y la paz que me hacen falta para llegar a Santiago, no me quiero separar más de ustedes dos.

Y mi corazón dio un brinco de alegría, no porque alguien me necesitara, sino porque la vida (el camino) me había devuelto a Sasha, vestida de morena, con la lección aprendida. Y, al mismo tiempo, me había puesto un espejo frente a mí, devolviéndome esa lección que me había costado tantos días entender: que el camino te da lo que tú necesitas, y yo estaba con las personas indicadas para seguir caminando.

Un abrazo selló nuestro reencuentro, no sé si le dije a Belén lo que significó su regreso, el de ella, el de mis dos hijas.

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