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Héroes de verdad y héroes de pacotilla

Sería demasiado pretencioso airear mi humilde paso por el Camino de Santiago. Es una experiencia tan personal que creo que es mejor no influir en los lectores que ojalá alguna vez tengan el privilegio de iniciar y concluir una aventura similar. Cada día pasan varias cosas dignas de comentario que esta vez deben quedar en el anonimato para que esa vía siga siendo por siempre “el camino de la gente sencilla”.

Pero hay un par de historias que me gustaría al menos esbozar para escarnio de todos aquellos pesados que no paran de aladear con sus marcas como si su único objetivo vital fuera superar una marca que ni merece la pena ni en realidad importa lo más mínimo. Vivimos rodeados de personas que solo se divierten si miden en tiempo o en kilómetros sus hazañas, y que además están deseando contarlas para demostrar lo simples que somos el resto de los mortales, mientras ellos “suben y bajan el Monte Perdido en tres horas y siete minutos desde Góriz”, o tardan “de Vitoria a Jaca dos horas cinco minutos” o los que te miran desde las alturas porque una Behobia-San Sebastián en menos de una hora veinte tiene que ser aburridísima, mientras tú te has dejado la vida para terminarla en dos horas.

Jamás he oído al del Monte Perdido explicar que sintió mientras atravesaba La Escupidera, lugar maldito en el que tantos se dejaron la vida, ni decir al Fernando Alonso de Jaca que se detuvo a contemplar la maravilla de las callejuelas de Liédena y, por supuesto, el atleta de la hora y veinte no te habla de que cuando las señoras de Lezo te ofrecen naranjas para sobrellevar el esfuerzo te dan ganas de pararte y empezar a besar a todas, porque el muy imbécil no se dio cuenta de que le ofrecían naranjas de las de verdad, gratis y llenas de cariño.

Héroes de pacotilla, obsesos del tiempo, esclavos del minuto de gloria. Mientras un iluminado quiere ir de Roncesvalles a Santiago en veinticuatro horas, acompañado por médico, fisoterapeuta, entrenador y la cofradía de una multinacional de las bicicletas, en la misma vía mítica una familia francesa se retuerce en una cuesta riojana bajo un sol abrasador. Nada extraño, salvo que se trata de una pareja con seis hijos, el mayor de los cuales no llega a los catorce años. Los dos más pequeños van en carritos tirados por sus padres, los dos medianos (chico y chica) se alternan entre una bici normal y otra con carro para el material, y los dos mayores tiran de sendos armatostes que deben pesar unos quince kilos. Ninguno se queja de la dureza del recorrido. Se esperan en el alto sin gesto alguno de impaciencia, porque su objetivo no se mide ni en tiempo ni en distancia. Solo luchan por vivir juntos la aventura de cada día, llegar al final de cada etapa sabiendo que ha sido única y que jamás se repetirá.

En las calles de Azofra uno de los medianos se detiene. Un pájaro está parado, tal vez herido y él se queda mirándolo fijamente. Me acerco y me dice que no puede volar. Y el resto de su familia contempla la escena a cien metros, y sabe que para él es un momento importante. Nadie le molesta, nadie le llama, nadie le apremia. El pájaro marcha dando pequeños saltos, porque es verdad que no puede volar, y el rubio vuelve al grupo donde no hay ningún reproche por haber detenido la marcha. Y así, día tras día, siguiendo la ruta de la vía láctea para completar la mayor aventura de sus cortas vidas.

Días después, ya en Galicia, otra pareja cercana a los sesenta años disfruta de la marcha bajo la lluvia. Les acompañan dos hijos ya treintañeros. Nada extraño, salvo que los dos chicos tienen síndrome de Down. Como es habitual en el Camino, nos adelantan y les volvemos a adelantar según se desarrollen las paradas para descansar y reponer fuerzas. Y cada vez que te cruzas con ellos los dos jóvenes te lanzan un “buen camino” lleno de alegría y sinceridad que te atraviesa el alma porque te hace entender lo grande que puede ser una persona sin necesidad de batir ninguna marca.

Héroes de verdad, gente que devora los retos que les plantea la vida, ejemplos que merecen la pena y que hacen grande a tantas personas sencillas. Lo demás son delirios de aburridos, alucinaciones de gente que no tienen otra cosa que hacer que estrujar el tiempo sin darse cuenta que lo importante no es cuándo se llega, sino lo que has vivido mientras querías llegar.

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