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La historia del perro peregrino

No me había dado cuenta hasta que me detuve y me giré. Lo vi detrás de nosotros inmóvil, mirándonos con ojos tristes. Era de color canela. Permanecí unos instantes pensativo, no sabía que hacer, si darle de comer, decirle algo o gritarle para que se marchara. No podía hacer el Camino con nosotros.

El día que encontramos a Peregrino, nuestra meta era llegar a Estella, final de la tercera etapa. No sabíamos qué haríamos con él una vez llegásemos al albergue. Lo más sensato era ahuyentarle para que regresase al pueblo; no darle nada de comida y no hacerle caso; seguro que al final se marcharía.

Peregrino es el nombre que le pusimos a un perro vagabundo que nos siguió durante más de veinte kilómetros, a pesar de nuestros esfuerzos para que no nos siguiese. Le pusimos ese nombre medio en broma; si se había unido a un par de peregrinos era porque el también era o quería ser un peregrino.

Todo empezó en Puente la Reina. Antes de iniciar la etapa, mi compañera Mercedes acudió al centro de salud a causa de una reacción alérgica. Le dijeron que había sido causada seguramente por alguna planta del Camino. Mientras la atendían, en un banco de piedra, aproveché para poner un poco de cola de contacto en las suelas de mis botas.

Al cruzar el río Agra por el puente románico, en el barrio de Zubiurrutia, nos dimos cuenta de que nos seguía un perro de color canela. No llevaba collar. Correteaba delante y detrás de nosotros y a pesar de que intentamos ahuyentarle, el perro no se marchó. Se detenía, nos miraba y salía raudo detrás de nosotros.

No me lo podía creer. A pesar de que no le hacíamos caso, de que no le dábamos de comer, ni de beber, de que le intentamos ahuyentar varias veces con gritos, el perro continuaba con nosotros. Con la lengua fuera, seguía detrás de nosotros; a veces detrás de Mercedes, la mayoría de las veces detrás de mí. Me paraba y él se paraba también. Reemprendía el camino y tras breves instantes Peregrino también lo hacía.

Tras unos pinares, llegaron unas empinadas cuestas en lo alto de las cuales coincidimos con otras caminantes: dos italianas y una austriaca. Peregrino se mantenía alejado, pero pendiente de nosotros. Nuestro grupo se componía ahora de 5 personas y un perro. Cada vez que nos deteníamos, Peregrino también lo hacía y se quedaba observándonos.

Atravesamos el pueblo de Mañeru. Tomamos una senda que nos condujo entre campos de cereales y viñedos hasta el siguiente pueblo, Cirauqui. En este pueblo medieval, hicimos una breve parada para comprar crema para los pies doloridos de una de nuestras nuevas compañeras de viaje, comer unas barritas energéticas y rellenar las botellas de agua. Peregrino esperó pacientemente junto a nosotros. Le dimos de beber. Creíamos que se quedaría en ese pueblo. Reanudamos nuestro viaje pasando por la puerta de la antigua muralla en la calle Santa Catalina y accediendo a los soportales del Ayuntamiento, donde hicimos una breve parada para estampar el sello en nuestro pasaporte del Camino.

Al salir de esta población, nos sorprendió encontrarnos con unos tramos de una antigua calzada romana y con un puente de base romana, reconstruido en el siglo XVIII, que cruza las aguas de la regata de Iguste. Peregrino nos seguía los pasos. Proseguimos nuestro camino hasta atravesar el viaducto del canal de Alloz, construido en 1939 y pasamos cerca del río salado. No pudimos impedir que peregrino bebiese de ese río. Hacía mucho calor.

En más de una ocasión, sentí como si Peregrino hubiera ya realizado el trayecto por dónde íbamos. Frente a más de una bifurcación, nos parábamos para ver qué hacía. Siempre elegía el camino correcto. Estábamos impresionados.

Llegamos a Lorca con un calor insoportable. Compartimos agua y un poco de comida con Peregrino. En esta ocasión, también pensamos que se quedaría allí. Incluso desapareció durante unos minutos. Pero reapareció y se nos quedó mirando fijamente, como indicándonos que todavía quedaba un largo trecho de camino hasta llegar a nuestro destino.

A pesar del calor, continuamos hacia Villatuerta. Intenté dejar a Peregrino en el patio enrejado de entrada de la iglesia gótica de la Asunción, para que alguien del pueblo lo recogiese. Nos quedamos encerrados. Sin embargo, Peregrino salió entre los barrotes como si nada. Estaba claro que quería seguir con nosotras hasta el final.

Más adelante, hicimos un pequeño descanso en un parque para reponer fuerzas y beber. En la fuente, Peregrino sació su sed sin dejar de mirarnos. Seguía pendiente de nuestros movimientos.

Al fin llegamos a nuestro destino, el Albergue Juvenil Oncineda de Estella. Hasta llegar allí, tuvimos que atravesar varias calles con semáforos. Temíamos por Peregrino. Pero él se paraba, si había que pararse. En el albergue, comentamos lo sucedido. No sabíamos qué hacer. Pero no queríamos dejar solo a Peregrino. Las personas responsables del albergue atendieron a Peregrino proporcionándole agua y comida en abundancia. Nos dijeron que el perro había sufrido mucho y que había sido maltratado. Al cruzar la puerta de entrada de cristal, me di cuenta de que Peregrino me buscaba. Era como si le faltase algo. Pero no podía quedarse con nosotros, era imposible. Fueron momentos tristes para todos. No había otra solución. En el albergue no se podía quedar y nosotros, no nos lo podíamos llevar. Creo que él también lo sabía. Sí, creo que lo sabía desde el principio.

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