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La magia del destino

Como si fuese cosa del destino, un día decides hacer un tramo del camino de Santiago, desde León, trece etapas, coincidiendo con ella, que tuvo la misma idea unos días después, para hacer las cinco últimas. Parece que todas las decisiones, todos los caminos y todos los planetas se alinean para tener que conocernos en un pueblecito gallego por donde pasa el camino de Santiago, Palas de Rei, en la noche de San Juan del año 2012.

En Ponferrada llegaba mi amigo Javi para empezar su aventura conmigo, después de cuatro etapas, algo ya cansado y donde ya había conocido a unos cuantos peregrinos. Ya de noche en las habitaciones del albergue, cuando sólo quedaba dormir, llegaron tres chicos canariones, de Las Palmas. Me acerqué para preguntarles de donde venían y como habían llegado tan tarde. Desconocía que ellos más adelante me la presentarían, pero a veces el destino es muy juguetón, no te permite ni siquiera entrever las cosas. Un pequeño saludo para no entorpecer el descanso de caminantes rendidos, y rápido volví a mi saco para dormir.

A medida que avanzaba y veía que me encontraba bien, me dio por pensar que mis piernas eran la salud de mi padre y que todo le iría bien. Le acababan de diagnosticar su segundo cáncer después de tres años sin ni siquiera tener que ponerse quimioterapia en su primero. El primero fue de colon, esta segunda vez le habían encontrado unos de esos tumores malignos en el cuello, cáncer de laringe.

Llegando a Sarria recibí una llamada. Operaban a mi padre el día 26 de junio. Mi hermana me comentó que volviera o adelantase etapas. Justo ese día llegaba a Santiago. Decidí continuar mi camino, no podía modificar nada. Nunca me hubiese quedado tranquilo de hacer lo contrario. Ese camino se lo dedicaba a él, mis pies eran su salud.

23 de junio, Portomarín-Palas de rei, 25 kilómetros, madrugón, curas en los pies, doblar otra vez el saco, hacer de nuevo la mochila, andar aún de noche, amanecer, buen día, desayunar, seguir andando, llegar al destino, buen camino, albergue privado, ducha, lavar la ropa, comer, siestita, verbena de san Juan, noche, unas cañas con Javi, Asier y los canarios y... allí estaba ella, Sandra, con su amiga Arancha, madrileñas, dos besos, hola que tal. No volvimos a dejar de hablar ningún día hasta hoy.

Aquel albergue era peculiar, una de sus paredes de piedras salientes guardaba infinidad de monedas, grandes y pequeñas, recogidas entre los huecos que sobresalían. Le pregunté al dueño acerca de ellas y me contó que las monedas más grandes las habían colocado peregrinos que buscaban alcanzar un deseo, sin embargo las pequeñas eran de otros que deseaban más ofrecer una promesa. Como con la ingenuidad de un niño crédulo, me subí a una silla con tal de buscar el lugar perfecto para mi pequeña moneda. Mi promesa, hacer el camino entero al ver como papá conseguía salir de aquella. Estaba seguro de ello. Sonreí y volví a mandarle un puñado de energía. Tranquilo papá, mis pies están perfectos.

Asier, Javi y yo convencimos a Sandra y Arancha para descansar juntos en el albergue de Ribadiso de Baixo, por donde pasa un rio donde peregrinos y vacas comparten sus heladas aguas para mojarse los pies, ya bastante cansados. Se agradece ese alivio. Yo siempre caminaba junto a Javi, algo más dolorido y lento, nunca lo dejé de lado, excepto a falta de dos kilómetros, en una empinada pendiente lo dejé atrás. ¡Llegará bien! Asier me dijo que estaban en el albergue y quedaban pocas plazas. Entonces, comencé a correr, noté como mi padre me daba fuerzas, alcé mi inseparable palo de madera de negrillo y con una enorme sonrisa en la boca comencé a saludar a todo el mundo que adelantaba. Un momento que jamás olvidaré. Fue como si mi padre me empujara a llegar a aquel albergue para seguir conociendo a Sandra. Llegué y aún quedaban plazas. Al final pudimos descansar todos a la orilla del río. Poco quedaba ya. Un par de caminatas y objetivo cumplido.

Alcanzábamos ya Santiago. El hueco sonido de la gaita bajo el túnel, te dejaba adivinar la bienvenida a la plaza del Obradoiro. Al girar a la izquierda se empezaba a deslumbrar el embrujo de esa espectacular catedral. Asier, Javi, uno de los canarios y yo, abrazados los cuatro, asomábamos por aquella esquina con caras de satisfacción y de esfuerzo. Allí mismo Araceli inmortalizó ese momento. Papá entraba a quirófano en aquel preciso instante en el que yo me estiraba en el suelo de la plaza para mirar al cielo y pedir por él.

Imborrable en el recuerdo aquel camino que mezcló el trago amargo de una dura enfermedad con la magia del comienzo de un bonito amor. Ilusión y esperanza se cogieron de la mano para emprender un nuevo viaje.

De nuevo el destino, no siempre comprensivo, quebró, hace un mes, la unión de esas manos, cansadas ya de acompañarme. Se fue la ilusión del amor a tierras madrileñas y la esperanza arrancó el alma de papá y se la llevó, dejándole sin vida.

Volveré a andar por esos caminos por donde la conocí a ella y por donde prometí regalarle a mi padre volver a cargar mis piernas y colgarme la mochila a la espalda para caminar, esta vez con sus propios zapatos, allí mismo donde tuve la fe de que vencería aquella enfermedad. Siempre supe que papá no moriría de cáncer, y así fue, aunque mi torpe ingenuidad no esperó perderlo de aquella manera y tan pronto.

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