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Un camino en 100 metros

A cien metros del final, ya se puede oler el incienso de Santiago desde lejos, después de tantos kilómetros recorridos, y de tantas veces soñadas, la catedral nos da la espalda, son los últimos pasos del camino. El pulso se acelera, la mochila no pesa, los pies no duelen. Nos damos las manos, y empezamos a correr, y bajamos y bajamos y los ojos no ven, y aquella cuesta final se asemeja a un túnel del tiempo dónde todo el camino pasa a golpe de diapositivas por mi mente. Los miedos del primer día aparecen de nuevo, las ilusiones del final de las jornadas, el buen camino dicho por tantas personas en tantos idiomas diferentes, el sonido de las conchas al chocar contra las cantimploras de las mochilas, las linternas que iluminan los sueños de los peregrinos madrugadores, los amaneceres, los pecados convertidos en piedras y arrojados con los primeros rayos, todas y cada una de las sonrisas que he visto, las flechas amarillas, que siempre están ahí para guiarte, los infinitos paisajes con sus colores y olores propios de cada sitio.

El esfuerzo, el sentimiento de llegar al albergue y ver cómo el agua por la cabeza hace olvidar todos los daños, dando paso a la calma y a la reflexión. El inmenso silencio dentro del bullicio de ríos y animales. Los recuerdos de todas y cada una de las personas que han pasado por el mismo camino que mis pies pisaron, con sus sueños y sus ilusiones, con sus búsquedas, con sus promesas, con los vacíos de ausencias que se han ido llenando con cada kilómetro recorrido.

Por un momento vuelvo a la realidad y me doy cuenta que sigo corriendo, y que ya apenas quedan unos metros, pero quiero seguir recordando, no quiero olvidarme ningún detalle, quiero marcar en mi memoria esos días, ese camino, esas gentes, esa experiencia, ese aprendizaje, quiero tener presente el valor de las pequeñas cosas que hacen de la plenitud un logro, de los paisajes un bálsamo, de la compañía una manera de vivir. No quiero olvidarme de las historias que me han contado, no quiero olvidarme de ese trocito de juventud que dejé o que se me escapó tal vez en algún sitio entre Astorga y Santiago. No quiero volver a la rutina y olvidar mi compañía, el escucharme, el encontrarme, entre tantos pensamientos que rozan mi cuerpo, que lo acarician levemente para encontrarse con sus verdaderos dueños.

Las últimas sensaciones del camino ya van desapareciendo, la catedral ya no nos da la espalda, estamos entrando a la plaza del Obradoiro entre gritos y aplausos, el olor a jabón de mi ropa llega por última vez a mi nariz, y noto una conexión entre todas las personas que estamos cogidas de la mano que sé que no se romperá nunca, y por un momento tengo la sensación de que conozco la felicidad en su estado más pleno, más puro, más ancestral, como tantos otros antes que yo la conocieron. Y todo se desvanece, las manos se sueltan, y la catedral se muestra ante nosotros majestuosa, haciendo de nuestro final algo digno de contemplar.

Y después de todo el esfuerzo me tumbo a mirarla desde el suelo, para que su magnetismo me abrume más, para que me haga sentir más pequeña, más vulnerable más humana, y me doy cuenta que ahí acaba mi aventura como peregrina, aunque pueda volver hacer el camino siempre que quiera, aunque la compañía sea la misma. Ahí es dónde me doy cuenta que no existe un solo camino para llegar a Santiago, sino tantos como personas lo recorren. No es la tierra que pisamos la que hace de un simple sendero el verdadero camino de Santiago, son todos y cada uno de los granitos de arena que van dejando las botas de peregrinos desconocidos los que hacen que cada vez que alguien llegue a Santiago lleve un trozo de historia con él, y pierda un poco de esencia, para que así todos los peregrinos futuros que vayan a pisar el mismo trecho no viajen solos, y se puedan empapar de todas las promesas que dejaron atrás los caminantes de éste, nuestro Camino de Santiago.

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