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Siempre me gustó el nombre de Jacobo

He salido del trabajo a las tres. Calor de agosto. Espero para cruzar la calle en el semáforo. Tengo, de pronto, una sensación, como una proyección de mi misma en línea recta avenida arriba. Es como un deseo de avance, no de fuga, de avance muy fuerte. Nada se ha interpuesto entre el horizonte y yo, únicamente se ha marcado un pasillo con la hilera de árboles. Ha sido una desconexión intensa. Y mi corazón, inmediatamente, me ha devuelto a lo vivido en el Camino. Sonrío. Algo, no sé muy bien qué, me alivia. Puede que sea la certeza de sentir, que tengo un recorrido pendiente, mío, personal. Un camino pendiente de mi valentía.

Salir al amanecer con lo puesto y poco más, sin dejar nada atrás, proporciona paz. Y en la noche, con todos los músculos del cuerpo doloridos, el cansancio es limpio, sin tensiones. Compensa ya desde el inicio. Todo se vuelve precioso, casi un regalo, desde las zapatillas que te calzas preparándote en el silencio del albergue, al café caliente con su aroma al salir, al saludo del vecino del lugar o de otro peregrino que continua como tú. Todo está vivo, todo tiene su luz. Ocurre, hay, una transfiguración de las cosas sencillas y comunes que me hacen estar alegre, contenta, como recuerdo perfectamente de cuando era una niña. Todo era posible entonces. Y el milagro del Camino es haberme devuelto a eso, a ese espacio en mi corazón. Puedo decir que, resucitarme.

¿Quién dice que el mundo es un pañuelo? El mundo puede acabar siendo una fantasía tuya porque tu itinerario acaba limitándose a: casa-trabajo-trabajo-casa-casa-trabajo en una reducción de espacios asfixiante. Mi 2013 fue de dragones y el mundo era algo que soñaba para no desmoronarme. En 2013 he perdido a mi padre. Baste anotar esto como marca aproximativa a la que cualquiera que conozca el amor, pueda acercarse y sentir. El Camino no se ha tratado tanto de un antes y un después, como de un despertar. Un despertar. No sé muy bien en qué momento cedo el timón y mi vida toma unos derroteros desconcertantes, vistos desde mi aquí y ahora. En algún lugar he leído estos días que, a las personas en inmensa mayoría se les acaba olvidando que son ellas quienes llevan el timón de sus vidas, así que parece que sus giros en el camino, obedecieran a otras manos. Es como si la voluntad se volatilizara. Todos acabamos andando por las mismas sendas. El miedo está detrás de todo. La pereza, la comodidad. Y tomar el timón requiere lucha. Mirar al horizonte y tomar decisiones requiere entrega permanente, desgaste, responsabilidad para con tu propio corazón. ¿Bajamos los brazos entonces, porque suponemos que nos desgastaremos menos?. Seguramente. Pero la verdad, es que sucede todo lo contrario. Ir de pasajera y no de timonel evita casi todo. Evita tener que sufrir la contracorriente, evita tener que oponer resistencia al rumbo que se impone. Y sucede que muchas veces te asomas al mar o al puerto de turno y te preguntas cómo es que estás ahí. Y esto es lo que deja marca, más, mucho más que la que el desgaste nos supone y nos exige. Toda una andadura para asumirlo. Pero aquí estamos.

El trayecto en autobús desde Madrid hasta Pedrafita do Cebreiro lo hacemos con lluvia, viento y una temperatura muy baja para un verano, que por otra parte, ha comenzado desganado, atípico. Vamos de sobra preparadas para un Camino revuelto y pasado por agua pero los nervios al acercarnos, a lo que será el inicio para nosotras, nos enfrenta a la posibilidad de unos días y su recorrido muy duros. El Camino mide nuestras fuerzas. Nos mueve desde el principio de nuestro espacio vital apacible, donde solemos tenerlo todo bajo control. Enseguida entiendes que debes cederlo, sin mucha resistencia, para que las jornadas fluyan y tú puedas hacerlo con ellas. Todo lo que proporciona este abandono es, esencial y realmente, de provecho, a diferencia del falso control que creemos tener de las cosas cada día.

En la esfera de lo posible. Todo lo que hacemos o proyectamos, incluso salpica si no inunda lo que soñamos, se enmarca en la esfera de lo posible. Nos equivocamos. Hay que pinchar esta burbuja, soplar en la pompa. Y desgastar los días que tengamos, en lo imposible. ¿Acaso no es esta mi búsqueda?. El Camino confirma esta intuición y me anima, de ánima, es decir, de alma. Lo imposible se logra. Lo imposible está y existe para que salvemos miedos y distancias. El Camino me despeja dudas, me deshecha ideas, me crea otras, me da, me da sin cesar. También cuando cesa al anochecer el crepitar de los peregrinos en el albergue. Incluso rendidos de cansancio, percibo que aquí nadie se detiene, todos estamos en marcha. Y también puedo sentir que se nos cuida porque acometemos, cada uno, un imposible. Porque no sólo nos medimos con kilómetros e inclemencias.

Creo, que es una buena forma de dar comienzo a un cambio.

Somos una excelente caja de resonancias. Pero debemos buscar la excelencia fuera de esa caja, en un lugar apartado, en un paisaje único muy, muy, dentro de nosotros. Porque sospecho que Jesús, cuando hizo el milagro de los panes y los peces realizó una multiplicación diversa y exquisita donde ninguna de las piezas era igual a la otra, ya que iban destinadas a corazones dispares y únicos en su bendición.

Y todas estas líneas se han formado porque hoy, de vuelta en casa, leyendo, he descubierto que Jacobo significa Santiago en latín. Me ha arrancado una sonrisa. Sí, siempre me gustó ese nombre.

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