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Λ

Las tres gracias

Uno de septiembre. Nunca antes había deseado tanto que llegara el ocaso del verano. Para muchos supone el fin de las vacaciones pero para ella, que trabajaba en un hotel vacacional, septiembre se perfilaba como el inicio de sus merecidos días de asueto. Allí estaba ella sola en el andén de la estación con una penitencia de 8 kilos a la espalda y un mp3 como único compañero de viaje.

Ni siquiera sabía por qué estaba allí, lo único que sabía era que no quería hablar con nadie. Tantos años de trabajo cara al público habían hecho mella en su carácter que últimamente se había tornado huraño. Sentía que la vida se le estaba escapando detrás de un mostrador y entre las paredes de un aula. Año tras año, curso tras curso, temporada tras temporada, los días pasaban para ella del mismo modo en que lo hacían para un recluso y en su mente añadía cada noche con una tiza imaginaria un palito más.

Once horas en tren, una noche toledana gentileza de sus fastidiosos vecinos de butaca y una lacerante tortícolis fueron el precio a pagar por llegar a su kilómetro cero: Sarria.

Allí un reguero de veneras metálicas le dio la bienvenida y la llevó presta a extramuros. Desaparecieron las conchas y agudizó sus sentidos para avistar entre la maleza la flecha amarilla que jalonaría su ruta hasta llegar a Santiago de Compostela. Caminaba todo lo rápido que le permitían sus cortas piernas, que ya se habían acompasado con la música que manaba de sus auriculares. Aislada en su rítmico universo, adelantaba a otros peregrinos y el infernal calor se hacía más llevadero. Ese día solamente tuvo contacto con una persona: Un párroco que osó perturbar su particular reclusión interceptándola en pleno camino para invitarla a visitar su pequeña iglesia románica. Por educación, por respeto a la senectud y por un sello en su credencial accedió a hacer aquel alto en el camino.

Al día siguiente, a las siete de la mañana se despertó y bajar de la litera se tornó una pesadilla. Se mascaba la tragedia. Sus músculos estaban entumecidos y aguijonados por el sobreesfuerzo del día anterior, su mp3 se había quedado sin batería y, para mayor escarnio, en su mochila, que estaba llena de porsiacasos, no había ningún cargador. Cabizbaja y abatida deambulaba entre la calima de aquella húmeda mañana en Portomarín. Como si guardara luto, se negaba a reemplazar a su recientemente fallecido compañero de viaje por el primer peregrino que le deseara Buen camino. Caminaba sola con paso renqueante por el tedioso arcén hacia Portos cuando la adelantó una muchedumbre con un párroco a la cabeza que rezaban un rosario. Algo más rezagados quedaron un padre y su hijo, que rondaba los 8 años.

- Ahora que ya eres mayor para entender ciertas cosas te preguntaré algo. ¿Tú querías hacer el camino?- Dijo el padre

- ¡Sí, claro! Además ya sé lo que le voy a pedir al Apóstol cuando llegue. ¿Tú ya has pensado lo que vas a pedir, papá?- Preguntó el niño

- Yo no voy a pedir nada, solo doy las gracias- Afirmó el padre.

El niño bajó su cabecita y ambos se quedaron en silencio un rato. Cuando el pequeño alzó la vista sentenció: Yo también, he hecho un "pedido" pero he dado tres gracias

Ambos desaparecieron en el camino. Nuestra peregrina aun con los ojos titilantes caminó hasta Palas de Rei cavilando y reflexionando sobre las que iban a ser sus tres gracias.

Su Camino había empezado.

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