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La dama de los náufragos

Aquel día húmedo y gris podía tocar el silencio que se acercaba despacio a mis oídos, casi de puntillas.

Había comido un bocadillo en un pueblo que mi mente no conseguía recordar y que había dejado atrás en lo que parecía una eternidad. Todo fluía despacio, como en una ensoñación, sentía que la tarde pesaba y caía a plomo sobre mi mochila. Se avecinaba un día raro, de esos que no sabes cómo ni cuándo has llegado al albergue.

El silencio y el frío, en un estrecho abrazo, confabulaban para perderme en la extraña danza de mis pasos y mi mente gravitaba en la belleza infinita de esta soledad por tierra de campos. Sentía como bajo mis mudos pasos se movía una tierra desnuda, dura, de infinito horizonte y alma cansada, donde una oración se puede perder antes de llegar al cielo. Una tierra que solo sabe un lenguaje, el del peregrino, un lenguaje mudo, de película sin imágenes, de libros en blanco, de sombras anónimas. El idioma universal de la motivación que mueve a cada caminante.

Mientras intentaba que este mar de barro, sucio y bravucón, no me arrastrara a la desesperanza divisé a lo lejos una silueta. Estaba parada o eso parecía, decidí apresurarme para alcanzarla y poder asirme a algo que me salvara del compás lento y aturdido que llevaba mi mente. Era una peregrina.

Estaba descansando, sentada en una piedra a modo de taburete, que como una solitaria barca, se encontraba varada en este mar de barro. Se levantó y me saludó con un español correcto y una sonrisa clara y contagiosa, acompañada de un hoyuelo a cada lado. Era una mujer atemporal, con memoria, de ojos transparentes y mirada nostálgica. Su pelo, de color ámbar, caía lánguidamente sobre un cuerpo firme y delgado. Tenía una belleza de esas que te conquistan en el primer asalto. Vestía sencilla, sin alardes, supongo que como cualquier peregrino, con ropa técnica, una pomposa bufanda naranja, mochila escasa y botas limpias de color blanco.

Nos interrumpió unas gotas de lluvia y con un fugaz cruce de miradas decidimos emprender camino juntos antes de que empezara a llover con más intensidad. Hablamos como fugitivos, rápido y con ansia, de todo, de nuestras vidas, anhelos y sueños. Quizás más yo, que ella. Por momentos la garganta se me secaba pero no quería parar. Era una batalla contra la lluvia y el tiempo. La conversación iba tejiendo un invisible y frágil hilo que nos unía y que no queríamos interrumpir por miedo a que se rompiera.

De repente, inexplicablemente, volví a sentirme cansado. No se cuánto tiempo habíamos andado pero una voz interior susurraba para que me detuviera. Ella se paró un momento, pero al rato me dijo que quería continuar pues quedaba poco para Hontanas y que en el albergue me esperaba para compartir cena y más conversación. Nos despedimos y la observé como se alejaba.

En unos minutos la voz que me murmuraba descanso había cesado. Decidí continuar pero debía haber transcurrido una eternidad, pues no la distinguía en el horizonte.

En nada llegué a la altura del cartel metálico que indicaba 0,5 kilómetros para Hontanas, y como premio, las nubes daban permiso de entrada a unos valientes rayos de sol. Apresuré mis pasos y pronto divisé una torre de iglesia que surgía de la tierra como la punta de un iceberg. Ya solo quedaba dejarme llevar por una pendiente que te arrastra hacia el pueblo de Hontanas entre monolitos de piedra dedicados al camino.

El albergue estaba cerrado pero un cartel escrito a mano señalaba que cerca había unas instalaciones dedicadas a la acogida. Comprobé con desaliento que se trataba de unas viejas escuelas que esos días de frío invierno servía de refugio al peregrino. Con premura entré para ver si ella se encontraba allí, pero a primera vista sólo veía unos pocos sacos ya conocidos de otras veces. Pensé entonces que podía estar alojada en el bar del pueblo que también sirve de hostal, pero al salir, una fugaz idea me noqueó al mirar la estantería de la entrada llena de botas sucias, empapadas de agua y barro. En ese instante sentí que no la volvería a ver, pues las botas blancas y limpias que llevaba ella no podían pertenecer a un peregrino.

Solo podían ser de la dama de los náufragos.

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