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Λ

Gracias a ti, Camino de Santiago

Leyendo el periódico, me encontré algo que me llamó mucho la atención. En la sección de esquelas, me fijé en una en concreto. Lucas Martin González, falleció ayer a los 23 años. No seguí leyendo, pero me quedé tanto con el nombre como con la edad. Continúe leyendo, y en la página siguiente, en la sección de cartas al director, me fijé en una carta. Era sobre el chico que había fallecido. Y decía lo siguiente:

Ayer murió una persona increíble, humilde, sencilla, cariñosa, inteligente y con muchas virtudes más. Pero realmente las personas que no lo conocían, aunque ellos pensasen que sí, solo se acordarán de su silla de ruedas. Únicamente verán en él un pobre jovenzuelo, que ha estado sufriendo durante mucho tiempo, que la vida no le ha dado alegrías, que no ha podido disfrutar de nada y con nadie. Me gustaría que pudiesen mirar más allá de lo que se ve, más allá de lo obvio, pero no lo hacen. Y se ha ido sin que nadie se percatase de lo verdaderamente importante: de que era una persona normal y corriente, con sus ilusiones, sus miedos y sus ganas de vivir.

Me hizo pensar. Pensando y pensando, llegué a la página en la que anunciaban los nacimientos, y me sobresalté. Uno de ellos era Lucas Martin González, y en esa misma hoja había otra carta:

Hoy he vuelto a nacer. Después de un mes de embarazo, soy una persona nueva. No ha sido un embarazo normal, sino que lo llamo así porque después de ese mes, mi vida es otra, una nueva, aquí comienza realmente mi camino. Y hablando de camino. Ahí es donde cambió todo. En el Camino de Santiago empezando en Santo Domingo De La Calzada. Estaba cansado de que nadie confiase en mí, en mis virtudes, en mi inteligencia, en mis ganas de vivir, en mi independencia. Únicamente recibía miradas de angustia, de pena, de tristeza, de amor compasivo. A mis espaldas lo único que oía era: pobrecillo, tan joven. Así que cogí el toro por los cuernos, y me propuse acabar con mi antiguo yo y dar vida a Lucas, uno más entre todas las personas. Sin avisar a nadie, con la única ayuda de una pequeña mochila y herramientas por si la silla motorizada fallase, puse rumbo a La Rioja en autobús. Una vez allí comencé 30 días que me llevarían hasta la conquista de Santiago de Compostela. Quería vivir una experiencia diferente, sin que nadie se compadeciese. No aceptaría ayuda de nadie que únicamente lo hiciese por compasión.

La primera etapa fue algo corta, de unos 22 kilómetros. Al principio, sobre todo antes de salir del pueblo, la cosa no cambió. Seguían tratándome igual. No aguantaría dos días mas así, pero todo cambió al adentrarme en el espíritu del camino. Iba solo, sí, pero cada vez me cruzaba con más gente. Personas en bicicleta, andando, parejas, grupos de viajeros, jóvenes, adultos, jubilados, personas con evidentes problemas físicos, otros con algún problema psíquico, hombres, mujeres, europeos, americanos y muchas diferencias más. Estaba en el paraíso. Me sentía como uno más. Nadie me miraba mal, únicamente saludaban, a veces compartíamos varios kilómetros, reíamos juntos. Por fin podía ser yo mismo.

A la hora de dormir y sellar la acreditación que mostraría en la meta, siempre elegía albergues. No por ser baratos o por no haber más sitios donde pernoctar. Lo hacía para ser uno más, sentirme realmente un miembro de la sociedad en igualdad de condiciones. Nadie me preguntaba si necesitaba algo. Lo que me preguntaban era por mi vida, se interesaban por mis aficiones y nos dábamos consejos mutuos para sobrellevar mejor las dificultades que nos íbamos encontrando.

Pasaron los días, y en cada etapa, en cada pueblo, me encontraba lo mismo. Compañerismo, solidaridad, esfuerzo, amistad, tolerancia y lo que más valoraba, igualdad. En cada pueblo, en cada etapa, en cada rincón conocía a alguien. Teléfonos, direcciones y fotos me acompañaban cada día. Y no solo eso. El primer día caminaba solo, y poco a poco iba aumentando el pelotón hasta ser cerca de 50 los que llegamos hasta la meta. Olvidé por completo la razón por la que fui allí. Por eso la muerte de mi antiguo yo. Y por eso el nacimiento de un nuevo yo. El que siempre había querido ser. El que siempre debía haber sido.

Recomiendo sin ningún género de dudas realizar el Camino de Santiago. No importa desde donde lo hagas y hasta donde llegues. Lo importante es lo que te encuentras allí. ¿Quieres compañía? Allí la tienes. ¿Quieres comprobar tus límites? Allí los compruebas. ¿Quieres medir tu capacidad de esfuerzo y resistencia? Allí lo compruebas. ¿Quieres volver a encontrar esos valores que en la sociedad de hoy en día se han perdido? Allí los encuentras.

Gracias a este viaje he vuelto a nacer, y por fin puedo vivir la vida que siempre he querido, independientemente de los obstáculos que me puedo encontrar. Siempre te estaré agradecido, Camino de Santiago.

Con lágrimas cayendo sobre las hojas del diario, lo cierro y lo dejo sobre la mesa. Cada cumpleaños, cada aniversario de ese día en el que comenzó mi nueva vida, lo empiezo de la misma manera: leyendo el periódico de aquel día, con esa esquela y esas cartas, recordando porque son ya 25 los años desde que logré por fin la felicidad tan deseada.

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