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Tobillos

TOBILLOS

Muchas veces hemos oído que el Camino es una alegoría de la vida concentrada en un recorrido marcado y en un tiempo que se emplea en recorrerlo. Experiencia de duración limitada pero intensa, su búsqueda nos empuja a muchos a iniciarlo y hay que decir que el Camino casi nunca defrauda. Yo tuve varias veces la oportunidad de disfrutar de esos momentos y lo que sigue es sólo el resumen de una de ellas.

Encontré a mis dos peregrinas en dos puntos cercanos del camino. Regine apareció una tarde en un albergue privado al lado de San Vicente de la Barquera a donde yo había ido a parar por un mal cálculo de distancias y que sin embargo fue uno de los mejores albergues que pudiera haber encontrado. Era una escuela de surf habilitada también como albergue y por lo visto muy poco frecuentado. Porque no era tan barato como los municipales, 12 ?, o tal vez porque no estaba cerca de una población en el momento que llegué era el único peregrino. Cuando ya me había hecho a la idea de dormir al fin sin el coro de ronquidos habitual en los albergues municipales apareció ella: una rubia alemana de 1,80 m y de constitución ídem. Nos pusimos a hablar y me contó las dificultades que había tenido a lo largo del camino.

A Marta la conocí un poco más adelante. En el albergue de Avilés. Se sentó a mi lado mientras cargábamos los móviles y tenía, aunque murciana, altura y constitución germana. Eso sí debajo de un pelo moreno y con unos ojazos negros, ahora así los recuerdo, que no engañaban sobre su origen. También comenzamos a contarnos nuestras vivencias hasta ese momento y, sobre todo, me habló del problema físico que tenía y que sorprendentemente era el mismo que el de Regine. Sus dificultades se resumían, en ambos casos, en que tenían los tobillos hinchados después de los 400 km o los 2400 km andados. Regine venía desde Alemania. Yo saqué la conclusión científica de que su peso unido al de su mochila, en ambos casos cargadas hasta arriba, eran la causa de esos tobillazos los cuales suponían para ambas un grave impedimento para seguir andando. Lo curioso de la historia y la diferencia entre ellas, a parte del color del cabello, era la solución que tomó cada una. Regine decidió que después de venir desde tan lejos y quedarle sólo unos cientos de kilómetros para terminar no debía abandonar. Se compró una bici, unas alforjas, todo la herramienta necesaria, toda, y se dispuso a realizar el camino en bicicleta. Si andando hacía 20 km en bicicleta haría al menos el doble y podría terminar en 10 días lo que le faltaba. Yo, que me había olvidado comentar que también soy bicigrino, estuve con ella mientras me mostraba su compra y pensé ahí estaba una muestra del porqué son diferentes y los amos de Europa. Marta se resignó a tener que pasar algún día más en Avilés y cuando le conté la solución alemana al problema de los tobillos me miró con sus negros ojazos que parecía que me estaban diciendo, tú te crees que estoy loca o que yo no subo uno de esos famosos puertos del Camino del Norte ni arrastra. Era el razonamiento de la huerta frente a la obligación luterana de cumplir con el objetivo marcado. No sé quien llegó de las dos pero su historia me parece un ejemplo de la bella alegoría que supone el Camino de Santiago que he señalado al principio. Yo también me vi en la obligación de cumplir con mi papel de caballero español y tuve un detalle con las dos. La bicicleta de Regine, por otro lado perfecta en todo, tenía el inconveniente de que el asiento era de hombre, con una incisión incluso para proteger la próstata, y mucho más duro que el mío. Yo le propuse cambiarlo como forma de disminuir el dolor del trasero que había sustituido al de los tobillos. Aceptó encantada. A Marta, entre mis peripecias, le conté que me había dejado mi funda de almohada en el albergue anterior y que debía comprar otra. Ella me dijo que también le vendría bien y yo le compré una y se la regalé. Al día siguiente al despedirnos me dijo que cuando se acostará y viera la funda de la almohada se acordaría de mí. Y yo en ese momento comprendí que si hubiera tenido la oportunidad de elegir, que no la tuve claro, entre una u otra habría optado por la calidez de la tierra murciana frente a las ventajas del abnegado espíritu germano.

Para terminar señalar que mi caballerosidad se vería recompensada de una forma sorprendente poco después en otro de los ejemplos de la magia del Camino de Santiago. Pero esa es otra historia.

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