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El camino es tu vida

Después de años de desear emprender esta aventura y no parar de encontrarse piedras en el camino para realizarla, José consiguió una semana para él, unos euros sin destino específico y toda la ilusión acumulada con el paso del tiempo.

Era el momento. Preparó su mochila prestada, sus botas y más ropa de la que después necesitó y cogió un avión con destino a Santiago. Iba decidido a saborear cada uno de los momentos que le brindaría el viaje.

Después del avión y el autobús que lo llevaría hasta el punto de partida, un pueblecito llamado Sarria. Al llegar el autobús a la estación, empezó a andar sin tener muy claro a dónde iba, pero el rebaño de peregrinos le servía de guía. Había gente de todo el mundo y no era difícil entablar conversaciones.

Enseguida vio la primera flecha amarilla y se le puso la piel de gallina. Había llegado al inicio de la ilusión que llevaba esperando tanto tiempo.

La noche empezaba a asomar, pero no dudó en empezar a andar para llegar a un albergue del que tenía muy buenas referencias. A la salida de Sarria, empezó a tener conciencia de los olores, del frescor, de los sonidos, y sin darse cuenta, pasó por al lado del cementerio del pueblo. El silencio respetuoso debía ser máximo, sin embargo, encontró un lugar idílico para hacer una foto. Sacó el móvil recién estrenado del bolsillo de su chaqueta, todavía no controlaba bien su uso, y se limitaba a llamar y escribir mensajes. Sabía que tenía una cámara digna de un viaje como aquél, y se dispuso a realizar una de sus primeras fotos. Intentaba sacarse una de él mismo con el riachuelo detrás, lo que se había pasado a llamar un selfie. Con los nervios, apretaba partes de la pantalla que no eran las que deseaba y la foto no salía correcta. De repente, le pareció escuchar algo de la parte de atrás, justo al lado del cementerio. Era una voz, profunda y repetía constantemente la misma frase: ?El camino es tu vida?. No veía nadie que pudiera emitir aquella voz de ultratumba y se asustó. Guardó el móvil apresuradamente sin saber muy bien qué teclas tocaba, lo metió en su bolsillo como pudo, y prosiguió el camino, pensando si aquello había sido real o fruto de su imaginación. Los nervios, el frescor, la noche, la luna, el lugar...eran demasiadas circunstancias que podían variar lo percibido por los sentidos, pero, era tan real.

Llegó al primer albergue, dejando atrás aquellos pensamientos con los que había empezado el camino. Conoció a diversas personas, con las que charló durante la cena y que finalizó con un pacharán estupendo. Se fue a dormir ilusionado por lo que le esperaba al día siguiente.

Se levantó temprano y después de un gran desayuno, emprendió el viaje hacia Portomarín. A pesar de que apenas estaba amaneciendo, ya se podían observar algunos peregrinos, muchos de ellos con el clásico bastón en la mano. Enseguida pudo entablar conversación con varios de ellos: un profesor canadiense, un empresario mejicano, un estudiante australiano. Caminaba unos kilómetros con cada uno de ellos y tenía tiempo para comentar las vidas que habían coincidido en ese momento y en ese lugar.

Después de un largo día de andares maravillosos por senderos soñados, llegó al albergue que lo esperaba. Estaba muy cansado y casi no pudo percatarse de lo limpio que estaba el albergue. No tuvo tiempo de pensar lo que había acontecido durante el día, cayó rendido y durmió.

Al día siguiente, después de un buen desayuno, caminó al lado de unas chicas australianas con quienes charló de cosas muy variadas, como sus razones para hacer el camino, sus trabajos. Muy interesante. Comimos y bebimos bastante vino, así que la segunda parte de la etapa, se hizo muy llevadera y divertida.

Sin darme cuenta, ya había pasado el ecuador de mi viaje. Comenzaba un nuevo día y sólo quedaban dos etapas para llegar a Santiago.

En esa etapa, conoció a un chico canario que había iniciado su camino en Sant Jean y le invitó a realizar un día en silencio, dándose tiempo a revolotear por cada uno de los pensamientos que alborotaban su cabeza... y así lo hizo. Sinceramente, fue maravilloso y creyó que había descubierto algo en su interior que no conocía.

La última etapa fue la mejor, la ansiedad por llegar a la catedral y los nervios para el gran acontecimiento podían con él. Estaba nervioso y con todos los peregrinos con los que hablaba tenían las mismas sensaciones...

Por fin llegaba a la plaza de la catedral. Su piel estaba erizada por completo, las lágrimas recorrían sus mejillas.

Como era viernes acudió a la misa del peregrino y nunca había visto nada igual. Cuánta devoción, cuánto entusiasmo y respeto entre tanta gente de los lugares más variopintos del mundo. Lo mejor fue que al terminar la misa, al salir a la plaza había un cúmulo de peregrinos, muchos de los cuales habían compartido unos minutos de charla. Unos abrazos culminaron el camino.

Esa noche la pasó en Santiago, en un hotelito magnífico. Tumbado en la cama más cómoda de la última semana, se puso a mirar fotos de todo lo andado. Había una nota de voz, que no sabía de qué era?Era del primer día del camino, le dio al play y escuchó una voz que decía: El camino es tu vida

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